RETAZOS DE MEMORIA PARA COMPONER UNA HISTORIA PDF Imprimir Email

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Escrito por Jorge Enrique «761» Rodríguez. Imagen: Camilo Salvador Díaz de Villalvilla Soto   

Camilo Salvador Díaz de Villalvilla SotoA la memoria de Félix Mauricio Saez, y de Alfredo Punta e´ Lanza.

«[…] el Hip Hop es una habilidad humana producida por el espíritu humano y debe seguir siendo de esta manera. Este es el real Hip Hop».
--Krs One (El evangelio del Hip Hop)--

No hay virtud posible, ni lujo alguno, en los dominios del silencio. La memoria, entendida como lógica de vida que salvaguarda las trascendencias todas, es la medida exacta de nuestras potestades cuando los símbolos desmerecen la terquedad del discurso a contracorriente.
La memoria no podría ser --jamás-- el abalorio que presume conjugar silencios; ni la verdad una condición inherente a las pretensiones donde llovizna el simulacro. Memoria y silencio, he ahí la disyuntiva (o la suerte). La elección a derrotar.
Asumiendo los riesgos todos, deshecho de complacencias y de oxidaciones otras, me permito revisitar --tal vez con más pasión que justicia-- aquellos ejercicios de criterio (dispersos) que han sido útiles para “entenderme” dentro de ese proceso (ingrato) que significa configurar la historia, y que en ocasiones tiene como punto de partida o ruptura la herejía de nuestras historias personales.

La historia de la cultura Hip Hop, y puntualmente del movimiento de Rap en Cuba, difícilmente podría articularse sin la existencia de la Asociación Hermanos Saíz (AHS); única institución que ha propiciado espacios reales para la creación y la emergencia de un pensamiento crítico entre los jóvenes creadores e intelectuales cubanos. Más allá de ornamentos y filiaciones; de aciertos y discrepancias; de los sujetos y los objetos, sería un sinsentido negarse a reconocer las dimensiones y protagonismos --que muchas veces no supimos aprovechar o graduar-- de una institución que, entendiéndola en su contexto, se asume iconoclasta en su esencia.

 

No son estos «retazos de memoria» un panegírico a la AHS; aun cuando mi experiencia y relación personal con esta me permitiría la licencia para transitar los peligrosos trasiegos de «ser juez y parte». Pero sí tienen la pretensión de no comulgar con las inadvertencias; sin importar las incomodidades ni las frívolas sensibilidades de quienes no han querido --por los motivos que se deseen-- contar su historia a tiempo.

La relación --o el escarceo, para los menos ortodoxos-- entre la AHS y el movimiento de Rap cubano nunca ha sido revisada intrínsecamente. Las referencias al respecto sencillamente se reducen al tríptico «AHS-Grupo Uno-Festivales de Rap». Aportar una perspectiva poco menos superficial sobre esa urdimbre, a riesgo de soslayar otras pertinencias, es casi la intención de este trabajo.
Los hechos y pormenores que involucraron a la AHS y a Grupo Uno en la desaparición de los Festivales de Rap, terminarían por eclipsar cualquier otro acercamiento a esa «poética de la complicidad» --casi un pacto-- entre los raperos y la primera institución que asumió en alguna medida, compartir la singladura con un discurso conflictual «rehusado a ser silenciado por la pobreza urbana». Complicidad que a pesar de todo, y por encima de todo, aún subsiste. Para muchos, lamentablemente, el registro de esta relación (en detrimento de la propia historia del movimiento rapero y de la AHS) comienza en el momento exacto que marca el fin de los Festivales de Rap. Toda la historia sucedida anterior a esta ruptura --historia muy rica, muy vivida, muy sentida-- ha llegado a formar parte de una extrañísima tradición oral que habrá de extinguirse; o en el mejor de los casos, a perder su veracidad, su esencia, sus matices, sus detalles reveladores; a menos que, por supuesto, entendamos de una vez que «una sola memoria no hace toda la historia».

La propia afirmación de que Grupo Uno significaba «la primera acción concreta de activismo socio-cultural y estético desde el Hip Hop ya en conciencia de sí mismo como movimiento», deja en evidencia que, de algún modo, existía un conjunto de sujetos y creadores identificados con esta cultura. Dispersos; inconexos; aislados. Es cierto. Y también es cierto que muchos de ellos pertenecían a la AHS. Es decir, anterior a Grupo Uno, en torno a la AHS comenzarían a nuclearse un conjunto de individuos con pretensiones de utilizar sus parabienes a favor de incluir el Hip Hop --y sus expresiones estéticas (rap, grafiti, break dance y dj)-- en los términos de apertura que propiciaba una Organización que naciera para reabrirnos a la herejía.

No son pocos los criterios que han argumentado la responsabilidad absoluta de la AHS como autora intelectual en la ultimación de los Festivales de Rap. Sin ánimo de coartar aquellas argumentaciones que militan en este sentido (y su derecho a ser representadas), habría que señalar el carácter evasivo y abstracto sobre la cual se suscribieron. De igual modo es justo acotar, que también es desacertada y trasnochada la tesis de que las causas que originaron esta desaparición, fueron exclusivamente de carácter interno del movimiento rapero, propiciado a partir de las crisis creadas por el diferendo «rap underground versus rap comercial».

Al respecto deberíamos formular las preguntas correctamente. Preguntas que, obviamente, conducirían a posiciones bastante incómodas. ¿O quizás ha sido ese el sino que custodia las celdas de la historia: la actitud de no asumir las responsabilidades nuestras en el extravío, en el hurto, en el fiasco?

Lo malo del asunto es que, no asumir responsabilidades implica, por fuerza, atravesar el silencio. Y el silencio, ya se ha dicho, desemboca por antonomasia en la desmemoria.

Pero bien, hagamos algunas preguntas: ¿Hasta dónde serían sostenibles los argumentos que responsabilizan a la AHS --en su totalidad-- con la extinción de los Festivales de Rap? ¿Nos olvidamos, ejerciendo una desmemoria atroz, que la propuesta para la creación de la Agencia Cubana de Rap (ACR) --que finalmente abriría sus puertas el 16 de septiembre de 2002-- fue manifestada desde los propios raperos y coadyuvada por la AHS en su primer congreso celebrado en agosto de 2001? Si nos percatamos de la fecha se puede verificar que la creación de la ACR, donde tuvo mucha responsabilidad la AHS, es anterior a la desaparición de los Festivales de Rap. Entonces, ¿qué sentido tendría desaparecer un evento para crear una estructura mucho más compleja en su proceso y definición?

Es cierto que la significancia de Grupo Uno y de los Festivales de Rap distaba infinitamente de los estamentos para los que sería creada la ACR y de los estatutos pautados por la AHS; que de cualquier modo representan herramientas de control gubernamental. Quizás los Festivales de Rap prefiguraban una acción cívica incontrolable, y que en verdad, la idea de edificar una Agencia que aportaría más sosiego a la gendarmería. De acuerdo. Pero es sin dudas muy romántico (también fácil y reduccionista) creer que tales “maniobras” y “conspiraciones” son privativas del estado político-ideológico cubano. Para los políticos y para el mercado, los individuos somos “clientes” (en el mejor de los casos). Ni ciudadanos ni sujetos. Simplemente clientes. Y ello es ley universal.

En este sentido habría que preguntarse cuáles son las distancias que estaríamos dispuestos a recorrer en honor a la verdad; en definitiva, a la historia. Porque de hecho, y hasta donde he podido indagar, nadie se ha tomado la molestia en preguntar (correctamente) a los propios raperos, cuáles eran sus conveniencias, y si consideraban probable que tras la inhumación de los Festivales de Rap estuviese únicamente (y de modo absoluto) una conspiración desestabilizadora articulada desde la AHS. Aquel criterio de que «no existía movimiento de Rap en Cuba» --que en mi criterio marcaría el declive de los Festivales de Rap desde la responsabilidad que correspondía a la AHS--, realmente se expresaría desde la presidencia de esta última. Pero es improbable que esta postura “particular” bastara para derribar un evento hartamente visible en el contexto sociocultural “habanero”.

Por otro lado, y para iluminar un poco el escenario, corresponde develar que el antecedente sobre el cual aquella presidencia establecería su “visión” sobre el fenómeno y su proceso, fue proporcionado por el propio movimiento rapero. Los (des)encuentros previos a la construcción de las últimas ediciones de los Festivales de Rap, representaban batallas campales (entre los raperos que constituían el comité de selección) en torno a las decisiones de cuáles serían los proyectos que participarían en el evento. Mucho de pugna por el poder, bastante de ajustes de cuentas, y como aderezo, perspectivas ultra personalísimas. Claro, entendemos que todos estos ingredientes citados son propios de cualquier grupo social humano digno de serlo. Pero ahora imagínese estas escenas, ventiladas ante la presencia (obvia) de la presidencia de la AHS en aquel momento. Era evidente que para los “observadores” no existía un movimiento de Rap, sino una puja por hacerse cargo, cuando menos, con todas las decisiones al respecto. ¿Y usted, qué hubiese intuido?

Hagamos otras preguntas. ¿A qué deberíamos atribuir el hecho de que algunos raperos (de calibre y trayectoria incuestionables) no les interesara la alternativa de pertenecer al catálogo de la ACR, y sí a la membrecía de la AHS? ¿Por qué la mayoría abrumadora de los raperos vinculados a la ACR no quieren perder su estatus como miembros de la AHS y prefieren ostentar este doble vínculo?

Ambas estructuras --AHS y ACR-- implican control. Implican, para el sujeto, una relación de frontera mutua. Como dijimos anteriormente, nunca le han preguntado (correctamente) al movimiento rapero sobre estas decisiones, ni por sus conveniencias. Si en verdad la AHS hubiese sido la autora absoluta de la desaparición de los Festivales de Rap, dudaría infinitamente de que los raperos quisiesen pertenecer a una entidad gubernamental encauzada en la desarticulación de sus presupuestos ideo-estéticos. Si indagáramos a cabalidad sobre estas cuestiones, tal vez podríamos comprender la significancia de la AHS en la trascendencia y visibilidad del movimiento rapero cubano.

Mi convicción sobre la importancia y las potestades de Grupo Uno y de los Festivales de Rap es irreductible. Pero no es una idea feliz, en lo que a mí respecta, olvidar nuestras responsabilidades históricas.

La ignorancia, consciente o no, de los valores inherentes a la cultura Hip Hop --de sus aportaciones, de su línea conductual en la búsqueda y superación de su discurso estético, cívico y social--  ha significado un abismo que impide, incluso ahora mismo, comprender que Hip Hop --y los elementos que abarca--  representa un movimiento de transformación social y cultural genuino, dialéctico, identitario, comprometido, que es verificable en las comunidades de donde nace, y desde donde se trasciende a sí mismo. Las elites artísticas, sociales, pedagógicas, políticas y culturales se han encargado de obviarlo, y con ello, negado a dialogar con esa otra realidad nuestra, con ese otro criterio nuestro que, en mucho y por mucho, podría enriquecer nuestra cosmovisión, nuestra tradición de respeto por la otredad y la diversidad. Precisamente la gran virtud e impronta de Grupo Uno, a través de los Festivales de Rap, fue trazar los caminos a esa asunción. Ello merece un respeto irrevocable.

Juzgar los Festivales de Rap organizados por Grupo Uno desde sus resultados no alcanzados, sería casi tomar el rábano por las hojas. Sin embargo seríamos más justos (exactos) con este proyecto cultural comunitario --y con la historia misma--  si lo hiciéramos desde los fundamentos que los originaron; desde la oportuna respuesta que éstos festivales propiciaron al creciente movimiento, estilo, y actitud alternativa que se evidenciaba en las comunidades de la periferia, y que plagaban ya la urbanidad habanera toda y se extendía en caída libre, a lo largo de la isla. El underground, --entendido como oposición a toda política de mercado establecida/orquestada para el puro entertaiment--  en toda su dimensión, fuerza y expresión; a la luz del período especial cubano y sus claras subjetividades, permeaba el ornato público, antes reservado en exclusivo a la carátula de guías turísticas y que sólo “afeaba” el “controlado nomadismo” de la última generación auténtica de hippismo. Quiérase o no, el movimiento undergound en Cuba, nace del seno Hip Hop, de su discurso, de su postura más allá del glamour contestatario. Grupo Uno lo supo, y lo intentaría proyectar y legitimar a través de aquellos festivales.
Su relación con la AHS, ciertamente, no conllevó al happy end. Y es cierto que nadie podría afirmar si fue para bien o para mal. Entiéndase que la historia no ha sido contada por sus protagonistas, y este ejercicio de criterio no va más allá de retazos de memoria que pueden ser, igualmente, cuestionadas.En algún momento expresé que:

«[…] La AHS no es responsable […] ni es su tarea asumir la concepción de movimiento socio cultural alguno, aunque sí tiene el deber de plantear soluciones puesto que “la cultura no sólo se puede concebir como la creación artística y literaria” según expresó Aurelio Alonso […] Debemos comprender que ello es responsabilidad (llamo la atención en esto) de todas y cada una de las estructuras, organismos e instituciones del país […] No se puede culpar, repito, a la AHS sobre el destino o de las crisis del movimiento Hip Hop, sino de su gran incidencia  --ciertamente--  en el ocaso de los Festivales de Rap. La carencia de un diálogo funcional entre la AHS y los líderes del movimiento, el mal empleo de recursos en función de efectivas alternativas de promoción y divulgación, la visión habanocéntrica de ambas partes, las lógicas y naturales distensiones internas del movimiento, (que no supieron enjaezar, ni asumir, y que ¡¡¡erróneamente!!! buscaron su solución en la AHS) propiciaron en gran medida la conclusión de este evento».

Mi criterio  --ya en la distancia y el tiempo--  es que Grupo Uno, como promotor y voz del movimiento rapero, no supo comprender su propia estatura (su liderazgo, su auténtica y soberana autoridad para exponer  los presupuestos, las definiciones, los estatutos Hip Hop) para sindicar que, mucho más allá del Rap sobrevive todo un universo que integra al arte,  la cultura, la intervención social, el trabajo comunitario, el activismo cívico, como defensa y conservación de valores éticos, estéticos del patrimonio y la identidad nacional. Todavía me pregunto, por qué Grupo Uno confió en que la AHS sabría de estas formulaciones; qué hizo suponer a Grupo Uno que la AHS comprendiera en su acervo, las esencias del movimiento Hip Hop.

Sirvan entonces estos retazos de memoria para ahuyentar la desventaja de horadar la disyuntiva a contracorriente; aprender el riesgo y la última lección del perro jíbaro antes de saltar; a negar el tráfico por las añoranzas y por aquella apropiación que podría ser herejía pero también relicario de ciervos.

Un abrazo de paz y memoria.

La Habana, verano de 2013

 

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