LA CANCIÓN DE OTOÑO PDF Imprimir Email

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Agenda 27 de febrero 2015
Escrito por Eduardo Pérez Otaño   

6 eduardo La cancin de otoSiempre hay una canción de otoño, del ocaso de una larga vida que merece todos los reconocimientos y bendiciones, o como dice Pablo, «muy cerca de mi ocaso / yo te bendigo vida / porque nunca me diste ni esperanza fallida / ni trabajo sin gustos / ni pena inmerecida. / Porque veo al final / de mi rudo camino / que yo fui el arquitecto / de mi propio destino. / Que si extraje las mieles o la hiel de las cosas / fue porque en ellas puse / hiel o mieles sabrosas. / Cuando planté rosales / coseché siempre rosas».

Muchos y extensos rosales han plantado dos hombres de extraordinaria valía a lo largo de sus fecundas vidas artísticas, y por ende han cosechado siempre rosas, en abundancia por estos días. Un pretexto los unió recientemente: la música; o mejor, un sueño convertido en música viva, un sueño de veinte años de antigüedad.

Pablo Milanés y José María Vitier. El primero agradeció públicamente la oportunidad que le brindaba el segundo, este a su vez, aseguró que su carrera se ha inspirado en la obra del trovador, y asegura que «la voz de Pablo, generosa siempre y crecida con los años. A veces contenida e íntima, pero también, de pronto, torrencial y desbordada, parece recorrer y develar el secreto de estos versos y lo hace diríase con apasionada naturalidad, como quien, desde siempre, bien conoce y ejerce los oficios del cariño, el ritual de los abrazos, el júbilo, la lágrima, la ilusión invencible y la promesa eterna del amor».

Canción de otoño es el resultado del encuentro trascendental entre Vitier y Milanés. Un Teatro Nacional colmado se vistió de plácemes en la intimidad de un concierto que anunciaba desde su comienzo ser en sí mismo un acontecimiento sin igual en la historia cultural de la nación.

Desfilaron, entonces, textos de Eugene O´Neill, Rubén Darío, Federico García Lorca, Salvador Díaz Mirón, Cintio Vitier, José Martí, Fina García Marruz, Gabriela Mistral, Pablo Milanés y José María Vitier, todos convertidos en música para los oídos y alimento para el espíritu.

El tiempo resultó corto, y el Nacional demasiado pequeño para tanta gratitud colectiva. Hubo quienes abrazaron, lloraron, rieron… e incluso los que aún no pueden definir el cúmulo de sensaciones vividas aquella intensa noche. El arte tiene ese extraño privilegio: el de convertirnos en sujetos de sus designios, el de hacernos perder toda voluntad propia, toda capacidad de reaccionar lógica y coherentemente a lo establecido, como socialmente aceptable.

Y al final de la noche fuimos todos un poco más felices, mejores seres humanos. Y todos quedamos convencidos de que habíamos sido merecedores de una oportunidad única, irrepetible.

 

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