No. 38,
noviembre del 2003
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NARRATIVA
LOS ANORMALES SON INVISIBLES
Jesús Candelario Alvarado

Oro Baba, Santiago Rodríguez OlazábalFRAGMENTO DE FAMILIA

Nadie pregunta por las ventanas que desaparecen. Ayer quise acordarme de mirar al patio y encontré sólo la pared. Pienso que puede ser peligroso si las puertas, tan parecidas a las ventanas, corren la misma suerte. Nadie pregunta por las cosas que desaparecen.
Abuelo es el culpable. Bajo su camisa se dibujan ángulos que acusan el robo de las ventanas. Seguro las abre cuando en el baño desafina esas canciones que me hacen reír. Por eso entra y sale vestido: algo ocultaba. Nadie pregunta: es el respeto. Pero fijándose bien, papá también esconde ventanas bajo su ropa, y fijándose un poco más se descubre a mamá con idénticas líneas tras la blusa.
¿No traeré yo una ventana bajo mi camisa? Pero no se ocupan más que de robarlas para ellos y alimentarme. ¿A qué hora comerán, tan ocupados en robar ventanas y alimentarme?
Hoy el abuelo parece que vio algo triste por su ventana. Cuando salía del baño lloraba. Le decían, papá y mamá, que todo esto tiene que pasar, que no puede ser eterno. Y yo, sin una ventana.
Esta noche voy a robarme una para ver que pasa. Las puertas son demasiado grandes. Me siento débil. No tengo ganas de ver siempre lo mismo.

A BARKING GOD SELDOM BITES

El perro muerde porque le tiene un miedo feroz a la mordida. Tiene las patas hechas para huir de su contrario. Las orejas no descansan en su función de aviso, y los ojos fallan cuando el perro es tan viejo que ya no le interesa si vienen a comérselo o a pasarle la mano. Su cola es la oposición del alambre metálico y se mueve sin caerse para demostrar que no todo lo que se tambalea termina cayéndose. Ejemplo doméstico del miedo que puede ser utilizado para cuidar el miedo, el perro cruza nuestras casas, patios y portales, dueño de nada y responsable de todo, como buen militante de un partido que no te explica el partido que debes tomar, pero te hace pagar por el partido que has tomado. Sus colmillos son la única fuente de respeto que anuncian todo el ruido que ladra en la palabra perro, y sin embargo en sus colmillos brilla la blanca pureza del plagio a los felinos. El perro es un animal tan animal que se parece a ciertos hombres que también se parecen a los perros. Gracias a dios, la rabia no es un invento de los perros. Gracias a dios la vacuna antirrábica no es un invento de los perros. Gracias a dios, los hombres no son un invento de los perros. Pero es un bueno saber que todo es gracias a dios. Sería muy bueno estar seguros de que los dioses no son un invento de los hombres o los perros.

CAÍDA DEL FUTURO EN EL PORTAL.

El aire trae cadáveres al patio. Niña amontona hileras de ellos que las hormigas van desbaratando y abuela se queja cuando las ropas amenazan mojarse con la sangre que pudiera llover. Hay un olor plomizo escurriéndose por los pulmones que nos hace vivir con lentitud. Mañana pienso viajar al comedor, pero es preciso levantarse y no había pensado cuán preciso es. Aquí, sólo un cadáver puede ser arrastrado por el viento.
En el portal hay una oscuridad que tiene siglos. La noche se mece como un jardín. Su perfume viene en los rayos de tinieblas, que asaltan la luz. Nos queda un recuerdo de la claridad. Así cruzamos por esta casa: tocándonos para saber que no somos la sombra. Quizás el aire también trae cadáveres al portal. Allí nadie se queja de tropezar con ellos. Nadie los amontona. Pero nadie quiere abrir la puerta que se mece al compás de la oscuridad. Si miras por los agujeros no es como en el patio a donde el aire trae cadáveres.
En el portal no hay horizontes: los cadáveres no tienen horizontes.

VENTAJAS DE NO SER UN PEZ.

Tú lanzas una piedra al río. La piedra no sabe que haces con ella lo peor que le puede pasar a una piedra. Vuela y cae. En el río hay un pez que poco tiene que ver con las piedras. Quiere asomarse el pez. Va a asomarse el pez. La piedra hacia el pez que viene con su nariz de pez a romper la superficie. La piedra no puede volver y lo golpea. Y lo mata. Tú lanzas una piedra que mata a un pez y te vuelves y te vas. Y no pasa algo. Ni siquiera lo peor que le puede pasar a una piedra.

PARALELISMO DE UNA ABERRACIÓN JUSTIFICADA.

Es una casa dividida por una pared. Dos hombres solos viven en ella. No se conocen. No saben siquiera que son dos hombres solos. Están tan metidos dentro de sus soledades que no les importa preocuparse por alguien.
En la pared hay un hueco que los solitarios no han descubierto. Quienes habitaban esta casa, lo disimularon con dos cuadros que se dieron las espaldas: el orificio quedó atrapado. Allí están los cuadros. Sus dueños no querían descubrir el defecto de la pared e hicieron como si lo olvidaran. Dejaron los cuadros. Los hombres solos no tienen alegría para mirar donde hay un cuadro. Los ven, y es todo. El hueco sigue oculto entre los dos cuadros.
Si la pared no existiera, los hombres quizás no harían siempre las mismas cosas. Hay una simetría mágica entre ellos. La pared es como una línea trazada para moverlos sin la más mínima diferencia en lo que hacen. Pero está la pared y no pueden verse.
¿Será para curiosear la vida de ese otro que buscan un agujero?
No es cierto. Estos hombres quieren ver a la mujer de ese otro. Cada uno siente envidia. Aunque parecen vivir hacia dentro, quieren saltar hacia fuera. Cada uno lleva la mujer imaginada, sus movimientos, su ropa cayendo, el color de la piel. Cada uno tiembla ante la posibilidad de ser un dios que espía a la mujer del otro: para ellos, ver a una mujer que se desnuda es un milagro. Los solitarios van a masturbarse, porque son dos hombres solos. No lo piensan. Pero lo saben. Ahora tienen la posibilidad de una alegría y eso les ayuda a levantar aquellos cuadros. Una hebra de luz se balancea de una habitación a la otra a través del hueco. Los hombres hunden sus ojos en él. Ahora son dos dioses (o dos diablos, no importa) que espían a una mujer que se desnuda. Pero no ven que están mirándose a los ojos. No pueden verse: entre ellos hay una mujer imaginada.

COMIENZO DEL VACÍO.

La mano del policía se mueve con el arma para matar al hombre que acabo de robarme una cadena de oro y no hay dios que me agarre calle arriba con todos los hijos de puta gritando cógelo, ataja, ladrón, y él pisando el ángulo cuarenta y cinco entre la acera y la pared, rumbo al no me cogen, no me pueden coger, esta cadena son los días del mes que me faltan para empezar el mes que viene, viene siempre un mes, viene una mujer con su cadena por fuera, como si no bastara con las joyerías para exhibir, una mujer que no tiene conciencia de cuánto vale una cadena de oro en la vida de quien no tiene más adorno que la churre del cuello. Pero además, compañeros, cuajado e imbuido por los problemas ideológicos acarreados por la caída del campo socialista, compañeros, realmente no tendría que recurrir a tales procederes si, tenida cuenta de la situación actual del país, se dedicara a otras más nobles tareas, compañeros, como el trabajo donde se te pegue algo, el gobierno hace como si te pagara, y tú haces como si trabajaras, siempre inventando, porque la cerca es el único invento para quitarse el grupo de gente que viene creciendo y gritando cógelo, carterista, y tienes ganas de virarte y enseñar la cadena y protestar porque la gente no entiende que unos tienen que buscarse la vida en lo que otros piensan que se buscarían la muerte. Y ya está saltando el muro. Y el policía tiene en su mano el arma que matará al hombre. Y el arma deja entre la gente su ruido de arma. Y al lado de allá del muro hay un vacío que no acabo de bajar desde que siento que ya no siento mi cabeza. Y el hombre va cayendo. El muro es testigo de que no sólo el hombre va cayendo.

PUNTOS SIN VISTA.

Hay una mujer que dice cosas tristes al oído de un muerto. Es extraño, el muerto está riéndose. ¿Qué podrá decírsele para que ría?
Si yo fuera un muerto y una mujer viene a decirme cosas tristes al oído, quisiera reírme. Es que uno siempre recuerda la vez que morirá y sabe cuán difícil se hace la sonrisa. Los cadáveres son gente seria. Te visten como para un viaje más allá del cementerio y luego resulta que es para esconder al hombre.
Si fuera una mujer no diría cosas tristes, pero callando la gente puede pensar que uno también ha muerto (y hasta enterrarlo).
Nadie sabe lo que dice la mujer. ¿Lo sabrá el muerto? Nadie puede estar seguro de si el rostro es la frecuencia de una vida que se pasó en silencio. Hay quien asegura haber oído su risa: me asusta que no haya miedo en quienes así comentan y es raro: ¿cómo saben que eran cosas tristes?
A veces una mujer llora de alegría y dice cosas tristes que dan risa, pero es difícil que un muerto pueda reírse y ser escuchado por unos intrusos que arman y desarman la realidad, sin saber dónde comienza y termina el cuento de una mujer que dice cosas tristes al oído de un muerto. Es normal que el muerto se esté riendo.


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Redacción: Jorge Enrique Rodríguez / Yanet Bello / Andrés Mir
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