|
«Hay un antes y después de Guillermo Vidal»
Colón entró por Puerto Padre, (hay una teoría bastante fidedigna que afirma eso). Italo Calvino vacacionaba allí, Alberto Garrido, Frank Castel, Carlos Esquivel, a Wichi Noriega le encantaba las Tunas, toda una gama representativa de la literatura cubana ha echado alguna vez su raíz en esas tierras, de tunas, cáctus y gente buena. El viernes en la tarde hubo hasta lágrimas en el Centro Dulce María Loynaz, no lo conocí, pero pude entender perfectamente quién era Guillermo Vidal, el sentimiento de sus compañeros de la editorial San Lope y la admiración de todos en aquella sala, hablaron por sí solos. En voz del reconocido escritor Rafael de Águila fue presentada la novela, Las hijas de Sade, escrita en apenas unos meses de 1998, a cuatro manos por Guillermo Vidal y María Liliana Celorrio Zaragoza, un texto, «sin pelos en la lengua», al decir de su presentador. Guillermo también estuvo presente, desde su omnipresencia de barbudo y su jocosidad de hombre sencillo y en extremo sensible. Bien lo defino Rafael, «Un maremágnum de cuerpos y de sexos, de exaltaciones y de amarguras, de parodias e intertextualidades, de divinas y aladas filias y maltrechas y criollísimas fobias…» Con un finísimo cristal del más pulcro descomedimiento, ambos autores dieron rienda suelta a una novela, cargada de sentir cubano, no hay cabida en ella para pacatas ni prejuiciosas opiniones. Repleta de parodias e intertextualidades, de referenciales manías y de un sentimiento de lo mixticosexuado, Las hijas de Sade promete ser la novela que imperecederamente dejará el recuerdo de Guillermo aun mejor posesionado en el altar de los grandes de la historia de la literatura cubana. María Liliana, lloraba, deslizaba los dedos por debajo de los espejuelos y sonreía, Mechy y Zora al fin revelaban sus verdades al mundo, un mundo que por demás, necesita de esos desmanes infalibles para seguir existiendo.
|