EL CUENTO: AHMEL ECHEVARRÍA PERÉ PDF Imprimir Email

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Escrito por Ahmel Echevarría Peré. Imagen: Camilo Salvador Díaz de Villalvilla Soto   

Camilo Salvador Díaz de Villalvilla SotoGUERREROS

Habíamos bebido medio litro de vodka Aboslut y zumo de naranjas mientras nos revolcábamos como perros. Janela estaba en suelo, acostada, los ojos entornados, sudada. Un leve chichón en la frente. Sus rizos de falso cabello rubio como lenguas de un fuego a punto de extinguirse.

Era jazz lo que escuchábamos: Billie Holiday. El ritmo de los instrumentos y la cadencia de la voz de Lady Day nos fueron apaciguando. Yo dibujaba pájaros y torpes muñecos en el vientre de Janela. Sobre mi lomo, el rostro y mi pecho corrían las gotas de sudor.

A través de las ventanas el sol acuchillaba el piso y las piernas de Janela.

—Si tuviera óleo, pinceles, buena mano y un lienzo te pintara… Hubiera sido un buen retrato --dije.

Esta mujer de largas uñas pintadas de rojo comenzó a reír. Me pidió un sorbo.

—¿Te has vuelto loco, mi Diábolo? Creo que nunca has tenido una brocha en las manos. No te sienta bien estar encerrado y bebiendo.

Le di un suave puntapié. Le pedí el vaso. Bebí.

Tenía razón, necesitábamos tomar una ducha y respirar aire fresco. Al compás de varios discos había estado fluyendo en nuestras venas demasiado vodka y zumo de naranjas. Aquella mezcla nos sirvió de combustible, con placenteras y arduas combinaciones de nuestros cuerpos fuimos consumiendo el mediodía y la primera mitad de la tarde.

Tras tomar una ducha invité a Janela al parque de diversiones. Aceptó. Sin dar rodeos fuimos a uno de los tenderetes donde puedes tirar al blanco --uno en donde solo había una escopeta y se cargaba con cartuchos de tinta.

La fila de espera no era corta porque la diana era un hombre de poco más de sesenta años. Un negro de ojos mansos metido dentro de una armadura de caballero medieval. El que atendía el tenderete era otro viejo: un polaco.

Janela prestaba demasiada atención a sus uñas. Y por eso fallaba. Justo cuando se olvidó de ellas --ese momento en que se quebró la del índice al meterlo por quinta vez en el gatillo-- hizo diana, dos veces, en el brazo y la pierna del negro. Aquel hombre nos miraba con sus ojos mansos desde el interior de la armadura. Agitaba los brazos tras cada disparo que chocaba contra su cuerpo.

—Creo que no soy buena en esto –dijo--. ¿Y tú…? ¿Naciste para matar?

Janela me cedió la escopeta e hizo una reverencia:

—Es tu turno, mi Diábolo.

Pero no es un simple juego cargar una escopeta con cartuchos de tinta aunque estés en un parque de diversiones, aunque el blanco sea un negro de poco más de sesenta años. No importa que ese viejo sonría y tenga ojos mansos. No importa que ese negro espere los disparos dentro de una armadura. No es un simple juego aunque se sienta una alegre música de fondo, y en los alrededores del tenderete haya un centenar de niños devorando grandes pompas de algodón de azúcar, o en la fila varios adolescentes bromeen y se besen mientras esperan su turno.

Mientras cargaba la escopeta miré a Janela. Sonreía, también yo. Teníamos medio litro de vodka y zumo de naranjas hirviendo en las venas.

Y miré fijamente a donde debían estar los mansos ojos del negro.

En el tenderete, aquella vez me sequé el sudor de las manos y mentalmente fui silenciando la alegre música de los altavoces, el griterío de los chiquillos, las bromas de los adolescentes a la espera de su turno, y la voz de Janela. Aguanté la respiración. Apunté a la cabeza del negro. Tengo un solo ojo, este pequeño detalle facilita el disparo.

Apreté el gatillo.

Dos cartuchos de tinta reventaron en el corazón, otro en el estómago, con los dos últimos hice diana en la cabeza del negro.

—Mi Diábolo, lo mataste cinco veces --dijo Janela--. Vámonos… esto no es un juego.

El polaco que cobra el turno frente al caballero medieval lo sabe. Ese negro de ojos mansos también lo sabe.

Janela propuso irnos al muelle:

—Vamos por cervezas, perros calientes, papas fritas y caramelos de menta.

Era un buen plan: brindis, tragos, comida, besos.

Cargamos con un estuche de seis Beck’s, dos perros calientes, dos sobres de papas fritas y caramelos de menta. Buscaríamos la puerta de salida que da al litoral y caminaríamos hasta el final del muelle. Nos sentaríamos de cara al mar para compartir la compra y un largo abrazo mentolado.

Era entrada la noche cuando apareció el negro. Caminaba despacio. Era alto, más alto y menos macilento de lo que imaginé. A pesar de la edad, bajo la luz de las farolas sus brazos parecían bastante recios.

Aquel negro también había decidido sentarse en el muelle. Quizá era su costumbre sentarse, al final de cada jornada, en el mismo lugar en donde bebíamos y conversábamos Janela y yo. El negro de ojos mansos se detuvo a poco más de diez pasos de nosotros. Se encogió de hombros y se sentó en el borde opuesto.

Lo vimos abrir su bolso. Sacó una botella de cerveza y una hamburguesa.

De espalda a nosotros tragaba su hamburguesa y bebía una Corona --entre sorbos y mordidas usaba una pequeña toalla para borrar las trazas de tinte secas en el rostro, el cuello.

Aquel negro de ojos mansos bebió dos cervezas claras. Un par de Coronas bien entrada la noche, en silencio, frente al mar.
 

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