SALTO AL VACÍO, O LA CONFIGURACIÓN ÚLTIMA DE LA VIDA EN EL VÓRTICE DE LA EXPERIENCIA ABSOLUTA PDF Imprimir Email

Valoración del Usuario: 5 / 5

estrella activaestrella activaestrella activaestrella activaestrella activa
 
Agenda 27 de febrero 2015
Escrito por Hugo Fabel Zamora López   

3 Hugo Fabel expo SALTO AL VACO de la serie salto al vaco«...raíz, ruptura libertad

si no siento la libertad cómo podré  

pensar al cuerpo y a la mente dentro  

del paisaje.»

Leymen Pérez.

 

 

 

 

 

 

 

«Me vuelvo, a mis espaldas un mueble/

de majagua, la desolación del azogue:

me han devuelto la mirada. Se incrustaron

de pie en el espejo del escaparate, sentados

se han incrustado en el espejo oval del dormitorio:

es la hora.»

José Kozer.

Instintivamente desatiendo la escritura que no reclame el territorio de la muerte, el impulso desbordante al que ha de aspirar el hombre con más entusiasmo aún del que emplea vanamente en comunicar, traducir lo inmediato que es siempre lamento fatuo, casi siempre retrasado él para la inminencia ubicua del gran baile.

Una lectura ambigua, a caballo entre la abstracción y el paisaje, le viene bien pues a la idea del tránsito; mejor aún, a la captación del tránsito primordial del ser. Leo de la O (Bayamo 1986) nos reta así con esta tesis trascendentalista, se abre el tórax y propone un Salto al vacío. Para ello se sirve de la composición fotográfica en busca de una naturaleza de por sí inatrapable sin la inmersión subjetiva, o la radiografía íntima. Veinticinco piezas conforman esta nueva serie facturada mediante la técnica de la  monotipia, concebidas en mediano y pequeño formato.

Cinco momentos relatan así este vértigo: Leiv motiv, De la nada a la nada, Salto al vacío, Constante mutación y Ruinas circulares. Allí, ciertas figuras antropomorfas parecen representar la incorporación al paisaje, pero tanto su austeridad cromática, que gira en torno al sepia, como la polarización del blanco y el negro, advierten de una circunstancia de suspensión, de trance.

Las corporeizaciones se yerguen de perfil como pruebas de la persistencia de la imagen; mayormente enfrentadas, en visión especular, sin que se delaten genéricamente porque las categorías en este territorio quedan anuladas, de modo que el espectador participa de esa condición incierta, de ese ensimismamiento y conmoción.

Verificamos en este ámbito una (in)quietud de gesta: horizontes invertidos que trasuntan las frecuencias del ritmo del corazón, fugaces equilibrios,3 Hugo Fabel expo SALTO AL VACO de la serie de la na da a la nada suerte de géiseres o trombas inesperadas, fusiones, bruscas ausencias, tímidas incursiones de uno a otro lado; no necesariamente antagónicos porque lo irregular de sus límites habla de una interdependencia, de una pugna familiar. Es este, no obstante, un territorio de escisión, postulado desde la disposición formal de los conjuntos.

Situado en la antípoda de la epifanía cromática impresionista, Leodanis de la O patenta en cambio un desinterés por la raíz objetiva de las cosas,  situándose en los límites de lo representable. De ahí que estas piezas se emparienten de algún modo, en lo conceptual, con la estética minimalista de Marc Rothko.

Salto al vacío se adscribe igualmente al impulso romántico de la búsqueda en la naturaleza, de la disolución en lo infinito. Es la aspiración de una conciencia total la que conduce a ese tedio ontológico del hombre-paisaje, o el hombre ganado por el paisaje.

El autor se decanta en una dirección inversa a lo exuberante y sensitivo de Albrecht Altdorfer en San Jorge y el dragón, porque en su propuesta las sensaciones parecieran alcanzar el paroxismo, la porosidad absoluta. Aspira a la misma totalidad, en este caso desde la simplificación, posicionándose en un territorio especulativo pero acaso más sincero porque prescinde, que no renuncia.

Nos asomamos si se quiere a un estadio pos-apocalíptico, cogido in fraganti por un voyeur espantado. No a la decimonónica fuga, porque la ductilidad semántica de estas piezas nos autoriza a entenderlas también como exámenes interiores, como gráficos o muestras de la materia en su naturaleza más recóndita, y entonces ahí, en esa ambiciosa conjunción, puede que el hallazgo.

¿Qué quedaría detrás de esas salinas, de esa saturación, de esas emanaciones fáusticas,  demarcaciones que parecieran desmontar toda lógica preexistente? Pues se me antoja que la música, la música silente de las esferas; quizás la ingravidez, la contemplación, la difuminada pretensión del ser Heideggereano, o acaso la constatación indirecta del vacío. 

La anticipación en esas zonas del azoro, del salto, se justifica pues en la preexistencia del vértigo, del espanto infuso, toda vez que la muerte, alegoría de estas deformaciones tercas del paisaje, comprende la configuración última de la vida abocada al vórtice de la experiencia absoluta.

Vemos así a Leo comprometerse con una búsqueda esencial, internarse en una zona donde nociones como el adentro y el afuera quedan excluidas de antemano por la bidimensionalidad; montando una metafísica de la desolación, la ilusión(*) y el movimiento irrefrenable del espíritu, sus retornos y expansiones, en el proyecto de la consecución misteriosa de su sino.

Nota

(*) Recordemos que uno de los conjuntos se titula: Ruinas circulares, en referencia al cuento de Borges, donde el protagonista constata, con espanto, su condición de ente soñado.

 

Otras Opciones