No. 39,
diciembre del 2003
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ENSAYO
BUEN O MAL HUMOR EN LOS LIBROS ¿PARA NIÑOS?
Enrique Pérez Díaz

Es muy común que a los autores de los llamados "libros infantiles" (o a quienes nos dedicamos a estudiar las características y evolución de estos) nos suelan pedir recetas de cuáles son aquellos ingredientes ineludibles que deben existir en una buena historia para que se capte el gusto de la infancia. Aunque soy reacio a fórmulas que pretenden acuñar creaciones –pues estimo que cada autor llega a su público por los caminos más inverosímiles, caminos que, en ocasiones, ni él mismo es capaz de develar o intuir y también, que existen tantos públicos como autores diferentes conviven en el mundo de las letras–, pienso que hay determinados rasgos que no pueden faltar en una buena historia: interesante argumento, ritmo trepidante, acertada caracterización de los personajes, descripciones sobrias, plasmación de determinados valores implícitos (y nunca explícitos) y, por supuesto, grandes dosis de esa rara avis que es el buen humor.
El humor es algo consustancial a la infancia y, lejos de ser un enemigo, puede devenir el más poderoso aliado de la literatura y hasta de la propia comprensión lectora. Axioma que lamentablemente no se repite en la infancia misma, pues como entes los niños padecen, al igual que nosotros, de cuanta lacra y furia existe en este mundo imperfecto donde no abunda precisamente el buen humor. Mas, en los libros y usando el humor, uno puede reivindicar a esa infancia ultrajada por pobreza, enfermedades, guerras, malos gobiernos que desgobiernan, calamidades sociales, determinado tipo de maestros y hasta la propia familia que puede ser, en el peor de los casos, la entidad más represiva y traumática con la cual deba convivir un menor en sus primeros pasos por la vida.
Numerosos autores han demostrado a lo largo y ancho de la literatura infantil universal cómo el humor, más que cualquier otro instrumento al servicio del escritor, es el mejor y más poderoso recurso cuando se quiere decir algo ya dicho, pero de manera diferente –quizás más elíptica y menos discursiva, pero a la postre efectiva– para ser aceptado (y/o asumido) por el posible lector.
Autores como Jonathan Swift, Charles Dickens y el humorista por antonomasia, Mark Twain, bien que lo demostraron en sus demoledoras críticas y sátiras a una sociedad donde la infancia era vilmente menospreciada en cualquier orden. Personajes como Tom Sawyer y Huckelberry Finn debieron correr ellos mismos con sus reivindicaciones familiares, escolares y sociales en pos de sobrevivir al apergaminado e imperfecto mundo adulto.
Después de Astrid LIndgren, numerosos escritores han esgrimido el humor como vía de reivindicar a los pequeños.Ya a mediados del siglo XX, Astrid Lindgren, con su revolucionaria, transgresora y a la vez simpática Pippa Mediaslargas, llega demostrando que el humor es el camino más certero para decir las verdades tanto tiempo acalladas por siglos de una tradición prejuiciosa y que se apañó en dominar las caras aspiraciones (y por tanto, aspiraciones lectoras) de la infancia. Después de la renovadora autora sueca –quien bebió en su niñez campestre para trazar el fresco de su mundo perdido y que, sin embargo, logró distanciarse del entorno amado y verlo críticamente en sus virtudes y yerros–, numerosos escritores han esgrimido el humor como vía de reivindicar a los pequeños.
Se podrían citar innumerables nombres entre los cuales hoy descuellan estilos tan divergentes como el de la austriaca Christine Nöstlinger, autora de Konrad, Me importa un Comino el Rey pepino, El Lobo y los siete cabritos, Querido Señor Diablo, entre otros; la germana Gina Ruck Pauquet (Los niños más encantadores del mundo); Michael Ende con sus primeros libros Jim Botón y Lucas el maquinista y Jim Botón y los trece salvajes o el norteamericano Tomi Ungerer (quien además ilustra sus propias historias) con obras como su antológica Los tres bandidos, El sombrero, Trémolo, etc.
Mas, para reforzar la tesis del buen uso del humor, nada mejor que aludir a un humorista ácido y mordaz como quizás no ha habido ni habrá ningún otro: Roald Dahl. Pese a haber fallecido en 1990, este autor inglés sigue siendo publicado y ampliamente traducido y es porque en sus ágiles y divertidas historias consigue llegar a cualquier lector mediante argumentos que se sustentan en una fuerte crítica al mundo adulto en pro de defender los derechos escamoteados a la infancia.
En libros como Las Brujas, Charlie y el ascensor de cristal, Charlie y la fábrica de chocolate, El dedo mágico, La jirafa, el pelícano y el mono, ¡Qué asco de bichos!, Agu Trot, El Superzorro, Mi año, El Vicario que hablaba al revés, El Gran Gigante Bonachón, James y el melocotón gigante, Los cretinos, Danny, campeón del mundo, Matilda, Cuentos en verso para niños perversos, El cocodrilo enorme, La maravillosa medicina de Jorge, y hasta en sus acercamientos biográficos Boy y Volando solo, entre otros, Dahl –quien además fue un afamado guionista en filmes tan simpáticos como Los Gremlins, Los Goonies, etc. y que escribió varios libros para adultos, tan valientes y crudos como los infantiles– arremete sin tapujos contra una moral adocenada y engañosa y de modo sarcástico, cruel y bastante agresivo propone despiadadas soluciones que, para deleite y regocijo de la infancia, siempre dejan malparado al mayor. En sus obras abundan tías malas, brujas de campeonato, vecinos malgeniosos y tarados, ogros devoradores de niños, profesoras histéricas y represivas e infinidad de instituciones abusivas pero, afortunadamente, también son frecuentes animales y niños capaces de crecerse ante el infortunio y responder con valor ante tanto dominio, agresión y maldad gratuitos.
Roald Dahl arremete sin tapujos contra una moral adocenada y engañosa y de modo sarcástico, cruel y bastante agresivo propone despiadadas soluciones que, para deleite y regocijo de la infancia, siempre dejan malparado al mayor.Cada libro de Dahl, además de emular con el anterior en cuanto a sátira descarnada y jocosa, significó en su momento una especie de disparate impecablemente bien escrito y trascendente, y todavía revela las altas dosis de humor (a veces soterrado como el famoso Iceberg de Hemingway) que pueden fluir de historias capaces de representar el mejor paliativo de una infancia difícil y, por supuesto, pretextos para que el lector combata el más tenaz aburrimiento.
Inglaterra ha sido una tierra pródiga, no sólo en buenos y afamados autores para niños, sino en humoristas impenitentes. ¿Cómo olvidar a una Richmal Croptom, creadora de la célebre serie Guillermo Brown, personaje que desde los años 40 del XX, y en más de cincuenta libros, produjo la alegría a montones de niños con aquellas trepidantes historias sobre la convivencia de tan incomprendido y díscolo muchacho? Mediante travesuras irrepetibles, Guillermo refuerza sus incontenibles ansias de autodeterminación y libertad. Sin llegar, por supuesto, al nivel de aquellas, las novelas policíacas de una prolífica Enid Blyton –la autora inglesa más traducida después de Shakespeare y Agatha Christie– dotaba a sus personajes y situaciones de acertadas dosis de humor.
Esta literatura de pandillas urbanas –en la cual siempre hay algo que descubrir, varias mascotas simpáticas como perros que casi hablan, inteligentes monitos y loros capaces de imitar cualquier sonido por descabellado que resulte, amén de constantes meriendas y todo tipo de equívoco en las situaciones descritas–, caló profundamente en los infantes después de la II Guerra Mundial.
Sin embargo, con el cambio dado por el mundo en aquella época, era necesario tratar otros problemas, pero de manera que el lector se sintiera confiado, seguro, en un ámbito que, si no ideal, resultaba al menos placentero con sus finales felices a enrevesadas tramas de misterio y suspenso. Quizá, sin el mismo acierto y popularidad que Blyton, años después estas tramas fueron copiadas por autores anglohablantes como Malcolm Saville y de otros contextos, hasta el punto de convertirse en una moda.
Una española como Montserrat del Amo i Gili, allá por 1960, demostró con su serie de aventuras sobre los Block como el molde se podía adaptar al mundo hispano –aunque con fines más sociales– y la chilena Marcela Paz, en sus historias de Papelucho, refleja un humor muy sudamericano, al pintar la vida cotidiana de un niño citadino en su tierra.
Pese a la dureza de determinadas realidades que se abordan en los libros para la infancia, el humor va, cada vez más, de la mano de cualquier historia. El humor en todas sus gradaciones. Desde el muy imaginativo de una autora finesa como Tove Jansson, creadora de la conocida serie de los troles Mumín –que son ellos mismos unos seres algo locos y humoristas impenitentes que se burlan entre sí–, hasta el que empleaba la holandesa Annie M.G Schmidt en historias tan fantasiosas como Minusa, Uiplalá, Un vikingo en el jardín, Georgina y Bigotines y otras o el de la italiana Bianca Pitzorno en sus historias sobre niñas que se revelan ante lo injusto del mundo (La increíble historia de Lavinia, Clorofila en el cielo azul, La casa en el árbol).
En América, autores argentinos como Graciela Montes, Ema Wolf, Ricardo Mariño o Luis María Pescetti descuellan con una producción que siempre está signada por altas dosis de un humorismo cómplice, que hace guiños al lector adulto, arremete contra temas y motivos que a los libros (y escritores) serios siquiera se les ocurriría abordar y que, a la postre, dejan en el lector un sabor agridulce y el deseo de seguir leyendo más.
Si fugazmente miramos el mundo de la historieta, al instante nos saltan a la vista dos populares héroes de series ilustradas en cuyas aventuras está presente el humor más fino y a veces disparatado. Las Aventuras de Tintín, del belga Hergé y las Aventuras de Asterix, de René Goscinny y Alberto Uderzo. En el caso de Goscinny, hay que recordarle también como el autor –junto a Sempé– de una obra muy gustada en los años sesenta, El pequeño Nicolás, que según algunos críticos es remedada por la española Elvira Lindo en sus seis libros sobre Manolito Gafotas, uno de los más humorísticos bastiones de la infancia madrileña en la actualidad. Manolito, con sólo narrarnos sus percances escolares, hogareños y callejeros nos sume en un mundo cotidiano, que no por ello deja de ser divertido sobre todo por su inocente y aguda mirada crítica, mirada que parece aprobarlo todo al encontrar como normales las poses y hechos más disparatados y convencionales de este mundo. Los seis volúmenes de aventuras (Manolito Gafotas, ¡Pobre Manolito!, Como Molo, Los trapos sucios, Manolito on the road, Yo y el imbécil) luego condensados en Todo Manolito, también se han transmitido por radio y ya van por su segunda adaptación cinematográfica, lo que revela todo un boom de este antihéroe y su pandilla –que integran su pequeño hermano El Imbécil, la Melody Martínez, El orejones, etc– y a quienes les ocurre todo lo peor en el citadino barrio de Carabanchel.
¿Y no es acaso el humor una de las claves secretas que mueven el inusual y acelerado éxito de un personaje como Harry Potter? ¿Además de recurrir a la ya poco novedosa estructura de las pandillas escolares, al suspenso cómplice en las situaciones, al uso de personajes medio míticos–medio reales, medio inventados–medio copiados de las sagas nórdicas, bretonas y germanas más antiguas, no establece la Rowling un constante contrapunto de humor ante cada situación descrita en sus obras? La autora de Harry Potter (y la piedra filosofal, y la cámara secreta, y el prisionero de Askaban, y el Cáliz de fuego y cuantos le sigan...) es una de las más legítimas tributarias de Roald Dahl. En cada conflicto presentado, se da un paralelismo entre los tradicionalmente dispares y mal encontrados universo adulto e infantil. En sus obras la aparente contradicción es entre mundo real VS mundo de la magia. Pero si se mira bien, no hay tal. La lucha de poderes más encarnizada viene entre menores y mayores. Si bien los tíos de Harry representan la hez adulta, tampoco los profesores de Hogwarts quedan muy bien parados en cada libro. Pese a convivir en el mismo entorno, tanto niños normales como magos, deben sufrir siempre de la represión de algún mayor que, con las mejores intenciones del mundo, inútilmente tratará de llevarles por el buen camino sin vacilar en mentirles, guardar silencios cómplices, dictarle medidas incomprensibles y hasta reprimirlos física o verbalmente. Mas, para la felicidad de todos, no siempre los menores están dispuestos a seguir por la vía indicada y es entonces, ante lo disparatado y original de determinadas situaciones, es que surgen el absurdo, la mirada nada cómplice ante lo que se critica, la burla mordaz, la risa, o mejor, la carcajada reivindicativa y espontánea que hace más libres a los niños de la historia y, por supuesto –sobre todo–, a aquellos niños (y quienes nunca dejamos de serlo en el mejor sentido! ) que al leer y disfrutar de la historia llegamos a entender que el humor, más que una ventana emergente –y como acuñara en su obras y sus teorías ese otro humorista grande e impenitente que fue el italiano Gianni Rodari–, es la mejor puerta por la que podemos acceder a la literatura y, por ende, al mundo y a la propia vida.


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Redacción: Jorge Enrique Rodríguez / Yanet Bello / Andrés Mir
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