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INSTITUCIÓN CULTURAL: RUEDA CUADRADA EN EL ENGRANAJE SOCIOPOLÍTICO DE LA NACIÓN PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Antonio Enrique González Rojas. Obra: Tatiana Mesa   

Tatiana MesaEl hecho de que un gobierno dedique todo un ministerio (con el consabido entramado estructural y presupuestario) a la facilitación, jerarquización y promoción de las dinámicas artísticas e intelectuales, es de por sí insoslayable mérito, en tanto intención estatal manifiesta, de fomentar el pensamiento creativo y crítico, ergo, motivar la participación social activa, en la estructuración del ideario colectivo y de la realidad sociopolítica, desde la validación de diversas realidades individuales y/o grupales.
Necesaria perogrullada es apuntar entonces, que la revolución acaecida en la Cuba de 1959, implicó en sus primeros momentos, una definitoria y definitiva vuelta de tuerca a las prioridades gubernamentales respecto a los artistas, los intelectuales, sus obras y la recepción de éstas por los potenciales públicos, o sea, desarrollar una percepción creativa y una voluntad participativa. Bajo divisas como: «una revolución sólo puede ser hija de la cultura y las ideas» y, «la Cultura: escudo y espada de la nación», asentadas todas sobre el apotegma martiano de que «ser cultos es el único modo de ser libres», el gobierno provisional de ese telúrico entonces, en plena efervescencia radicalista, dictaminó el apoyo total a los fuertes movimientos literario, cinematográfico, pictórico, danzario, teatral, madurados durante la primera mitad del siglo XX, y su divulgación entre los públicos mayoritarios nacionales.

 

Cómo es…
El ICAIC, la Imprenta Nacional, la Casa de las Américas, las Ediciones R, la UNEAC, el Consejo Nacional de Cultura, y demás iniciativas, coadyuvaron a una legitimación sin precedentes del arte más complejo y a la corta incómodo, que desafiaba las formas más populares del escapismo fútil, de explícita índole comercial, en pos de aguzar sensibilidades en la población.
Esta actitud, que exigió de sus rectores una más contundente aptitud, es lo más cercano que pudiera llegarse al concepto de Democracia, y más aún, de Socialismo, asumido este último como socialización de la gubernatura, susceptible de las aprehensiones más plurales y antagónicas de los procesos, por parte de cada ente consciente, hasta la total subversión de toda la superestructura del status quo, cuando acuse la inevitable decrepitud que sobreviene a todo bajo el Sol. Pues el Arte, de una u otra manera, hace germinar en los seres humanos la lucidez, la conciencia de sí mismos como entidades complejas, creadoras y modificadoras de los acontecimientos.
Fatalmente alternativos, el Arte y el Intelecto abogan por la revolución perenne en todos los ámbitos, por la más pura dialéctica de la existencia. La realidad resulta perpetuum mobile que no debe permitir perennidades a ningún individuo o grupo. Tal concepción, se contrapone con la natural disposición de los gobiernos y poderes en general, de perpetuarse como medida fundamental de todas las cosas, de extender hasta el infinito sus privilegios materiales e ideológicos, sobre el resto de los individuos.

La institución y sus derivaciones especializadas, en el caso de Cuba, los diferentes consejos, empresas, centros y direcciones, deben hacer volatines entre la avant gardé y lo folklórico en su acepción más amplia, para conseguir una sostenibilidad económica, o bien articular un discurso tan diáfano y orgánico con el resto de las instancias gubernamentales. Se favorece así la comprensión de la necesidad de subvencionar y subsidiar eternamente, las zonas creativas más complejas/menos populares. Altos niveles de visión cultural, lucidez intelectual, humanismo y conciencia histórica, se requieren para que las pérdidas económicas sean concebidas como imprescindibles inversiones para el futuro del pensamiento creativo, que nos define como especie respecto a los animales. Más grande clarividencia debe detentar el liderazgo político, ante la pluralidad de posturas de acidez crítica, que se alzarán cuales incómodos espejos de los defectos, o simplemente ofrecerán otras caras tan (o más) legítimas del poliedro sociopolítico de la nación, como pueda serlo el modelo validado por el status quo.

El fomento de las artes y el pensamiento complejos, por parte de un poder como el Gobierno, del cual el Consejo Nacional y luego Ministerio de Cultura es emanación, no es entonces asunto tan simple, pues implica en gran medida la autonegación a corto, mediano o largo plazo, del natural instinto de preservación, en la cúspide de la cadena alimenticia. Facilitar la consolidación de tendencias plurales es criar cuervos, afilarles los picos a conciencia de la finitud de todo(s), algo muy difícil de entender para el homo sapiens.
La censura sobre las creaciones no se hizo esperar en la Isla en revolución, más temprano que tarde, con el hipertrofiado rechazo al corto documental PM (Sabá Cabrera & Orlando Jiménez, 1961), que desató el inmediato establecimiento de cotas extra-artísticas, eminentemente políticas, a los procesos de creación y recepción del Arte. Satanizadas fueron la música anglosajona y obras disonantes con la imagen estatuida del régimen en todas sus vertientes, como los volúmenes Pasos en la hierba, de Eduardo Heras León, y Fuera de Juego, de Heberto Padilla, y la versión de Antón Arrufat de la tragedia griega Los siete contra Tebas.
La entidad estatal de marras, ramificada en un amplio sistema de instituciones facilitadoras y fomentadoras, a diferentes escalas de procesos creativos diversos, necesitados de legitimación y amplia socialización, se rige así por dinámicas políticas y económicas, fundamentos de todo poder.
Idealmente, su papel debe ser conciliar tan diversos (y antagónicos) intereses en pos de la libertad de expresión creativa, y su difusión jerarquizada entre comunidades mayoritarias humanas, caracterizadas precisamente por gustos preeminentemente conservadores, emotivos, escapistas, poco identificadas las personas con la evolución y ruptura que implica el arte respecto a los modelos canonizados y las estereotipaciones.

La identificación y negociación con el artista, teóricamente uno de los leiv motiv de la institucionalidad (junto con los públicos), es otra de las axiales perogrulladas, asumidas como estrategias de dirección para un desarrollo más pleno de las labores básicas de facilitación/soporte, e incluso, para consumar, más efectiva y sutilmente, la manipulación de la creación a favor del stablishment, desde el pacto de lectura y el convenio económico. A la postura administrativa, el creador debe contraponer la postura cualitativa y generar, a la corta, sus propias entidades de naturaleza gremial, como la UNEAC, el Movimiento de la Nueva Trova, las brigadas Raúl Gómez García y Hermanos Saíz, posteriormente fusionadas en la Asociación Hermanos Saíz (AHS), donde se aglutinó la nueva generación, de marcadas diferencias (fracturas) con los postulados defendidos por sus predecesores de 17 y H. Otras iniciativas particulares han surgido, como una suerte de tendencia parainstitucional, las cuales dialogan con el corpus estatal, pero mantienen su autonomía de gestión y mecenazgo de movimientos desprotegidos.
Entre las más prestigiadas, efectivas y reconocidas oficialmente están el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, El Mejunje santaclareño, el Centro Onelio y el Callejón de Hamel.
Desde una sincera y dialéctica postura, debe evitarse el conmiserativo proteccionismo a los tenues “talentos locales”, actitud que lleva a microlocalizar los procesos artísticos en una burbuja autocomplaciente, provinciana, desarraigada del más complejo cosmos dialéctico de la concepción/percepción creativa. No debe tenderse, a descubrir entusiastamente la cuchara y legitimarla, en cegato detrimento de los reales autores, precedentes o coexistentes.
Regidas, en la alarmantemente inmensa mayoría de los casos, por personas aptas en lo absoluto para entender el fenómeno creativo en sus infinitas dimensiones, responden muchas de las instituciones a los movimientos menos bizarros, masivamente asimilados, sustentables económicamente, anodinos políticamente, de aséptica simpleza conceptual, como el enquistado reggaetón, efectiva “máquina de hacer dinero” (y pulverizar mentes) para los centros nocturnos, las discográficas legales e ilegales, para sus intérpretes y todo el aparato promocional articulado a su alrededor.
Como las dinámicas humanas están basadas fundamentalmente en la pugna de poderes por la prevalencia de sus procederes, las instituciones estatales se alejan de las condiciones de ideal pluralidad, y tienden a erigirse en agentes censores, dictaminadores de modelos estético-discursivos, dentro de los cuales y bajo cuyas disposiciones todo es lícito, y fuera de ellos sólo permanece la nada herética; o bien devienen cínicos y paternalistas aliviaderos de catarsis, disensiones y rupturas, mantenidas en un conformista bajo perfil: te dejo hablar, pero hago caso omiso.
Desde una perspectiva de sutil perfidia, donde se promueve una imagen de armónica interacción entre la institución y el creador, la primera, como miembro no independiente de un poder estatuído, que nunca dispensará al Ministerio de Cultura de su rol accesorio, deviene entonces en prolijo herramental para dinamitar y desmantelar contestatarios movimientos socioartísticos, cuya médula es la participación social agresiva y levantisca, como el Rap, género musical hijo de la protesta y la disensión urbano-racial, muchos de cuyos practicantes han debido migrar a las aguas más solventes del reggaetón, aturdidos por las improcedencias de la Agencia Cubana de Rap. Dios nos coja confesados con la Agencia Cubana de Rock, hasta ahora menos caótica…
La legitimación institucional de creadores (demasiado) irreverentes, coadyuva a disolver las tensiones y disonancias provocadas por su discurso satírico, desacralizador, cuestionador, contestatario, pesimista, respecto a temas “incómodos” como la emigración, los símbolos patrios, diversas aristas de la historia reciente de protagonistas aún vivos, el abuso del poder y el enquistamiento de éste. Tal reconocimiento a la alternativa, no siempre supone su respeto y validación, sino una concienzuda labor de zapa de los principios rectores, desde variadas condicionantes establecidas o negociadas para otorgar la ayuda económico-promocional.

Cómo debe ser…
Presupone la labor directiva, una rara confluencia de sensibilidad hacia la creación, capacidad de diálogo con facciones generacionales, estéticas discursivas variadas hasta el antagonismo, a lo cual se llegó en Cuba durante los primeros años de la década de 1960, pletóricos de polémicas virulentas entre facciones, como las agrupadas en publicaciones como Lunes de Revolución, entidades como el ICAIC, y finalmente las imprescindibles dotes pragmáticas.
La sensibilidad se materializa en primer lugar, en una lúcida atención a la perenne y plurilocalizada evolución de las artes, en las áreas que abarque directamente su labor: Artes Escénicas, Visuales, Literatura, Música, Crítica de Arte o Investigación, y la contextualización de éstas en un panorama general más complejo, que abarque la región geocultural, la nación y el mundo, interdependientes esferas de influencias, a las que no escapa ningún proceso creativo. En fin, las calidades y el status se establecen por comparación.
Más allá de los principios rectores y líneas generales de trabajo, dirigidos a ejecutar una política determinada sobre los procesos creativos, el proceder de la institución artística gubernamental, es cribado por el tamiz de sus dirigentes en sus diferentes estratos ejecutivos, enfrentados al reto de administrar los recursos destinados a su propósito prístino, desde criterios tan extremadamente cualitativos y abstractos como puede ser la generación de sentidos y signos artísticos.
El derrotero principal de la entidad, es ser siempre sensible a diversas flexibilizaciones y enmiendas, que permitan emplear sus recursos a favor de las expresiones y procesos más legítimos, si los líderes de ésta asumen un compromiso sincero con los artistas, trascendiendo la tentación de institucionalizar sus gustos personales, o someter a cuestionamientos paranoicos toda señal disonante con sus cosmovisiones.

Ilusorio sería concebir a la institución, como plácido remanso para toda manifestación creativa, pero posible es establecer un sincero y orgánico diálogo, más que con los artistas, con los procesos de creación y su naturaleza única, que tiende a escapar lejos de toda esquematización.

 

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