« ¡…asquerosa falsificación hecha de calzoncillos!» --General Resóplez--
Biológica e históricamente está comprobada la nocividad de la endogamia. Las relaciones durante generaciones entre miembros de familias y comunidades en pos de mantener la pureza de sangre, siempre han redundado en la atrofia paulatina de los vástagos con la proliferación de taras, malformaciones, anomalías y debilitamiento total de la estirpe hasta su decadencia total. Precisamente de tanto «cocinarse en su propia salsa» y clonar hasta el infinito los programas estelares sabatinos de las 8:30 PM por el canal Cubavisión, las ofertas del realizador Julio Pulido (envestido de una suerte de hegemonía sobre este segmento de la parrilla de programación durante décadas) han remontado el sendero de la irremediable decrepitud al igual que las luengas y endogámicas dinastías reales de antaño.
El más palmario ejemplo del raquitismo creativo delatado por las propuestas de marras es el reciente reboot de La Descarga, despojado ya del eterno Julio Acanda cuya presencia otorgaba algo de dignidad. Este insufrible bodrio pseudo-humorístico que responde al título de Salir por el techo pretende rescatar la efectiva fórmula del ya lejano Sabadazo, programa que durante la década de 1990 propinó un espaldarazo a la comicidad televisiva nacional, conciliando el espectáculo musical con los sketchs sostenidos por una cuadrilla de los más recientes clásicos de la risa cubana: los Feliciano y Margot de Osvaldo Doimeadios; el Antolín El Pichón y La Pía de Ángel García; el Gustavito de Geonel Martin; el Matute de Ulises Toirac; el bufo Boncó Quiñongo y otros caracteres circunstanciales, suerte de masiva contrapartida coral del conductor estelar Carlos Otero. Súmese la desenfadada concepción escenográfica de esta «azotea» cuya sólida visualidad no reñía con la escasés de recursos del momento en que el Período Especial soplaba como nunca. Mas el nuevo gato que intentan dar por la inaccesible liebre, es un remedo realmente ofensivo hasta para la más débil de las percepciones. Nadie en su juicio puede tragarse como «techo» (al que remite la tropilla humorística de ínfima categoría con cada número melódico) el mismo escenario de La Descarga, una y otra vez reacomodado a la par de los títulos de sus clones, sin siquiera un tanque de agua, una tendedera o algún otro elemento que remita a una azotea, sobre todo con el precedente de Sabadazo y el digno garaje de ¿Y tú de qué te ríes?
El team en cuestión, irrisorio más que cómico, está integrado por un Otto Ortíz que poco o nada ha funcionado como actor humorístico a pesar de sus logros con la stand-up comedy de corte cabaretero y su real valía como guionista; un Michel Pentón extirpado del grupo La Oveja Negra, quien no comprende los límites entre encarnar un personaje ridículo y hacer el ridículo, pues la fealdad per se no es garante de efectividad humorística, tal como sucede con el mediano personaje del ascensorista Mundo, que durante toda su carrera ha intentado lucrar a costa de su mera discapacidad cuando lo realmente diminuto es su talento. Ineficaz es el intento de parodiar a los conductores de programas asumido por la actriz Yaremis Pérez, recurso que bien concebido pudiera resultar en momentos donde abundan las malas calidades de este tipo en la liza televisiva pero carece, como la totalidad del programa, de un libreto sólido, matizado por gags efectivos no por la andanada de «pujos» extremadamente forzados cuya nulidad es subrayada, más bien sobreexpuesta, por las malditas risas en off (copiadas en lamentable hora a las comedias estadounidenses) con las cuales se intenta inducir a la comicidad. Como último y no menos calamitoso aspecto vale mencionar la rusticidad y ramplonería con que se aparejó la impostura de escenografía que espera reproducir el interior de un edificio. La premura, el mal gusto, la desidia y la mediocridad más lancinantes definen este show sabatino. Por sí sólo basta para que hasta los más renuentes como tornen los ojos hacia Nuestra Belleza Latina, Pequeños Gigantes, Esta noche tonight y demás infiernos foráneos cuyos senderos al menos están empedrados de gemas preciosas para dorar la píldora.
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