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El volumen Esto funciona como una caja cerrada presupone un dulce encierro. La ficción y la realidad se mezclan para hacernos reflexionar acerca de diversas temáticas de la vida cotidiana. Siete historias como celdas conectadas, como cubículos en una fábrica o puertas en un edificio de apartamentos, nos conducen a través de los entresijos y desvelos impuestos por la difícil tarea de escribir. Con un acertado dominio de las técnicas narrativas, el autor nos invita a disfrutar de cuentos que apuntalan nuestra real existencia.
Yonnier Torres Rodríguez (Placetas, 1981). Sociólogo. Narrador. Egresado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ha obtenido entre otros premios: Premio Nacional de Narrativa “El mar y la montaña”, 2010; Premio Nacional de Narrativa “Félix Pita Rodríguez”, 2010; Premio Nacional de Narrativa “Luis Rogelio Nogueras”, 2010 y Premio de Novela “Fernandina de jagua”, 2011. Ha publicado los libros de cuentos Delicados procesos, 2011; Los cuatro puntos cardinales, 2011 y Elementos comunes, 2011. Es miembro de la AHS.
Esto funciona como una caja cerrada (fragmento) A Elaine Grenet, por la confianza.
-Nombre. -Gabriel. -Apellidos. -Torranzo Martínez. -Ese nombre no funciona. -¿Cómo que no funciona? -Entienda, acá intentamos establecer las bases de un nuevo movimiento. Nuestros nombres tienen que tener pegada; el suyo es muy común. Si asciende, no tendríamos dónde colocarlo. Nadie lo recordaría. Usted se llamará a partir de ahora, Joe Cash. -Pero ese es un nombre americano. -Es el objetivo. Ya veo que entendió. Llene este formulario.Al cerrar la puerta los ruidos desaparecieron. Era tal el silencio, que durante unos segundos, se sintió desorientado. De la pared colgaba un mapa que señalaba el nombre y la ubicación de cada uno de los departamentos. Para ser una fábrica, el lugar no estaba tan sucio; incluso habían colocado una alfombra verde en las entradas de los compartimientos, y hasta los cristales lucían recién limpiados. En las líneas discontinuas del mapa buscó la oficina de aceptación e ingreso. -Tenemos que hacerle varios exámenes. Aquí no aceptamos a todo el mundo. Eso ya lo sabe. Solo le confiamos la misión creativa a los que están completamente distanciados y convencidos de su anónima condición. Tome este papel. Diríjase al laboratorio. Allí le harán los análisis. Cada tres puertas se repetía el mapa incorporando nuevas rutas a lo largo del pasillo. Los cubículos estaban enumerados y fichados con un color distinto. Debajo de la leyenda resaltaba un letrero en rojo: prohibida la entrada a la segunda planta. Le extrañó no tropezarse con nadie en la cafetería, en los baños, o en la sala de fumar. “Aquí el trabajo debe ser intenso”, pensó y mantuvo el dedo sobre la raya azul que conducía a la zona de pruebas.
-Lo siento mucho –dijo el enfermero-. Están agotados los tubos de ensayo. Hace un mes que hicimos la solicitud y aún no han llegado. Pero no se preocupe; tenemos otra forma de hacerle los análisis. No tardaremos mucho; solo será un pinchacito. ¿Usted a qué se dedica, a la crítica o la creación? -A la creación. -¿Narrativa o poesía? -Narrativa. -Bien, extienda el brazo. Cierre los ojos y piense en una situación entre dos personajes –el enfermero extrajo la aguja de una pequeña caja y la colocó con cuidado en la jeringuilla-. Escoja el contexto que mejor le parezca. Quizás le duela un poco –abrió una de las gavetas, tomó una vasija con alcohol y un pedazo de algodón-. Esto arde –le dijo-, pero solo al principio. El conflicto no puede omitirlo; sabe que para nosotros es imprescindible –tiró el algodón manchado de sangre al cesto de basura-. Casi estamos terminando. Incluya tres técnicas y algún que otro párrafo donde establezca un juego con el lenguaje –llevó todos los instrumentos para el fregadero y se quitó los guantes-. Muy bien, ya puede retirar el brazo. Los resultados estarán dentro de veinte minutos. Joe se sentó a esperar en un banco del pasillo. Sintió una extraña atracción hacia la segunda planta. Desde donde estaba sentado se podía ver la ventana. Junto a las escaleras, la luz se volvía tenue. Los escalones ascendían e forma de caracol y carecían de pasamanos. “Eso es un peligro”, pensó. Se detuvo un rato al pie del primer peldaño. Miró hacia arriba tratando de distinguir el final; tuvo la intención de comenzar a subir, pero recordó las letras en rojo y caminó de vuelta. No era prudente romper las reglas el primer día de trabajo. -Felicidades –le dijo el enfermero-. Usted ha sido aprobado. Por el momento comenzará a trabajar en el comité de correctores del lenguaje. Aquí tiene los resultados. Baje al sótano. Allí le indicarán qué hacer.
Hasta ese minuto pensaba que no se podía descender más. En el mapa, el área soterrada era casi imperceptible. Solo aparecían señaladas dos compuertas en el suelo. Eran tan estrechos los tablones que se necesitaba una para bajar y otra para subir. Los envíos, en sobres cerrados y grapados en volúmenes de veinte páginas, llegaban desde la planta alta por un conducto pegado a la pared. Después de la clasificación eran colocados en la cadena de montaje. Abajo se sentía el sonido de la polea que por contrapeso devolvía las obras corregidas hacia el tercer nivel, donde eran tasadas por el comité de calidad literaria y enviadas a la editorial. Las acarreadoras se movían con agilidad entre las mesas; repartían, en un carrito de supermarket, hojas sueltas para las correcciones, medialunas untadas de membrillo de zanahoria, tazas de café, y lápices de colores. -Acá está todo explicado –le extendieron un manual de tres páginas-. Tu mesa es aquella. Por el momento vas a suprimir los gerundios; los tachas con color azul, y colocas la nueva construcción verbal en amarillo.
Joe cumplió la norma de cien cuartillas en la primera jornada de trabajo. Durante el horario de almuerzo intentó simpatizar con los trabajadores, pero fue en vano. Cada cual atendía a su bandeja. Apenas le devolvían el saludo con un gesto de indiferencia. -El salario se entrega quincenalmente y depende del puesto de trabajo –le explicaron en la caja-. Aquí tienes el listado. Consérvalo –y cerraron la ventanilla enrejada.
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