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Y, SIN EMBARGO PDF Imprimir E-mail
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Agendas - Agenda 27 de julio 2012
Escrito por Luís Orlando Rodríguez Rodríguez   
Y sin embargo

Y, sin embargo… un filme que apuesta por una realidad fantasiosa, que se mueve entre lo farsesco y la realidad más cruda e inmediata. Matizada por la perspectiva de los niños, capaces de soñar con ingenuidad y alegría, y escoltada por una visión descarnada y mustia del ser adulto. Creer hasta en lo más simple puede salvar y aumentar la dimensión de un día, una semana, una vida. Estas realidades son las que a mi entender, Rudy Mora (quien se conoce en nuestro país como uno de los más atinados realizadores de series televisivas y ahora juega con los códigos del cine), se ha propuesto entrelazar y confrontar: el mundo de niños y adultos.
La cinta está basada en un cuento del dramaturgo ruso Alexander Jmélik, y parte de una puesta en escena de La Colmenita. Trata la historia de un niño que al llegar tarde a un examen inventa una mentira fantasiosa que genera todo un caos en la escuela y en el pueblo, ante lo cual la directora del centro decide hacer un trato con el pequeño, le promete que le aprobará todas las asignaturas si él desmiente lo dicho.
Mientras la película discurre entre unos niños que salen de su paraíso algo encantado --la escuela de música-- y van por el pueblo investigando la existencia de un platillo volador, con humanoides, Rudy se encarga de mostrar una realidad (otra), nada preciosista, que acompaña y condena el entorno que rodea a los lugareños, ese espacio que ellos han sido capaces de crearse. Todos --los pobladores-- se cuestionan la ingenuidad de estos niños, los sentencian en su constante investigación, su manera de “perder el tiempo”, y sin embargo, el mundo de los adultos está conectado a vivencias cíclicas, y expuesto a debatirse constantemente en nimiedades, a las que le prestan una atención exaltada que los envuelve en un absurdo vicioso y sin fin.
El largometraje marca desde el inicio un gran acierto en cuanto a la construcción de los personajes, delineados con mucha creatividad y salpicados por una teatralidad congénita. A esto se le agrega el ingrediente de la magnífica interpretación de su reparto sobre todo la de los niños que intervienen en la trama, en particular la de su personaje protagónico “Lapatún”, interpretado por Olo Tamayo, que desde su primera aparición ante la cámara lo hace con tanta credibilidad que logra convencer al espectador. Secundado por Liliana Sosa, Carolina Fernández, Ernesto Escalona y Daniel Ramírez, todos en su conjunto logran hacer del filme un legítimo juego, matizado por el encanto y la organicidad que los acompaña por naturaleza. Aunque cierto matiz teatral sobresale en estos niños, no creo que sea solo una influencia de su trabajo en La Colmenita, pues la actuación en el filme está trabajada desde una perspectiva teatral. Algo sí quedó claro, son niños que pueden soportar perfectamente un primer plano, con expresiones sencillas, vivientes, nada miméticas, y capaces de defender personajes cargados de contradicciones. Logran apropiarse de la historia con tanta destreza que para nada se les hace desventajoso enfrentarse al buen elenco de actores --ya más experimentados-- que los complementan, con los que consiguen un empaste coral.

En el reparto aparecen nombres como Laura de Uz. Esta vez escondida bajo la piel de una profesora enferma de los nervios --como sentencian algunos de sus estudiantes-- que logra envolvernos con ayuda de su actuación serena y natural. Está enferma, sí, y de los nervios, pero no esperemos una esquizoide descontrolada, no, está contenida, y esto es lo que la hace peregrinar feliz por toda la historia. Un personaje algo enigmático, sumergido tras unos lentes oscuros pues teme mirar la realidad desde la claridad de sus ojos, y no es capaz de objetivar frente a frente la realidad y la alegría de sus alumnos.
También se registran actrices como Adria Santana, de la que no pude menos que experimentar dolor al saber que ya no está, en este mundo de vivos y muertos, pero ahí vive su eternidad, y nos llega al verla en la pantalla tan orgánica, con ese rostro que puede transformarse en la crudeza de una mujer molida por sus circunstancias, cansada de vivir, pero resignada a seguir haciéndolo.
De manera radiante aparece Eslinda Nuñez, que se adjudica un personaje totalmente teatralizado, igual que Osvaldo Doimeadiós, ambos siempre, revestidos de sus pieles camaleónicas. Nada en ellos es pulsado contra la apariencia. Son personajes construidos por el desespero, el fracaso, que quedaron atrapados de algún modo en el pasado y huyen del presente al vivir encerrados en sus casas sin puertas para entrar ni salir. Gentes que viven ocultos hasta de sí mismos, al dejar de creer en ellos.
Por otro lado ingresan a la trama Raúl Pomares, Fernando Echevarría y hasta el mismo Silvio Rodríguez, ninguno necesita jugar con la palabra para dialogar con el espectador su mundo convulso. Se trata de hombres absorbidos por una cotidianidad simplista y aplastante, lo que hace un guiño muy agudo por parte del guión para contraponer realidades y maneras de aprovechar o perder el tiempo.
Laritza Vega, interpreta la directora de la escuela de música, baluarte de intransigencia y guardiana del inalterable orden establecido, donde no tiene cabida otras verdades que no sean las que ella defiende con grave voz de una directora. Aunque un poco escamoteada por el estereotipo de dirigente que por momentos le sale natural, pero a ratos te deja la sensación de si es o no.

Por otro lado Manuel Porto se suma a este torrente de buenos actores, con un personaje que flota entre la realidad y su realidad (otra). He aquí un personaje que el guión usa para contrastar toda su tesis, Matusalén (Porto) sí es un hombre que juega, sueña, pero a su vez es rechazado por los adultos y no así por los niños. Sin embargo, es el más feliz de todos los personajes ya adultos de la película. Creo que el guión lo levanta de manera vertical frente a la tesis del filme: él sueña, él es libre, él tiene tiempo para reír, puede ver el mundo tan deteriorado como está, pero también puede transformarlo en su realidad (otra). Es precisamente con este personaje con el que la película te está diciendo: “no importa en qué circunstancia estés, lo importante es que seas feliz contigo mismo”, aunque entonces este mensaje te llega desde un punto de vista iconoclasta pues el personaje está loco, o casi loco. Todos estos actores levantan un vuelo actoral casi indetenible dentro de la película y este es --a mi entender-- uno de los logros más capitales.
La historia no avanza por el camino de un género puro y se debate e intenta lidiar con la fábula, el cine musical y la fantasía. Tampoco es ciencia ficción y está salpicada por la comedia, por lo tanto se trata de un reto harto difícil, juego de hibridar que pone en riesgo al filme, y precisamente este reto, da la sensación de desplegar todo un abanico en el que quedan algunas “islas sueltas”, aunque no autónomas, dentro de la historia. Trabajar la subjetividad, la fantasía y la ficción también exige sus convenciones, es necesario respetarlas y seguir un hilo conductor resistente para lograr enfocar al público en el plano que se busca, de lo contrario, muchos dejan de creer en lo que se les está mostrando.
A ratos el filme coquetea con el género musical. Me alegra sobremanera que estos actores no estén doblando a otras voces con mejores registros, pero no podemos dejar de reconocer que se nos quedan algo endebles, no así con los niños que en este ámbito se levantan con más versatilidad. La película deja reposar por momentos el desarrollo de su trama en temas de Silvio Rodríguez, lo que parece ser un resultado acertado que logra dar continuidad y coherencia a la acción dramática y el transcurrir de las secuencias. Aunque por momentos el diálogo se accidenta sin tener una justificación y esto empaña de alguna manera la puesta. La música en general está muy bien trabajada por Amaury Ramírez Malberti quien logró darle otro papel protagónico e ineludible dentro de la historia. Apoyada además por temas incidentales muy bien conjugados, que realzan la poética de la trama y logran fundirse de manera coherente según las intenciones y los procesos por los que van atravesando los personajes dentro del desarrollo de la historia, alcanzando una armonía exitosa con el discurso.

La fotografía, bajo la dirección del experimentado Ángel Alderete, logra una imagen preciosista por momentos, que juega mucho con tendencias plásticas. Con ello atrapa y logra enlazar perfectamente en la trama. Apoyada en planos generales –esencialmente- que dan información necesaria de la cotidianidad, creo que el encuadre, los colores, y las atmósferas recreadas son dignos de resaltar pues jugaron su papel con mucha habilidad. Un propósito es solazar con la atemporalidad: “este lugar”, “estos personajes”, pueden ser de cualquier parte, pero si siempre la cubanía los va a sorprender por cada costado, entonces hagámoslo de verdad. En este sentido la dirección de arte debió ser un tanto más cauta --amén del despliegue creativo-- en la colocación de elementos de decorado y la exaltación de algunos escenográficos como la silla, porque no logran solubilizarse armónicamente en el lenguaje de la temporalidad y discursan a la par de una realidad fantástica ¿propia o ajena? y una cotidianidad, a todas luces, sugerente.
Una edición precisa, aristotélica, con un pequeño flashback dentro de la historia. Un montaje rítmico, apoyado en el movimiento escénico y no tanto en la manipulación de los planos dentro de la isla de edición, que se funde por momentos con lo fresco y viaja sin traumas entre la irrealidad y la realidad, dividiendo perfectamente estos dos niveles: la realidad dibujada por la visión ingenua del niño, la mirada cruda y derrotista de los vecinos, y la de hombres (otros) que han transformado su entorno según las perturbaciones de su cabeza.
La película está atravesada por un halo pesimista, y a salvo siempre por la interpretación de sus actores más jóvenes. Es un trabajo de contradicciones y distanciamientos que va directo al espectador, para el más pequeño quizás mero divertimento, para el más adulto llega con cientos de preguntas y cuestionamientos: “así de cotidiano puedo verme…”, “en esto puedo convertirme…”, “este puedo ser yo si me asalta la inconstancia…”.Este filme, en apariencia superficial, porta un discurso interno complicado. No deja de estar matizado por la fantasía --acaso escapada de la mano de los realizadores--, pero que vuelve a aterrizar, para escapar nuevamente de la mano de su público.

 

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