Los nadies Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba. Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.
En estos días cayó en mis manos el Libro de los abrazos de Eduardo Galeano, de sus jugosas lecturas, solo el anterior texto me convocó a escribir las siguientes líneas. Cuando ustedes las lean habrán cumplido su misión en este mundo.
Nadie rodeado de los nadies Son historias comunes los nadies, los pobres, todos los días en la radio, la tele, la prensa. Son tan comunes que no los vemos. Murieron el pasado año casi medio millón de niños desnutridos, un coche bomba mató a diez civiles inocentes, continúan los conflictos entre israelitas y palestinos, familias pierden sus casas por inundaciones en Colombia, suben los precios del petróleo, cae el porcentaje del producto interno bruto, las ballenas se quedan sin hogar por el deshielo, fallecen mujeres en Latinoamérica por abortos ilegales… Todo lo grita, jadeante el televisor. Casi termina el noticiero y la familia come, conversa acerca de sus propios titulares. ¡Por fin, pasan las ocho de la noche!, se aproxima la hora de la novela. Eso sí lo disfrutan todos porque los «despeja». Observando estas escenas, cabe la pregunta: ¿El ser humano es humano? Las personas solo se preocupan por los suyos o lo suyo. Piensan: «si yo estoy bien, la humanidad está bien». Acaso no comprenden que humanidad significa todos. Por muy lejos que estén del dolor, deberían cuidarse, él puede alcanzar a cualquiera. Los nadies aparecen por la indiferencia humana. La indiferencia que obedece a razonamientos como «para qué ayudar a los demás si nadie piensa en mí, total, qué puedo hacer yo». Sin embargo, cuántas «acciones insignificantes» han cambiado la vida de numerosos desposeídos. Hay muchos tipos de nadies, desde los que se palpan, los de cerca, hasta los lejanos, los imposibles de tocar. A veces, los de cerca son los hijos o abuelos. Están todo el día en el hogar y no se notan sus urgencias de una mirada, una palabra, un tiempo. Por su parte, los lejanos, los que duelen menos, también tienen sueños, necesitan, son hombres. Por ellos, aun cuando la creencia indique que ni el movimiento de un ápice es probable, se logra romper montañas. Acciones regulares como la paulatina revolución de las ideas, lo hacen posible. La tenencia de soluciones está en las manos y, tal vez, los niños de hoy, mañana encuentren un mundo diferente. Los nadies se sienten solos, desarraigados; buscan la luz, valer algo, llegar a la categoría de humanos. En ocasiones, muchos de los que ostentan la categoría de ser «alguien» se sienten basura. ¿Hasta cuándo se hará culto a los nadies? Debe llegar el día en que se valide al hombre por encima del bolsillo, en que se busque al hermano como a Dios. El día en que se promueva la filosofía de «todos» sobre la del «yo». Quizás, ese día, ni se recuerde a «Los nadies».
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