LOCOS DE AMOR. LA PASIÓN SEGÚN SAM SHEPARD PDF Imprimir Email
Escrito por Carlos Gámez   

1 Carlos Gmez Locos de amorLa aventura de Locos de amor, el último estreno de Argos Teatro nos lleva hacia un momento intenso de la relación amorosa, donde los miembros que comparten el lazo se autodestruyen, mientras disfrutan el hecho de caer uno por el otro en el abismo que para ellos significa estar enamorados.

El espectáculo, en la cuerda de un teatro de pequeño formato, como nos tiene acostumbrados el grupo, viene del texto original de Sam Shepard, con un antecedente en la escena capitalina de un año aproximadamente. La sala Oswaldo Dragún del complejo Raquel Revuelta, fue el encargado de acoger las funciones de la puesta en escena, con la dirección de Yailín Coppola, para una graduación de estudiantes de la Escuela Nacional de Arte, bajo el título de Full for love.

La puesta despertó la necesidad de descubrir otras formas de ver el amor, lo complejo que puede ser el estado de enamoramiento entre dos personas, y la forma de entrecruzarse los caminos de la vida, sin enterarnos los andantes. Pues bien, aquella obra quizás no estuvo bien lograda, aunque sí provocó la necesidad de preguntarme cuánto de interesante puede ser un amor que no existe permanentemente, sino que aparece, como los cometas, cada cierto tiempo, para dejar una estela de sufrimiento a su paso.

La versión que dirigen Yailín Coppola y Yeandro Tamayo no se aparta del texto lo suficiente, como para crear otra historia. El conflicto es simple: un padre que tiene dos hijos con madres separadas, mantiene dos vidas independientes, los hijos se conocen y se enamoran sin saber que son hermanos. La hija, pasado el tiempo, se cansa de la relación amorosa que le ofrece el hermano, y escapa hacia otra nueva; cuando se encuentra en ella casi plena, el hermano aparece de nuevo para reclamarle su amor.

Con una distribución del espacio diferente a la normal, la escena se representa en una pasarela en medio de los dos espacios diseñados para el público. Una vez que el espectador se encuentra en la sala, su primera impresión son los personajes de Caleb Casas (Eduardo) y Rachel Pastor (María), en un cuarto que reproduce las huellas de una pelea: la ropa en la cama tirada, él en una esquina en posición de molestia y tratando de contener la ira, con una cadena de acciones que lo demuestra.

El espacio es la primera obra, el set en el que se encuentran los espectadores ya no es un espacio frontal y nada más, sino que la puesta llegará hasta cada cual que se precie de una mínima sensibilidad. Con una historia cargada de drama, los directores acuden al espacio como primer catalizador de la psicología humana, luego a las actuaciones para completar el ciclo.

La obra se mantiene en una clave dramática alta que provoca en el público, entre las tensiones normales de la violencia explícita del espectáculo, risas y preguntas expresadas sin el menor pudor. La cercanía obra-espectador borra un poco las fronteras. En una especie de confesión la puesta se realiza introduciendo al público como otro testigo de la relación de los protagonistas.

De tal manera, las actuaciones deben ser un componente imprescindiblemente logrado, si nos preocupa que el texto tenga el efecto de golpe que perseguía el autor. Sin embargo, al pasar un tiempo, nos damos cuenta que estamos en presencia de varios espacios de realización de Eduardo y María. Ellos no mantienen durante sus monólogos la misma certeza de sus escenas unidos, incluso en medio de estos momentos, parecen pautadas temporalmente las intervenciones de los actores, razón que deja a la vista la falta de credibilidad en algunos instantes de la obra. Ejemplo de ello es cuando María al principio le estaba contando de la existencia de otro hombre en su vida. Se inserta en este mismo proceso de incomunicación, la falta de concentración que pueden haber sufrido los actores en la función del viernes 6 de febrero.

El personaje de María es una muchacha que no debe mantener su preocupación por la imagen, por encima de la visión “al descuido” que la caracteriza, sin embargo, por momentos se adueña de la actriz una contención que la aleja del realismo que su partenaire le imprime a la suya. Por su parte, el Viejo (Waldo Franco), ubicado en el centro de la primera fila, tratando de unificar más la relación público-obra, se mueve por varios estados de caracterización durante el espectáculo, impidiendo la posibilidad de hacerse una idea del tipo de persona que puede ser, más allá de los parlamentos que dice. Franco es un actor que pertenece al staff de Argos Teatro, por lo que estamos acostumbrados a verlo en varios roles, mas este personaje parece aún en proceso de construcción. Las maneras en que dice sus bocadillos durante sus apariciones no provocan la visión de una sola personalidad. Puede ser el hombre que reconoce todo lo que cuenta con tristeza, puede ser el desprejuiciado que vuelve sobre su pasado con la idea de narrar algo impersonal, o puede ser el individuo que, hierático, se da cuenta de hechos que han marcado su vida, pero no los reconoce como tales.

Por otra parte el diseño de luces de Manolo Garriga, tan acostumbrado el público a sus aciertos, tiene sus momentos de gloria durante la puesta, pero no cuenta la historia que pudiera, como sucede generalmente en las obras dirigidas por Carlos Celdrán. Al entrar la referencia de los carros en la puesta a través del reflejo de sus luces en las cortinas, y al formar la imagen de una cárcel con los barrotes que se forman por la estructura de la cortina, es uno de esos instantes. Mientras que el diseño escenográfico mantiene la idea de una casa sin puentes geográficos discernibles y nos provoca al principio ese pentagrama claro de sufrimiento de la pareja, al transcurrir la puesta nos percatamos que hay elementos que parecen acomodados “al descuido”, e interrumpen la lectura posible del desgaste y crueldad que se pudo haber tenido. Sin embargo, por otro lado, la idea de ubicar el espejo frente a la puerta de entrada a la casa, con la cama en el medio de estos extremos, posibilita a los actores jugar con sus reflejos, imágenes y composiciones que extienden subtextos al público, y que se agradecen.

La puesta Locos de amor, del grupo Argos Teatro, viene a representar una faceta diferente del colectivo, desde el mismo instante en que no es dirigida por Celdrán, sino asesorada por éste. El texto de Sam Shepard trae una serie de referentes temporales que desbordan la puesta de un trabajo psicológico que pudo haberse logrado de mejor manera si la banda sonora hubiera jugado el papel de contrapartida que debió junto al diseño de luces; mas con la ubicación del público al pie de los actores, este efecto no se pierde completamente. Todavía hay personas que se van de la sala sobrecogidos por el impacto de la historia.

El amor es una temática que nos puede parecer inocente al mirarla con los ojos de quienes la escriben desde tales códigos, pero no debemos olvidar que las mejores historias se han escrito sobre la base de estos presupuestos. La temporada anual de estrenos en La Habana nos enseña un gran abanico, del cual sobresale Locos de amor. Pienso merece la pena llegar hasta Ayestarán 358 para descubrir cómo en la sede de Argos Teatro se estrenan nuevos directores, regresan actores al panorama nacional, y nos cuentan una historia intensa con particulares maneras de ver la pasión amorosa.      

 

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