ENTRE LAS AGUAS Y EL LUGAR. UN ACERCAMIENTO A LA LITERATURA DE MARIO LEVRERO PDF Imprimir Email

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Escrito por Yoel Almaguer de Armas. Imagen: Javier Moldes Galán   

Javier Moldes GalánDicen los artistas que ellos son artistas desde niños. Que de pequeños les gustaba cantar, bailar, decir poesías, delante de mucha gente. Dicen que se paraban frente al espejo y se convertían en otros personajes: jugaban a ser mamá con tacones y sayas y blusas y verdaderas responsabilidades, o a ser papá: hombre de casa, fuerte, inteligente, elegante.

De niño, saben que ellos llevaban sangre de artista porque la abuela de la abuela bailaba en las carrozas y un día alguien le propuso ir a la ciudad porque ese talento había que explotarlo.
Hay tantos artistas que juegan a ser artistas y en ese intento se creen el personaje y hacen que todos lo crean. El artista no tiene hora para serlo porque artista no solo es quien se sube en un escenario y hace reír o llorar, o canta 20 Años, o escribe un libro que es gran premio para tres o cinco o veinte personas que deciden por miles que pueden leerlo.

Ser artista lleva tiempo y deseos. No todas las personas saben pregonar manís, ni decir lo siento, ni dar consejos, ni extrañar, ni conversar, ni convencer, ni aceptar que esto o aquello está mal, ni conservar el éxito primero en el corazón. Pero claro, estos son artistas de calle, de solar. Son artistas ocultos que quizás no sepan cantar, ni bailar, ni escribir libros o poesías. Tal vez son una clase de artistas que los especialistas no conocen aún porque fueron los días quienes les fue enseñando cuál sería el camino para llegar a ser artista, probablemente no el mejor, pero sí el camino. Entonces son artistas porque actúan, porque todas las personas lo hacen, porque la vida es una obra de teatro donde convergen las manifestaciones que se estudian y las habilidades que se aprenden.

Leer es un arte y artista es quien provoca a cualquier lector. Artista es quien entiende el sufrimiento, las agonías, las ficciones, el humor de otro artista. Artista es el autor que encuentra su virtud tachando y releyendo cuantas páginas o espacios vacíos encuentre en cualquier lugar, y artista es su público, por entenderlo, por enjuiciarlo, por condenarlo.
No es fácil entender de una sola vez la prosa de Martí, ni las historias cronicadas de Galeano. No es tan sencillo comprender a Carpentier, ni olvidar a Dulce María, porque todavía, para muchas personas, el río sigue llegando al mar.

Y la contemporaneidad, ¿quién entiende a los últimos contemporáneos?

Primero habría que entender qué es lo contemporáneo, si es que los propios estudiosos del tema logran establecer un tiempo exacto para su definición. Quizás la Revolución Socialista de Octubre marcó verdaderamente una nueva etapa y quizás, el siglo XX haya comenzado en ese entonces. Cada quien asume lo contemporáneo y lo defienden a veces con argumentos, y otras con justificaciones.
Tal vez por eso el escritor uruguayo, Mario Levrero asume un estilo narrativo diferente al de otros autores de su etapa y de otras etapas de vida. Levrero se apodera de una prosa sin tantos esquematismos y sobre todo, contemporánea. Tampoco se puede asumir que todo lo nuevo que se escribe en la contemporaneidad es agradable al lector, porque todavía falta que esta etapa de vida defina modos de pensar acordes con ella. Entonces: siguen las deudas.

El Lugar es una de las primeras novelas de Levrero. Es una historia que comienza cuando su protagonista, al encontrase solo, sale en busca de refuerzos para pasar los días. En ese anhelo, llega a un lugar en el que conoce a muchas personas y es ahí, donde se desarrolla la trama de la obra.
El lugar que propone Mario Levrero trae consigo una narración que varía constantemente. Tiene un inicio que comienza cuando el personaje principal, siempre en anonimato y en primera persona, decide iniciar la búsqueda de… en… y es por eso que desde este momento, ese personaje principal se llamará Protagonista, con mayúsculas.

Levrero instala una línea dramática en progreso porque mantiene a este personaje, en constante superación, aunque sentimentalmente el lector siente algo de inseguridad en él. En el camión que lo recoge, Levrero le presenta a una mujer que lo provoca y que sin saberlo, no es más que otra pasajera que después se convierte en la persona que define el clímax de El Lugar y las decisiones del Protagonista.

No existe en esta obra desarrollo narrativo donde el público pueda definir en qué parte de la novela, estructuralmente, se encuentra. Es por eso que el “amigo” lector llega a confundir o a no entender la psicología de algunos de sus personajes. Levrero tira a su lector, lo recoge, lo devuelve otra vez en diálogos que necesitarán después, siempre, de ciertas precisiones y fundamentos para entender las peculiaridades del El Lugar.
Pero que quede claro: no se cuestiona la narración en sí, que en realidad es muy concisa aquí, de lo que se trata es de los saltos narrativos y la dramaturgia que ellos trae a sus personajes para desarrollarse en sus ambientes sociales, íntimos.

Levrero en esta novela solo descubre a dos personajes con nombres, y el “yo” persiste con cierta ambigüedad y en ocasiones se desconoce si la historia la cuenta el propio protagonista-narrador o si es alguien más que habla en primera persona.

Pero no es recomendable llegar a conclusiones sin antes corroborar las ideas. Levrero también escribió Aguas Salobres, un libro concebido tiempo antes de El Lugar, por lo que resulta muy interesante conocer hasta qué medida puede variar la forma, el estilo de escribir de alguien cuando pasan los años, y sobre este intento se establecen algunas comparaciones.
Aguas Salobres
consta de cuatro cuentos y a simple lecturas se siente que es una obra de ficción más evidente que El Lugar.

Aguas Salobres
rompe con una primera historia que tiene como fin a la ciudad de París. Una historia donde el ser humano desaparece y donde al final, luego de tanto andar, el protagonista, también sin nombre, en primera persona y desde este momento Protagonista en mayúsculas, pierde la mente y los recuerdos y el nombre y su propia esencia.

La literatura de Levrero, además de mantener, el menos en estos dos libros, el anonimato de sus Protagonistas, insiste en hacerlos fracasar, pero hace que su lector se fascine o enloquezca con una ficción menos atractiva, más subjetiva y rara, en el caso específico de Aguas Salobres.
En El Lugar, el Protagonista mantiene una “relación” con una mujer que conoce de casualidad. Una mujer astuta, hábil y con muchas cosas por decir desde que comienza a dialogar. Al final de su historia, esta dama es usada, maltratada, castigada y azotada por hombres que la compran por sexo. Cuando el lector va entendiendo la trama de un personaje como este, siente que su aparición en la obra no es tan casual y desde el inicio es posible que capte la duda de que está ahí por algo que quiere remarcar su autor.

Así sucede también en Aguas Salobres, aunque aquí, la cantidad de personas femeninas no permite definir cuál de ellas tendrá la solución del protagonista que nos presenta Levrero.
En El Lugar, Levrero impone que su Protagonista-narrador trascienda las fronteras del pueblo en el que debe vivir y lo pone constantemente en presencia del transporte. Primero en camión, después en bicicleta y al final en tren. En Aguas Salobres, Levrero regala a los padres del Protagonista un viaje a Francia que desde el inicio resultó trágico por el número de personas que se fue incorporando. Sin embargo, aquí vuelven las trabas del fenómeno transporte: primero en barco, luego en avión, después llega la necesidad de escapar y al final un globo decide el futuro del Protagonista-narrador.

Es como si el espíritu de Julio Verne estuviera vivo en Levrero, quizás no con la misma intenciones de avizorar el auge de algunos adelantes tecnológicos, pero sí con la idea de probar la efectividad de lo que se advirtió.
El pensamiento de Levrero tiene mucho de Kafka, pero lo kafkiano desde lo psicológico de algunos personajes. El Lugar, desde el punto de vista narrativo va ofreciendo al actor sucesos que pudieran acontecer mas, Levrero gana originalidad y metamorfosis cuando presenta a la mujer con la que el Protagonista acaba de pasar una de las mejores noches de su vida y ella es maltratada por el hombre que desde la llegada del narrador a la ciudad, a El Lugar, le ofreció el mejor futuro si decidía quedarse en aquel pueblo.

En Aguas Salobres sucede parecido en un contexto diferente. El personaje de Susana es el primer nombre develado en la novela, luego del Protagonista. Para él, Susana es convertida, después de un juego a los escondidos, en comida para el padre, que fue el primero y probablemente el único que probó alimentos durante la cena. Casi al final, el Protagonista desconoce su propia identidad y llega a convertirse en un vampiro, otro elemento de la metamorfosis que emplea Levrero en su novela.

Hay una relación muy curiosa entre El Lugar y Aguas Salobres, y es la necesidad que plantea su autor para que el hombre intente preguntarse constantemente qué es él, qué busca él y qué aspiraciones tiene él. La ciudad que presenta Levrero en las dos historias ni siquiera es un lugar real, es la idea que el público debe crearse para luego involucrarse en una secuencia de interrogantes que dependen de lo que sea capaz de hacer, en este caso el Protagonista, para salir adelante en su proyecto de vida.
El dramatismo de El Lugar llega a ser más creíble que Aguas… aunque en su conjunto persiste la misma madurez del autor. No existen variaciones narrativas, aun cuando las dos novelas tengan un solo año de diferencia en cuanto a su publicación. Pudiera decirse que ambas historias perteneces a un mismo concepto del cual Levrero no logró despegarse.

Cuando se narran las novelas, el autor insiste en presentar a Protagonistas que en cierta medida toman fuerza en la acción y en el decursar de sus objetivos personales. Se muestran con decisión y afán de llegar a algo que poco a poco Levrero va enfatizando y que siempre, a final, lo convierte en huida, en salidas sencillas y a veces muy poco creíbles, como en Aguas Salobres.

Es normal que cada persona se plantee dudas y quiera reflejarlo con el método que considere oportuno, en definitivas, lo importante está en creerse que se es artista, aunque sea personal, pero en Levrero aflora la idea de marcar a la mujer como un ser que se humilla pero de la cual depende el accionar de los hombres, incluso en la toma de decisiones.

En las dos novelas, está la presencia de la mujer que vende su cuerpo y en ese intento es cuando comienza el punto más alto de la narración. En El Lugar, el Protagonista no acepta la actitud del señor que le confía su casa, un buen trabajo y una vida garantizada cuando arremete a la muchacha que le regaló una noche de sexo. Y en Aguas… el padre del Protagonista lo encuentra con una mujer y en ese instante le dice que su madre está desesperada porque deben escapar de la ciudad pues sus boletos han vencido y alguien los persigue. Siempre, en el intento de búsqueda que enfatiza Levrero, está presente la elección del Protagonista en una ciudad ambigua porque le sirve de ilusión y martirio a la misma vez.

Como todo género la ciencia ficción tiene sus propias características que las diferencia de otras formas de decir. Sin embargo, la subjetividad expresiva de Levrero lo encausa como un exponente de la ficción aun cuando sus personajes y la ciudad en la que ellos viven, dibujada entre palabras por el propio autor, no hayan necesitado explicaciones concretas para que el lector entienda que está frente a una novela de ciencia ficción.
Ambas novelas son de ficción, pero una ficción que se confluyen, en ocasiones, con hechos reales que se combinan a partir de la imaginación. No es una ficción permanente donde se vive de la fantasía, pero sí se plantea lo irreal de una ciudad que justifica constantemente las actitudes de sus personajes.

Levrero cree en el espíritu de las cosas, en la razón más que en la realidad de las cosas. Muestra a sus personajes dotados de ideas que no varían. Personajes quizás, con vicios semejantes al suyo propio: fumar por ejemplo, afeitarse o mirarse en el espejo. Levrero siente incluso, en ambas historias, la necesidad de detenerse en las frustraciones de otras personas.
Cuando el lector termina de leer El Lugar, posiblemente no sienta el deseo de mirar otro libro de este autor. Y no por ser una literatura banal ni superficial, sino porque es rara y sus saltos narrativos: altos, bajos, constantes, vacíos, regalan al público una dosis de inquietud, incomprensión y pesimismo, pero si algo tiene es que trasmite un mensaje, cualquiera que este sea, y trasmitir sentimientos e ideas solo lo logran algunos artistas.

¿Elegir entre El Lugar y Aguas Salobres?
Dicen los artistas, cuando alguien los entrevista, que cada personaje o cada canción o cada… siempre les deja algo lindo y seguramente algo feo también, pero la respuesta casi siempre va por lo que trasciende, porque como dicen por ahí, «la memoria solo guarda lo que merece ser salvado». Entonces, El Lugar cautiva por la manera de describir los hechos y las acciones de sus personajes; por las salidas que el propio Levrero propone a casa situación; por el crecimiento espiritual y la sed de alcanzar objetivos tendidos como deudas. El Lugar no es mejor novela que Aguas Salobres… pero a diferencia de esta, mantiene una línea de principio a fin que la define como una verdeara novela, no siendo así en Aguas… donde el autor divide la historia en cuatro partes que dificultan la interpretación continua por parte del lector. Son cuatro historias, cuatro cuentos, dentro de un libro que funge como novela.

En ambas historias, Levrero asume el reto de sus personajes atolondrados, imperfectos como el propio ser humano, personajes inconformes en la búsqueda de sí mismo quizás sin darse cuenta de que detrás de esa búsqueda y ese encuentro hayan preguntas de por medio.

En las dos novelas, el autor ha querido otorgarle mayor tiempo e impacto al desarrollo de su Protagonista quien depende constantemente de otros personajes. Levrero mezcla todas las situaciones y enriquece a su narrador en primera persona, pero si algo pudiera agradecer el público de Levrero, es la presencia de pocos personajes o la ausencia de personajes innecesarios dentro de las dos historias.
En Aguas Salobres, la cantidad de personajes es mayor pero a medida que avanza la historia ellos van despareciendo hasta que el Protagonista decide ponerle fin a las acciones.

No hay sufrimiento en las dos obras de Levrero, y aunque la muerte funciona como personaje en Aguas… el autor no da espacio para concentrase en el mundo de la melancolía. Aparentemente Levrero no fue un hombre que lloró mucho, pero sí alguien que sintió miedos, incluso miedo a la muerte y a cómo sería el instante en el que ella llegara.

El Lugar y Aguas Salobres comienzan con una carga narrativa que va tomando sentido a medida que avanzan las páginas. Existe en ambas, una búsqueda casi eterna que concluye siempre con la derrota espiritual-sentimental del Protagonista que, en el intento de encontrar el impulso hacia la supuesta felicidad que Levrero nuca menciona pero que demuestra. A él, al Protagonista, solo le resta vivir en la solead de la que tanto huye, y a la que tanto deberá regresar.

Aguas Salobres se acerca a lo extraño, a lo aburrido, a lo leer por leer, aunque ocasionalmente demuestra cuán original puede ser un creador que se inventa imágenes, secuencias, pasos, ciudades, gentes.

El Lugar, en cambio, trasciende más por ser menos irreal, por encontrarse mejor con el propio “yo” que acusa, cuestiona, decide y fracasa. El Lugar y Aguas Salobres crean una ciudad, un espacio cualquiera en el cual, el poder del individuo determinará la salida, el final, la trascendencia y la fe del ser humano como creador y artista.
 

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