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¿DE QUÉ VIVIMOS? PDF Imprimir E-mail
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Agendas - Agenda 13 de junio de 2012
Escrito por Laura Barrera Jerez   

laura-de-que-vivimosHoy he decidido no reír. El mundo exterior es mi peor enemigo. Lo cotidiano se ha tornado demasiado estresante, casi impenetrable. La conciencia quiere descansar, el corazón exige cambios, y el día me arrastra al esfuerzo físico y mental.
Pero aún tengo una solución. Quizás aparezca algún amigo entrañable, tal vez reciba una sorpresa reconfortante o logre comprender que la vida es demasiado corta para dedicarle tanto tiempo a la tristeza.
Realmente, existen muchas opciones para transformar un día hostil, pero cuando más esperanzas tengo, recuerdo que hoy es lunes. ¿Qué tendrán los lunes para parecer tan pérfidos? ¿Por qué tanta gente los detesta? Seguro tienen una deuda de sonrisas con la especie humana. Los lunes parecen señores de cuello y corbata, serios, fríos…
Sin embargo, contra este día aún tengo otra poderosa arma, y con ella sí podré reírme. ¡Magnífico! Hoy viviré del cuento. Justo a las 8:30 pm comienza la función. El televisor luce mejor que nunca, la familia se reúne, nadie quiere perderse tal acontecimiento.
Sí, es un acontecimiento, porque hace mucho que el humor cubano tenía una deuda con su público. Entonces aparecieron Pánfilo, Chequera, Indira, la ampliación de una libreta de abastecimiento, algunos invitados y una casa arreglada a la antigua. Casi nada material, casi todo humor.
Sorteando mitos, burlando criterios socioculturalmente asumidos, y desafiando la impenetrable y pérfida apariencia de los lunes, Vivir del cuento, ha atrapado nuestras sonrisas.
Pudiera decirse que ese programa es resultado de la confluencia de hechos insólitos. Por ejemplo Luis Silva (Pánfilo) descubrió sus dotes de humorista en la mismísima Universidad de La Habana, cuando soñaba con algoritmos matemáticos, y hoy lo vemos desempeñarse en la pantalla chica, como todo un maestro de la jocosidad.
Pero creo que no es cuestión de nombres, ni de hombres. Vivir del cuento se debe a un colectivo empeñado en transformar la caótica imagen del humor cubano en el medio audiovisual, y el mérito es para todos: para los que vemos en escena, y para los que detrás de las cámaras complementan luces, sonidos, movimientos y palabras alegres.
No han escatimado esfuerzos. La creatividad rebasa las escaseces económicas, la falta de recursos técnicos, incluso, los prejuicios que se ciñen sobre esos impulsos jóvenes.
¿Quién lo diría? Después de «jurar tantas veces la verdad», nadie supo cómo lo novedoso se convirtió en rutina. Si «dejas que yo te cuente», aparecen las hormiguitas de la burocracia o las ironías de Mentepollo, pero con tanta «diversidad» a veces la fama se me sube para la cabeza. Entonces tenemos otra opción: el «humor por cuenta propia”, pero definitivamente, en estas cuestiones, al «sector privado» le queda un gran camino por recorrer.
Vivir del cuento
debe lidiar con problemas como estos, pero hasta ahora, el viento sopla a su favor, y este parece ser un viento optimista, por suerte para los que aún mantenemos a la programación audiovisual, dentro de las opciones de recreativas.
Los temas más polémicos parecen refrescantes y cada lunes, la gente se ríe de sus propios problemas. Dicen que esa es una característica auténticamente nuestra, pero no todos los programas humorísticos saben reflejar esos conflictos sociales; además, los cubanos somos bromistas por excelencia y muchas veces una opción mediática resulta insignificante en comparación con los chistes entre amigos o los cuentos de la familia.
Y allá vamos entonces, tras una serie del extranjero o a consolarnos con una «musiquita» reguetonera. ¿Por qué? ¿Qué le falta al humor cubano para mantener a los televidentes atados a sus asientos?
Con deseos de hacer y con confianza en nuestros propósitos se puede prescindir de la experiencia, incluso, hasta de los recursos materiales. La burla divierte, pero las ironías entretienen cuando no abusamos de ellas. Pensando así, los artistas serán capaces, primero, de reírse de aquello con lo que pretenden hacer reír a los demás, después, de interpretar con confianza, un personaje creíble. Por supuesto, la principal regla sigue siendo no menospreciar a la audiencia, ese trabajo es para y por el público.
Mientras, Vivir del cuento va dejando una huella positiva dentro de la historia del humor cubano. Y esperamos que le sirva de referente a sus homólogos, porque en cuestiones de risas y de televisión, deben eliminarse los que pasan inadvertidos, los que «…son otra historia, otra historia…», como diría Pánfilo.

 

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