Cuando Fernando Reyna me comentó su proyecto, hace ya algunos meses, lo concebí como algo complejo en cuanto a factura y concepto se refiere. Una vez que lo vi encaramado en el andamio rodante, pegando letra por letra en el techo de los pasillos de la Facultad de Artes Visuales, comprendí que su propuesta llevaba mucho de voluntad y otro tanto de ingenio. Con el título de A Iris, su autor arrastra una secular tendencia de la literatura decimonónica, en el manejo de epistolarios, o textos a modo de epístolas, para expresar manifiestos críticos, o filosóficos, típicos del momento en que fueron concebidos.
Textos de Félix Varela, José de la Luz y Caballero, José María Heredia y José Martí, recorrieron, en varias direcciones, los arcos continuos de los pasillos exteriores de la Facultad de Artes Visuales, en el Instituto Superior de Arte. Para el espectador, acostumbrado a la muestra cervicalmente correcta, resultó un reto la lectura de algo que comúnmente es desacostumbrado de leer, ilegible desde la perspectiva histórica, cronológicamente indigesto, pero que su autor quiso mostrarnos como una forzosa tarea de discernimiento idiosincrático, a propósito del trayecto que necesariamente debe hacerse para transitar los espacios que conectan las diversa dependencias del edificio.
Un poco más a descubierto, las obras de José Ángel Vincench --Exile--, conformada por carros móviles ensamblados entre sí, en obvia alusión al fenómeno de la migración forzosa; Jardín de rosas, de Fernando Cruz Ramírez, repletando un área considerable del pasto con pantallas rojas de televisión vueltas hacia arriba; Efecto dominó, de Nestor Siré Mederos, acostumbrado a la intervención de espacios públicos, en la que emplea una valla de desvío, dislocada en parte de su trayectoria; Wilber Aguilera, con una pieza dual, conformada por ovejas de cartón que balancean sus cabezas al vaivén del viento, junto a una tribuna casualmente dispuesta en las inmediaciones; Cúpula bastarda, de la española María Rojas, con el despliegue de una tienda con ejes de bambú, revestida de nailon, en presumible alusión a su desvinculo espacial como estudiante extranjera; Desmesuradas flores de latón, obra de JEFF; y un avión incendiado en los meticulosos espacios verdes de la Facultad, obra de Iván Torres; constituyeron otros atractivos de la muestra pública en el ISA. Como los criterios y proposiciones rebasan la palabra, sobrando espacio a cielo abierto para la muestra, también pudo visualizarse obras como Acceso, donde un código de barras serviría de cebra peatonal; o Implicaciones; Reversible; o la instalación de Philippe Perrin, en las que los parámetros espaciales, entendidos como soportes paisajísticos, resultaronn de medular importancia para el despliegue de sus discursos expresivos. Con un micro localizado manejo mediático, virtualmente esgrimido por Aissa María Santizo, estudiante de primer año, también se encontraba El paseo de la fama, sendero desplegado con alfombras y fanfarrias para celebrar a un artista que, a juicio de su joven promotora, no ha sido debidamente reconocido por los sistemas institucionales de educación artística, completando con su «homenaje», al estilo hollywoodense, los honores que el profesor Edel Bordón se merece. Es casi seguro que algo se escape de este recuento, tomando en consideración las apetencias de los jóvenes estudiantes y profesores, pero aquí va el grueso de lo que pudo apreciarse en los espacios exteriores del Instituto Superior de Arte.
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