Antonio mira alelado una de las pinturas de Raúl Cordero. Él, poco sabe del inglés, pero Land scape or not landscape le recuerda algo que le da vueltas en su memoria, al menos eso dijo mientras varias ideas le pasaban de un tirón.
¿Quién le diría que una pintura fuera testigo de tantas añoranzas? Antonio observa a su alrededor. De sus ojos tristes deja caer unos pedazos de recuerdos, de vida pasada. Queda quieto ante tanta abstracción. Disimula e inventa pretextos para evadir cualquier intento de ida, como si la Galería Habana escondiera entre sus paredes muchas historias por contar aún.
Tony, como cariñosamente le decimos quienes lo conocemos bien, raya en su memoria los bordes de la camisa que Raúl, el artista, le regala hasta el próximo mes de abril. Él sabe que mañana esos intentos no estarán ya, él lo sabe, pero quiere llevarse la inmensidad de ese cuadro que le habla del vacío y la soledad.
Le interesa el trabajo de lo verdadero y lo falso, lo visible y lo ajeno, lo racional y lo incomprensible, y le fascina las trampitas que el propio autor le regala como premio mayor, porque la condición de «crear» es algo esencial de las personas humildes.
Antonio tiene veinticuatro años y desde este lugar de La Habana, un cuadro incompleto, una camisa de colores gris, carmelita y verde, le hacen el juego de su pasado, mientras, de la mano de Raúl Cordero deja pasar las cosas inconclusas que promete la exposición.
Tony no logra burlar el tiempo, y en este espacio, a media luz, piensa en los sueños de su abuelo Miguel, el abuelo que un día le regaló el arte de mirar con el corazón.
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