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Parece necesario que, para indagar hasta qué punto puede incursionarse en el análisis, sobre la propia capacidad que reposa dentro del mismo análisis y sus propiedades, como ejercicio del criterio, es la filosofía una útil herramienta. Pues el entendimiento, como objeto de conocimiento, ha sido un tema recurrido desde los pensadores más antiguos hasta los más contemporáneos. Por esta razón, solicito me excuse mi lector, si le agobian las cuestiones que en breve se habrán de abordar.Para empezar, nada mejor que la certeza de la existencia de nuestro objeto de trabajo. Y, de hecho, la posibilidad de considerar hasta qué punto es posible, o no, construir una crítica nacional y generacional, radica en la propia capacidad que esta crítica, en sí, manifiesta para su propia existencia. Así, parece necesario afirmar que desde el momento en que esta crítica es pensada, planteada, cuestionada, o ejercida, desde sus elementos formales, su plena existencia no debe ser cuestionada. De más está comentar que se está ante una crítica que manifiesta su despliegue en el espacio y el tiempo, ya que son precisamente estas categorías las que nos permiten acceder a la posibilidad de percibir la ejecución de la crítica como acontecimiento real.Ahora, una vez demostrada dicha existencia, en cuanto forma, es necesario evaluar los límites de su contenido. Es preciso partir de que el contenido puede presentarse, o ser presentado, como síntesis de una polaridad que lo envuelve y enmascara. Es decir, hay un tipo de contenido que es lícito, legítimo; y otro, que es presentado, por este contenido legítimo, como resultado de lo ilegítimo, y aquí está el origen de la censura. La producción de lo legítimo, en síntesis, recae en la necesaria funcionalidad de poder designar lo que debe ser, y así evaluar a todo aquello que no cumpla con lo antes requerido. No es función de este trabajo comentar sobre aquellas estructuras que componen y condicionan a esta construcción, pero todo aquel que desee aventurarse en dicho tema encontrará, en el devenir del pensamiento contemporáneo, las claves para su comprensión. Pues verificará la enorme tarea que realizan los hospitales, las cárceles, las instituciones de justicia, las escuelas, en la construcción de la ética colectiva.Sin embargo, los resortes que determinan la objetividad de la crítica, entendida como la práctica del criterio, residen en la capacidad que esta manifieste como receptora de las determinaciones esenciales del objeto a criticar.Durante mucho tiempo se extendió, y continúa extendiéndose la creencia de que la persona que ejerce la crítica, llamémosle intelectual en lo adelante, debe manifestar niveles de compromiso con el entorno que lo envuelve. Esto, lejos de asumirse como una desnaturalización, es interpretado como una reafirmación de lo individual: el individuo extiende sus fronteras y discursa por el espacio colectivo, haciéndose portavoz de la voluntad general. Así aparece entonces un pequeño grupo, opuesto a esta práctica antes mencionada, una élite que se desentiende de la producción colectiva, para afirmar la necesidad de existencia de lo privado como componente de lo individual. En realidad esta vieja polémica no conduce a nada, pues los niveles de compromiso con el espacio colectivo reposan en la construcción del público que consumirá esta producción intelectual. Es decir, el autor construye a su lector, así que quien no esté capacitado para asimilar determinado contenido, no integrará las filas del circuito intelectual, por muy desagradable que pueda parecer esto a primera vista. Pero nada más natural, aunque no se quiere dar a entender con lo expuesto, que un ebanista, por ejemplo, no pueda participar de dicho círculo.Ahora, tanto el acceso al espacio intelectual como la ética colectiva, se manifiestan en el objeto de crítica; obteniendo desplazamientos que constantemente las legitimen como la producción de valores necesarios para la edificación social.
La dinámica del consumo La aparición de la sociedad de consumo, favoreció que cada vez el sujeto adquiriese primero al signo y después al objeto, arrastrando con ello la pérdida de la funcionalidad empírica que gira en torno al objeto. Pues entonces el objeto, antes de manifestarse como objeto, se consume como el signo social que conserva implícito, por ejemplo la pornografía. Los resortes de esta plataforma de consumo se encuentran en los medios de comunicación masivos, pues la información es la principal mercancía de nuestros días, aún más allá del valor que se produce desde el propio valor. Los procedimientos intelectuales, cada vez más globales, confirman la necesidad de construir una crítica que favorezca a esclarecer la subtrama más que la trama. El objeto de crítica debe esclarecerse desde la sospecha, y no desde el dogma, aunque este procedimiento constituya desde sus límites, un dogma. La crítica, como manifestación del criterio de un sujeto, no escapa a la estetización, ni al amplio campo del consumo, pues ambos la perfilan y condicionan, domesticándola como se domestica a un pequeño gatico. ¿Qué posibilidades tiene la crítica de salir ilesa de esta estructura? ¿Hasta qué punto es legitima considerar que la crítica constituye una vía válida para lo antes planteado? ¿Es pertinente el criterio colectivo como manifestación de una razón saludable? Eso, querido lector, le corresponderá a la crítica responder.
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