El centenario de Virgilio Piñera ha servido para homenajear no solo a uno de los más grandes dramaturgos del Teatro Cubano, sino para llevar a escena varias propuestas de montajes, donde personajes del absurdo escaparon de la imaginación del autor para tomar las tablas durante todo este año.
Esta vez a la manera de Teatro de la Luna, liderado por el connotado director Raúl Martín, quien retoma «Los Siervos»: una obra que fuera estrenada por el colectivo a finales del año 1999. Acostumbrados ya al estilo del director, nos llega la puesta tejida desde la perfección y la delicadeza del montaje, trayendo al espectador una serie de cuestionamientos que solazan con la conciencia del público para plagarnos de preguntas, sacarnos de la realidad absoluta, comprometernos con el discurso del montaje, y hacernos parangonar con cada uno de estos personajes que, aunque tienen una pauta de comportamiento extracotidiana, no dejan de convencernos de su verosimilitud. El contundente retruécano que arrastra consigo el teatro del absurdo, demuestra que tras lo que puede ser un complaciente juego, subyace todo el sentido crítico de un texto cargado de ironías y controversias…
El discurso de la obra se clarifica desde el inicio. La composición cromática, los diseños de vestuarios y la escenografía, se acoplan perfectamente a la simbología de la puesta, y todo se funde en la rotunda actuación del elenco, que aunque parece presa voluntaria de la circunlocución –por la redundancia cíclica del texto- hace volar el tiempo y revolver la escena tras el incesante movimiento del actor y la organicidad en cada uno de sus actos. Es sabia manera de enfatizar así el conflicto, para lo que también acuden a tonos grises y colores fríos, que no dejan de poner al descubierto las atmósferas de encierro a las que están sometidos. El desespero de algunos por cambiar el curso de la vida desde la contradicción, el deseo de otros por mantener su poderío a costa de imponer sus estilos de gobierno o pensamiento, el temor que puede causar un simple hombre declarado siervo, el posicionamiento de la vida sobre las formas, el canonismo, son líneas que fluyen dentro del discurso del texto para pulsar en la conciencia y trasladarla hasta la reflexión y el cuestionamiento de la propia existencia.
La tropa está compuesta por actores del talante de Amarilys Núñez, Yaité Ruiz, Olivia Santana, Liván Albelo, Yordanka Ariosa y Mario Guerra, a quienes la puesta les exige un compromiso fiel con el trabajo del actor, al crear personajes con partituras corporales llenas de dinamismo, apuntaladas por el buen manejo de sus voces y el sometimiento del personaje mismo a la situación dramática. Para ello parten desde su cosmos más intrínseco a fin de llenar el espacio y rebasar los límites de la cuarta pared al romper con la distancia actor-texto-personaje-público. La precisión de sus desplazamientos, el derroche de energía, la plasticidad, la rapidez de los diálogos hacen que los roles de cada uno crezcan sostenidos siempre por la inteligencia de estos actores, que supieron desde el inicio picar en el gusto del espectador y trazar un pacto desde el subconsciente: «no por absurdo deja de ser real…»
Martín, se levanta desde su sencillez y destreza para regalarnos una puesta inquietante que permite una comunicación directa con el público, tocando temas profundos y humanos que se disfrazan de un tono picaresco, de aparente ligereza, pero que no dejan de sondear el comprometimiento y la atención directa, para desentrañar el espectáculo y adentrarnos en el discurso y el sentido de la puesta.
Por esta vez, en mi más humilde posición de espectador, no me queda más que darle gracias a Teatro de la Luna, por regalarnos una puesta que gravita en el contexto de nuestros días, por esa manera tan fresca, contundente, y divertida que tienen de pensar el teatro, por entregarlo al público para que forme parte de nuestro divertimento, nuestra reflexión, y por sembrarnos una búsqueda más profunda dentro de la vida.
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