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UN PREMIO CASA DE “12 AÑOS” PDF Imprimir E-mail
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Agendas - Agenda 27 de julio 2012
Escrito por Lilién Aguilera González   

Emerio Medina Peña«Mis historias no son ni asombrosas ni mucho menos, sencillamente usan un lenguaje que parece ser popular, parece ser culto, una mezcla quizás, pero es mi lenguaje, son las palabras que llevo por dentro».
Camuflado tras la apariencia de un individuo común, del cubano con olor a sol, y cautivadora sencillez, el holguinero Emerio Medina Peña es un referente indispensable en la cuentística latinoamericana actual. El tercer invitado del Café Literario Palabras en la Arena, encuentro auspiciado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en la ensenada banense, relató importantes momentos de su vida.

La historia del escritor Emerio Medina, el mayaricero que con a penas 8 años en el difícil oficio alcanzó un compendio considerable de galardones entre ellos el Premio Casa de las Américas, continúa siendo un enigma para los lectores, ¿Cómo Emerio Medina alcanzó en tan poco tiempo la legitimación de su obra?
Difícil la pregunta, aunque es un tema recurrente en las entrevistas, porque llama la atención que un escritor tenga éxito siendo una persona de una zona tan intrincada como yo, en un monte de Mayarí, en un lugar que no hay ni teléfono, ni asfalto, ni nada, donde veo pasar vacas y caballos frente a mi casa.
En Cuba hay posibilidades de leer, estudiar y prepararse, y eso fue lo que hice desde que tenía 5 o 6 años, por esos azares de la vida me cayeron en las manos libros importantes. La Ilíada, es un libro importante para mí, creo que la Ilíada marca una diferencia en quien la ha leído y quien no, hay todo un resorte cultural que se activa cuando lees La Ilíada, tienes que apropiarte de esa lectura a esa edad, y casi todo lo que manejo en mi literatura está en La Ilíada: el amor, el odio, la traición, las pasiones humanas, el héroe.
Por supuesto hay otras cosas que tienen que ver con lecturas de libros en específico, El Cid por ejemplo fue fundamental, si La Ilíada es la cosa Occidental y Europea, el Cid es el libro Español, le aporta al niño o al joven determinados componentes que después no es posible adquirirlos y sobre todo si te pones a oír reggueaton, entonces no vas a adquirir nada.
Todo lo que uso para escribir lo aprendí el Quinto y Sexto grado, o sea un conocimiento elemental del mundo, geográfico, económico, político, cultural. No sabía que me serviría un día para escribir, o sea no puedes decir: - me estoy leyendo un libro de Historia Antigua porque voy a ser escritor- a esa edad uno no lo piensa.
De hecho yo empecé a escribir muy tarde, con 37 años, cuando ya había vivido, había tenido de todo en la vida, había pasado por el fuego y el agua, estaba perneado de recuerdos, de memorias, de cosas tangibles a veces, de arañazos en la piel, de ese tipo de cosas que uno no se puede quitar… y arañazos en el alma también.
Tenía el lenguaje, la intención, el deseo, tenía las historias para contar y fue lo que hice.
El reconocimiento es otra cosa, tiene que ver con hacia donde proyectas tu mirada, si te propones una cosa inmediata, un éxito inmediato, lo tendrás, inmediato y fugaz; si te propones un éxito distante, aseguro que es más duradero. Yo nunca me propuse ganar nada, yo me propuse escribir porque necesitaba hacerlo, lo demás lo han puesto los lectores.
Mi literatura se caracteriza por hablar desde lo cotidiano pero con una mirada más universal, más humana, más profunda quizás, no suelo contar superficialidades, no me interesa el hecho cotidiano intrascendente, que no deja una huella. Hay cosas cotidianas que a veces pasan inadvertidas, y esas son las importantes, casi todo lo inadvertido es importante porque la persona común lo que hace es fijarse en el detalle bonito o fe, pero común, no se fija en detalles invisibles, o visibles para las personas que buscan algunas verdades.
Yo escarbo bastante en el alma del hombre, en la sociedad, en la cotidianidad, y le busco aristas visibles, es alguna suerte de sociología.
El lenguaje también es importante, pero ese hay que tenerlo ya, no se va a una escuela a adquirir un curso de narrador, porque eso no se aprende en un curso, eso se adquiere viviendo, leyendo, experimentando, y eso va formando tu universo cultural. Desde edades tempranas vas incorporando palabras, imágenes, hechos, y vas decantando, vas separando y constituyes un lenguaje propio.
Mis historias no son ni asombrosas ni mucho menos, sencillamente usan un lenguaje que parece ser popular, parece ser culto, una mezcla quizás, pero es mi lenguaje, son las palabras que llevo por dentro.
Las palabras uno ya las tiene desde hace mucho tiempo, una palabra nueva tardarías en incorporarla a tu vocabulario narrativo, la palabra que uso para escribir ya la tengo hace tiempo en la cabeza dando vueltas por ahí, tiene su resonancia, sus ecos, y eso produce un efecto tal vez musical o poético, pero son palabras mías, las hice mías porque hace años las llevo conmigo, y me las gané.

En tertulias y otros encuentros literarios has referido que en tus inicios experimentaste con la Poesía, sin embargo es en el género Cuento donde te has asentado, ¿qué atributos le confieres a este género?
En realidad yo comencé con el género Cuento, pero no eran buenos cuentos, y para dominar la palabra, las imágenes a un nivel más sonoro, relacionado con la connotación de la palabra, de su significado, y por eso hice poesía, para obligarme a buscar significados y resonancias en las palabras.
Pero el cuento es muy cómodo para mí, una pieza corta, digamos de diez o doce páginas que permite sondear lo humano con profundidad y no exige demasiado tiempo de escritura, un cuento lleva un mes, puedes pulirlo en veinte días, quizás por eso escogí el cuento o el cuento me escogió, escribo novelas también, pero el cuento me resulta muy cómodo, me exige mucho la síntesis en el vocabulario, la brevedad, de la economía del lenguaje, y ese nivel de contención es el necesario cuando se escriben narraciones cortas.
El cuento se parece a mí, porque soy una persona con cosas escondidas quizás, no soy del tipo de persona que sonríe siempre, generalmente estoy callado, serio, siempre ando como escondido del mundo, y el cuento es eso, es un enigma.
Sin embargo no es el género que prefiero, prefiero la narrativa para niños y jóvenes, mucha gente se pregunta cómo un escritor de cuentos de lenguaje duro para adultos, se aparece de repente con una novela o cuentos para niños, con un lenguaje más tierno.
Prefiero las novelas para niños y jóvenes porque disfruto mucho como niño, yo tengo hoy doce años, cumplo trece creo pasado mañana, me siento de esa edad, todavía leyendo a Emilio Salgari es mi mundo, quedé preso en algún momento de mi niñez y no he podido zafarme de esas cadenas, y lo agradezco porque me permite enfrentar el mundo con cierta inocencia o ingenuidad.
Soy un hombre de cuarenta y seis años, que sigue siendo ingenuo, y por eso la novela para niños y jóvenes viene a sellar mi forma de ser, como algo hecho a la medida para mí, quizás nací para eso. Quizás continúe escribiendo cuentos, eso estaría por verse, lo que sí voy a seguir escribiendo son las novelas para niños y jóvenes.

Existe una coincidencia entre los escenarios que abordas y la vida de Emerio Medina, ¿cuán autobiográfica es tu literatura?
No hay nada autobiográfico en lo que escribo, existen circunstancias para mí muy cómodas en el momento de narrar. La historia en sí no depende del lugar donde ocurre, ni del tiempo, depende de los hechos y del lenguaje que tengas para contarla.
A veces una historia no resulta en un lugar y entonces se traslada a otro, eso me pasa mucho, puede ser un entorno conocido, inventar siempre es más difícil. Por eso en el caso mismo del cuento ganador del Premio Julio Cortázar en 2009, Los días del juego, ocurre en un entorno conocido y es un pretexto para hablar de ese entorno, de Uzbekistán, de los tártaros, de los kasajos, de los uzbecos, de los rusos, pero la historia pudo haber ocurrido en Holguín, o en La Habana, o en Valle dos, donde vivo.
Al armar el relato me auxilio de ciertos recuerdos, y los personajes se parecen a las personas conocidas, pero al final todo relato es un cuento chino, una gran mentira, y un personaje literario es la suma de muchas formas de ser, de muchas miradas, eso lo convierte en literatura.
El escenario literario puede parecerse a escenarios reales, pero nunca será el mismo. En algún cuento tuve que inventarme calles en una ciudad donde nunca he estado, edificios, y la ciudad existe, pero los edificios no, es un cuento chino.
Prevalece una suerte de regocijo que no puedo negar, cuando hablo de un lugar conocido estoy disfrutando otra vez la estancia allí, en el caso de Uzbekistán por ejemplo, he vuelto varias veces, cada vez que leo el cuento estoy volviendo a Tashkent, estoy viendo a los cipreses, y es la mejor forma de de perpetuar los recuerdos.
En mi literatura hay pocos lugares donde el entorno es totalmente fiel, por ejemplo el cuento Los Tikrits, ocurre en Siberia, yo nunca he estado allá, solo por televisión, pero era fácil armarlo, hay otro cuento situado en Estambul, otro en Roma, lugares que nunca he visitado.
Yo escribí un cuento en Pinares de Mayarí, y el cuento no funcionaba, me sonaba muy local, truculento, pintoresco, muy cubano en algunos momentos, y eso le restaba ficción, entonces lo trasladé a Roma, y allí funcionó, es el cuento La cita, incluido en el libro La bota sobre el toro muerto que obtuvo el Premio Casa de las Américas.
Los tikrits ocurren en Siberia pero la historia es de mi barrio. Cuando tengo una nostalgia sobre cosas pasadas no dudo en usarlos y a veces soy más fiel a la realidad, pero no es bueno abusar de la memoria, porque el día en que se agoten los lugares conocidos no podrás escribir, el escritor es un inventor de ciertas verdades, pero sin dudas responde a expectativas en relación con la gente, con la sociedad, con el mundo.

Siendo un escritor multipremiado, ¿crees en los premios como la oportunidad para validad la obra del autor?
Hay una cosa mala en los premios, la gente va a buscarte por “el premio”, sin embargo hay libros no premiados que son mejores. Veo el premio como las posibilidades de publicación de un libro, ese es el primer postulado.
También un libro premiado va a ser sometido por un escrutinio más fuerte para el autor que un libro no premiado, va a ser vapuleado por un lector generalmente avezado.
Por supuesto abre las puertas de la publicación, brinda cierta notoriedad a nivel nacional, tal vez internacional. Pero la literatura no se trata de premios, yo soy muy fiel a otras cosas, estoy creando determinada teoría literaria propia, y estoy visualizando aspectos que solamente se pueden concebir desde la honestidad del libro, el premio es un vehículo, no añade nada que mejore la calidad.
Si quieres hacerte respetado, hay que olvidarse de los premios y hacer literatura de verdad aunque no sea premiada. Yo he sido jurado en varios concursos, a veces tengo tres buenos libros, y el criterio que utilizo es: - este me gusta más.
El premio es solo un vehículo para traspasar esa barrera inicial de la publicación y nada más.

 

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