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Escrito por Rolando Silven Laffitta
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El rodaje del filme La pared de las palabras, primera producción independiente del reconocido director cubano Fernando Pérez, finalizó por estos días en La Habana. Inmerso ahora en el proceso de edición, el largometraje podría llegar pronto al público de la Isla, donde la filmografía del célebre autor de Suite Habana, Clandestinos o José Martí: El ojo del canario, es bien recibida por su calidad y poética profunda.
Con un elenco técnico de lujo, donde destacan figuras como Raúl Pérez Ureta (fotógrafo), Julia Yip (editora) y Camilo Vives (productor), la película promete un interesante diálogo cuando los actores vienen a ser Isabel Santos, Jorge Perugorría, Laura de la Uz, Verónica Lynn y Carlos Enrique Almirante, cuyas compenetraciones con la historia van más allá del fetichismo declarado de Pérez. La cinta, calificada por él mismo como un verdadero drama humano, trata diversos temas de la realidad cubana actual, haciendo hincapié en los diferentes retos que demandan enfrentarse con un cambio de mentalidad. Pero en este sentido Fernando no limita la finalidad del filme a una comprensión viable únicamente para el ser nacional, sino que emplea códigos universales del sentimiento, por llamarlo de alguna manera. Por eso las implicaciones espirituales pueden ser indefinibles, de aquí o de allá.La película está conformada por una cruda historia que relata la difícil vida de un enfermo (Luis) con limitaciones psicomotoras, donde la “relación” con su familia y otras personas alcanza la categoría de tormentosa. Eso convierte al libreto en una excelente indagación de la condición humana, explorada con tanta escasez en el cine cubano contemporáneo que ya parece una deuda. En declaraciones a la prensa, Pérez aseguró que en dependencia de los resultados de este nuevo empeño, el material será entregado al Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) sin costo alguno, compromiso contraído anteriormente con los productores. Y aunque no me sorprenden siempre actitudes como estas, propias de un cineasta como Fernando, aseguro que la idea refrenda la importancia que este le adjudica a la institución como soporte industrial comunicativo. La pared de las palabras podría significar una ruptura con el resto de su obra, ha dado a entender el autor de Madagascar, pues apostó por una mayor dinamización de la producción fílmica, pero sin sustraerse del contexto cubano, donde la cinta se circunscribe esta vez a un mundo de profesionales, al contrario de otros materiales donde prevalecían como personajes centrales el ciudadano común, el marginado, o los incomprendidos adolescentes. Preñada de una carga emotiva sobrecogedora, la historia también deviene un manejo espectacular de emociones, en la cual Fernando Pérez pone en alto su pericia para regalar un inigualable cine de autor al espectador. Este es el camino que más lo identifica, su poética fílmica que puede ir desde un simple minimalismo a la más metaforizada de las tramas. Ahora el público podría ir preparándose para ver a un Fernando en otra dirección, retando toda su capacidad expresiva, porque si algo hace diferente a La pared de las palabras es la representación de ese diálogo apresado por su protagonista, Luís (Jorge Perugorría). Aquí el personaje está encarnado una sugerente y aleccionadora metáfora, la del hombre prisionero de su cuerpo “inútil”, emocionalmente limitado por una incapacidad física aislante, la cuál viene a ser a su vez la imposibilidad que otros seres humanos tienen para expresar su mundo interior aún en plenitud de sus sentidos. El espectador debe saber de antemano que se trata de una cinta arriesgada pero sumamente personal, en la que su equipo de realización demuestra muchos deseos de hacer y decir, por encima de las limitaciones que implica distanciarse en Cuba de la industria. Sin embargo, esto trae consigo un soplo de frescura, es como el advenimiento de un sentimiento que llega con sutileza e inocula el compromiso con un arte verdadero.
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