FERNANDO IWASAKI Y LOS GRITOS DE SU VERDAD PDF Imprimir Email

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Escrito por Laura Barrera Jerez. Imagen: Javier Moldes Galán   

Javier Moldes Galán«Hay pesadillas que nunca nos abandonan y que envejecen con nosotros, añadiéndole al terror primigenio los temores de la edad, las heridas del amor y el dolor de la experiencia».
--Fernando Iwasaki--

Quizás sea uno de los exponentes más fieles del cuento contemporáneo. Como un túnel que nos invita a pasar, sin temor a los miedos, a los recuerdos y a las deudas pasadas. 
Fernando Iwasaki propone, el público vivirá. Fernando Iwasaki pretende, rememora, sonríe, sufre y siente escalofríos; del lado de acá entonces, un posible aliado, un espacio solo para los que se atreven a ver en la oscuridad fantasmas y a oír gritos de ayer, sin sentir temor por el mañana.

¿Qué será entonces Fernando? ¿Será un resurgir de sus antepasados euroasiáticos, un sujeto comprometido con sus tierras peruanas o un emigrante feliz de compartir con los españoles?

 

 

A pesar de todas las preguntas que pudieran surgir, no vale la pena cuestionarse las inquietudes existenciales de Fernando si él mismo, laberinto de su propio ser, no busca más que el descanso de su imaginación en palabras que lo complazcan, en travesuras ocurrentes, en tragedias mundanas y en pesadillas reveladoras.  Confesó una vez que solo le interesa la verosimilitud, no la verdad ni la realidad. «La literatura es ficción por encima de todas las cosas». Pero más allá de los conceptos de «verdad» o de «realidad», profundamente polémicos y quizás incompletos (ante los incesantes intentos de la especie humana por esquematizar sonidos, grafemas y símbolos de acuerdo a nuestras sensibilidades), más allá de la verosimilitud que desea para sus textos y la verosimilitud que logra en sus textos, más allá de su apreciación y el criterio de sus lectores más asiduos, más allá de reglas y técnicas literarias, se impone una pregunta, un cuestionamiento, una incertidumbre propia de quien acostumbra a hurgar en los pensamientos entrelíneas: ¿Bastará el término «ficción» para resumir los artilugios de la literatura?

Sin dudas, Fernando Iwasaki nos propone una ficción alegórica a sus deseos, a sus instintos, a una vida de viajes y cambios, a un pasado diverso, a sus miedos, a sus fortalezas, todo mezclado con un fino sentido del humor que lo protege de ser morboso. Es la verosimilitud expresada en un texto congruente que intenta ser creíble para poder cumplir el primero de sus objetivos, causar al mismo tiempo, sorpresas y sustos.

Tal vez diría Nietzsche «que se encuentra profundamente sumergido en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas” […], se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas». Si aplicáramos las reflexiones de este este filósofo al intelecto de Fernando, sin dudas lo veríamos en su sentido más «lastimoso, sombrío, caduco, estéril y arbitrario dentro de la naturaleza». Una visión lógica si pensamos en nuestra preferencia por una mirada superficial de los fenómenos y los procesos que nos rodean, en este amasijo externo que tratamos de entender, a donde lanzamos nuestros conceptos, nuestra propia realidad construida.
Pero sin dudas, es el mundo de Fernando, construido en algún escritorio de Sevilla, un mundo ficcionado que a través de recursos expresivos audaces, le resta mentiras al entorno descrito para ofrecernos una verdad lo más realista posible, simplemente porque nace desde un terror creíble y espontáneo, un terror que cualquiera puede sentir suyo, hasta en la más sencilla palabra de

Ajuar funerario.
Estrategias para hacernos cómplices de su realidad

«Leí las revelaciones de la Clavícula de Salomón, los hechizos del Kitab-al-Uhud y las profecías del papiro de Leyden. Conocí la genealogía atroz de los primigenios: Azathot, Cthulhu, Nyarlathotep y Yog-Sothoth. Descubrí razas malditas que habitan en las profundidades marinas, que supuran en las esquinas sucias de nuestras casas y que aguardan una señal de guerra en el abismo de los espejos. Pero lo peor era el libro en sí: no tenía fin, no tenía comienzo, la numeración era delirante y las páginas que pasaba no volvían a aparecer».

--Fragmento de El libro prohibido en Ajuar Funerario--

Como para irnos felices, más que un ajuar con diademas de oro, vestidos, alimentos, estatuillas, joyas, o jarrones de cerámica, Fernando Iwasaki propone microcuentos de terror, desde una visión femenina o masculina: siendo ella o él, desde la vida o la muerte: siendo un monstruo o un fantasma, desde el narrador equiscienteo el narrador omnisciente: conociendo a veces lo mismo o a veces más que los propios personajes de sus historias (Tal vez así se delata como principal protagonista de todas estas situaciones que alguna vez pudieron sucederle, en su realidad existencial o en su realidad espiritual).

Ha querido, quizás, proponernos un pacto de ansiedad a través de «la brevedad de un escalofrío y la iniquidad de una gema perversa». Nos mantiene entonces supeditados a sus maniobras, porque los fantasmas pueden aparecer en cualquier momento.
Así sucedió cuando despedía a su madre en el lecho de muerte. Ella le aconsejaba cuidar a sus hermanos, principalmente a Luisito, que había muerto de leucemia hacía muchos años. Nos parecían alucinantes los ruegos de la moribunda, pero cuando llegó a su casa el responsable de hacer cumplir aquellos mandatos de protección, un llanto se escuchó en el ropero. Desde entonces esa es su obligación y en casa, su hermano Luisito juega con medias de nylon y pétalos secos.

Y con la mayor ecuanimidad del mundo termina Fernando este microcuento, así como sucede con el resto, dejándonos con la sensación de un final que apuesta por la perfección, tras una trama que ocupa menos de una cuartilla y que, sin embargo, nos produce un sinfín de sensaciones.

En otros momentos puede que no entendamos el título de algunos de sus relatos, porque van en inglés o en latín, pero el autor vive, en este libro, riesgos permanentes. Del mismo modo que a veces se hace necesario releer el nombre de determinados textos, porque si no, sería imposible entender el mensaje que quiere transmitir el autor.

Así juega Fernando con el número 666, un número que muchas personas en el mundo identifican con el demonio, un número que puede imprimir el terror desde la simple lectura de un título que solo consiste en la “ingenua” combinación de esos dígitos. Entonces, un primer anunciono altera los nervios: «Antes de morir me juró que me haría una señal, que me daría una prueba, un aviso de lo que había más allá de esta vida, como si todavía pudiera existir algo peor que esta vida. Una noche sonó el móvil durante la madrugada», cuenta la historia, mientras siguen sospechas horribles que nos obligan a repensar aquel número: «no era la melodía que tengo programada sino una especie de llanto asmático, en la pantalla parpadeaba un número inverosímil, ha dejado un mensaje en el buzón de voz» y punto final.

Incluso en muchas ocasiones, los títulos son fundamentales para entender el sentido de las historias. Así sucede con El monstruo de la laguna verde, pues en el texto nunca se repite este sintagma nominal, sin embargo, los lectores, a través del título, entenderán por qué al personaje le salieron tantos granos y finalmente decidió abandonar su carné de identidad y perderse finalmente en la laguna.

Mientras, la ambigüedad se desliza entre estas líneas: en el Día de difuntos no se sabe quién ha muerto: si la madre que está en la funeraria llorando o el hijo que llega a este lugar y que se asombra de verla allí y después se entera de que ambos están muertos, tanto él como su madre que le da tal noticia.

Fernando o sus personajes (baste dilucidar quién es el personaje de quién) retozan con la muerte y los pánicos de la vida: «Sobrevivir supone un mínimo de ilusión. Una ilusión que ya no tengo. Estoy tan a gusto aquí que no pienso luchar. La muerte es blanca».(Fragmento de Urgencias). Ese es un atrevimiento que pocos asumen, mucho más en estos años de la electrónica molecular, los viajes interplanetarios y los hologramas táctiles.

Sin embargo, Ajuar funerario, como un aliado de fantasías y sobresaltos, reta a la imaginación humana y burla nuestras sospechas, para entregarnos una y otra vez a desenlaces inesperados, aún dentro de las fronteras de la credibilidad de algunos personajes y de otros que parecen irreales y se tornan otra vez con vida.

Así sucede cuando un acontecimiento anterior supone consecuencias nefastas en días futuros. Incluso, Fernando reta a su público para que construya un significado propio para sus lecturas, tras el andar perturbador palabra tras palabra, a través de un camino que muchas veces irá oscureciéndose hasta un final generalmente trágico. Por eso La muchacha nueva sentiría el poder de la calavera que invocaba al diablo, conocimiento que los niños habían adquirido con una niñera anterior.

Solo a veces, las inquietudes narrativas y los atrevimientos de la historia parecen alejarse de los horizontes del mundo real en que vivimos, sin embargo, quizás, en el justo equilibrio de diálogos y descripciones, va la grandilocuencia y eficacia del autor para atrapar las audiencias.
Así se nos presenta la realidad, como un esquema distorsionado que no ha perdido su esencia porque aún es, al menos, en el mundo imaginario de los muertos, de los supersticiosos, de los monstruos, de los fantasmas y de los lectores que la reinventan constantemente.

De este modo, «la cosa en sí (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje. Éste se limita a designar las relaciones de las cosas con respecto a los hombres y para expresarlas apela a las metáforas más audaces» (Nietzsche, s/f)

Pero sin dudas, Iwasaki nos propone una realidad muy propia, un amasijo de cuentos donde la insolencia es una cualidad estética, una forma de rozar la verdad, como diría Alonso Cueto.
Son diversas las técnicas que emplea el autor para mantenernos atados a sus palabras, sin que parezcan del todo inciertas, para hacernos creer que disfrutamos de una aventura tangible a través de 89 microcuentos que tienen la misión de ser verosímiles y atarnos a estas páginas desde el inicio hasta el final.

Articulación de realidades
«Tengo miedo, quiero huir y hago secretos propósitos de enmienda, pero todo es inútil porque dentro de un año estaré de nuevo aquí: en la consulta del dentista».

--Fragmento de La silla eléctrica en Ajuar Funerario--

Además de obligarnos a prestar la mayor atención, a releer oraciones y textos completos, a buscar los elementos camuflados que justifican uno u otro desenlace; además de jugar con la escritura y con la propia lectura de los individuos, Fernando no escatima esfuerzos en articular sus realidades.

Aquí quedan plasmados los enigmas de los monasterios conjugados con las rigideces que poco a poco germinan en la soledad (confesaría Iwasaki en una entrevista online en el periódico El País, que de niño había conocido monjas muy buenas y las había reunido en su libro El descubrimiento de España; pero también había conocido monjas muy malas y las metió en Ajuar funerario); los infinitos celos que un hombre adulto puede sentir por su biblioteca, la inercia de la velocidad y la sensación de zozobra que puede causar una autopista oscura o la increíble añoranza de una padre que sueña a sus hijas.

A esos pequeños reflejos de un mundo aún inocente, le suma confusiones, trampas, colores, imaginación, y, letra a letra, nos devuelve espacios y momentos terroríficos: una morgue, un auto sin oxígeno, la ouija, el cuarto de huéspedes, el cementerio, las cosas que cortan y queman y pinchan en el taller de Agustín, un elevador averiado, el pabellón de cáncer, los relojes que marcan a destiempo la misma hora, las casas sin espejos, las fotografías de los niños muertos, la abuelita en el cielo, la mujer de blanco que visita a sus muertos…

Así, una tras otra articula las realidades para transportarnos a un escenario ideal que no podemos valorar como un sofisma porque, al final, como diría Edgar Allan Poe, en El demonio de la perversidad y según se puede leer al comienzo del propio libro de Iwasaki: «Nuestra razón nos aparta violentamente del abismo, por eso nos acercamos a él».

Entonces no solo se llega a la verdad mediante el lenguaje directo conceptual, sino también a través de símbolos, a través del significado semiótico de nuestros gestos y nuestras acciones, a través de un sinnúmero de formas discursivas que muchas veces realizamos de manera inconsciente y mecánica. Otros tratan de representar sus verdades a través de construcciones literarias que subvierten las «designaciones de las cosas uniformemente válidas y obligatorias».

Al fin y al cabo, ya muchos han coincidido al plantear que tanto la imagen natural como la ideal son medios idóneos de acceso a la verdad (una verdad que puede estar defendida individual o colectivamente), pues son productos nuevos, y, además, están permeados de razón utópica, fantasía y sensibilidad.

¿Por qué en un jardín hay un paquetito con unas velas negras, uñas cortadas, sobras de comida y una foto carné? ¿Por qué la habitación de un hotel puede ser la cárcel de tu espíritu hasta que venga otro tan tonto como tú y ocupe tu espacio? ¿Por qué tu suegro, tan pacífico antes de morir, ahora te azota y te abofetea y encima se ríe? ¿Por qué una casa sigue necesitando bendiciones si después del intento del padre Bruno, este ya no es cura y cuando se emborracha dice cosas horribles? ¿Por qué el angelito acepta ahora papillas con sangre, cereales, leche y galletas molidas si lo estrangularon por no comer lo que le ofrecían?

Sin dudas, en esa posición de defensa que asume Iwasaki con respecto a sus textos-verdades, brindándole una solución a todos los desórdenes que él mismo crea, pueden haber influido notablemente sus estudios como historiador (profesión suya que contrasta con su poder de síntesis y su inclinación por la brevedad), el ejercicio como profesor universitario y sus investigaciones en el Archivo de Indias de Sevilla y en el Archivo Secreto del Vaticano.

Sabe, además, cuánto debe agradecerle a determinados autores: «¿Qué sería de mí si no hubiera leído a Vargas Llosa, a García Márquez, a Carlos Fuentes, a Cabrera Infante, a Donoso y, por supuesto, a Borges y a otros más? Así que yo no tengo ninguna cuenta que ajustar. Naturalmente, hay libros que me gustan más y otros que me gustan menos y uno tiene que encontrar su estilo y su poética, al margen de sus lecturas». (Plaza, C. s/f)

Sin dudas se vale Iwasaki de la frivolidad seductora de Cortázar, los silencios necesarios de Lorca o las complejidades de Borges. Como este último dijo «hay argumentos que se prestan menos a la escritura laboriosa que a los ocios de la imaginación o al indulgente diálogo, tales argumentos serían la impalpable sustancia de esas páginas que no se escribirán».

Iwasaki ha gritado
«La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido»

--H.P. Lovecraft, en El horror en la literatura--

Iwasaki ha logrado gritar, en sus páginas, la esencia de historias que quizás otros no se atreverían a contar. Es por ello que desde un mundo de incontables fantasías y realidades ficcionadas, nos propone sus propias verdades, ysi no las creemos como tal, jamás habremos sentido ni un ápice de miedo al tener ante nuestros ojos Ajuar Funerario es importante no olvidarlo). Pero ello es casi imposible si tenemos en cuenta la creatividad de sus microcuentos y la perspicacia de sus narraciones que nos van envolviendo para creer en ese mundo de niños asfixiados en un auto o de seres que se transforman en fantasmas tras pasar una noche en una mansión abandonada donde descubren que les encanta comer ratas.

El autor de Ajuar funerario nos obliga a creer en historias como esas, y su escritura desenfadada nos hace olvidarnos de géneros o de calificativos que pudieran situar a la obra en el mundo de lo real o de lo ficcional. Incluso desde el propio título resume el sentido de la obra, su aire de malicia, y el interés y el poder de convertir historias tristes en microcuentos leíbles y disfrutables.

Iwasaki ha logrado que sus gritos nos convenzan, por qué entonces no creer en esas verdades suyas que, sin incluirse en conceptos establecidos o en definiciones absolutistas, nos invitan a disfrutar, anulando quizás, mentiras diferentes a las que vivimos a diario, o reinventándonos la realidad que provoca el interés humano por aquello que pone a prueba nuestra valentía.

Ese es Fernando y esos son los gritos de su verdad porque «hay pesadillas que nunca nos abandonan y que envejecen con nosotros, añadiéndole al terror primigenio los temores de la edad, las heridas del amor y el dolor de la experiencia». Entonces son miedos y verdades que siempre han estado y que siempre estarán.

Quizás por eso aquí se han sentido gritos contantemente, y como sé que la voz de Fernando no alcanza ese volumen tendré que investigar por qué se escuchan y quién los emite. Quizás sea Marle, a ella está dedicado el libro de Iwasaki, pero he preferido obviar su historia para darle el merecido protagonismo al autor. Tal vez se sienta olvidada. De una forma o de otras creo que comenzará la historia otra vez. ¿Serán de verdad esos gritos?

Bibliografía consultada:
-El País (Digital), 2005, Los internautas preguntan. Disponible en http://www.elpais.com/edigitales/entrevista.html?encuentro=1581&k=Fernando_Iwak, consultado el 30 de mayo de 2013.
-Nietzsche, s/f: Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Tecnos, Madrid.
-Plaza, C. s/f: Diálogo de la Lengua, en Quórum, 20, pp. 94-107.

 

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