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ENSAYO
BUEN O MAL HUMOR EN LOS LIBROS ¿PARA NIÑOS?
Enrique Pérez Díaz
Es muy
común que a los autores de los llamados "libros infantiles"
(o a quienes nos dedicamos a estudiar las características
y evolución de estos) nos suelan pedir recetas de
cuáles son aquellos ingredientes ineludibles que deben existir
en una buena historia para que se capte el gusto de la infancia.
Aunque soy reacio a fórmulas que pretenden acuñar creaciones
–pues estimo que cada autor llega a su público por
los caminos más inverosímiles, caminos que, en ocasiones,
ni él mismo es capaz de develar o intuir y también, que
existen tantos públicos como autores diferentes conviven
en el mundo de las letras–, pienso que hay determinados
rasgos que no pueden faltar en una buena historia: interesante
argumento, ritmo trepidante, acertada caracterización de
los personajes, descripciones sobrias, plasmación de determinados
valores implícitos (y nunca explícitos) y, por supuesto,
grandes dosis de esa rara avis que es el buen humor.
El humor es algo consustancial a la infancia y, lejos
de ser un enemigo, puede devenir el más poderoso aliado
de la literatura y hasta de la propia comprensión lectora. Axioma que lamentablemente no se repite en la infancia
misma, pues como entes los niños padecen, al igual que
nosotros, de cuanta lacra y furia existe en este mundo imperfecto
donde no abunda precisamente el buen humor. Mas, en los
libros y usando el humor, uno puede reivindicar a esa infancia
ultrajada por pobreza, enfermedades, guerras, malos gobiernos
que desgobiernan, calamidades sociales, determinado tipo
de maestros y hasta la propia familia que puede ser, en
el peor de los casos, la entidad más represiva y traumática
con la cual deba convivir un menor en sus primeros pasos
por la vida.
Numerosos autores han demostrado a lo largo y ancho de la
literatura infantil universal cómo el humor, más que cualquier
otro instrumento al servicio del escritor, es el mejor y
más poderoso recurso cuando se quiere decir algo ya dicho,
pero de manera diferente –quizás más elíptica y menos
discursiva, pero a la postre efectiva– para ser aceptado
(y/o asumido) por el posible lector.
Autores como Jonathan Swift, Charles Dickens y el humorista
por antonomasia, Mark Twain, bien que lo demostraron en
sus demoledoras críticas y sátiras a una sociedad donde
la infancia era vilmente menospreciada en cualquier orden.
Personajes como Tom Sawyer y Huckelberry Finn debieron correr
ellos mismos con sus reivindicaciones familiares, escolares
y sociales en pos de sobrevivir al apergaminado e imperfecto
mundo adulto.
Ya
a mediados del siglo XX, Astrid Lindgren, con su revolucionaria,
transgresora y a la vez simpática Pippa Mediaslargas, llega
demostrando que el humor es el camino más certero para decir
las verdades tanto tiempo acalladas por siglos de una tradición
prejuiciosa y que se apañó en dominar las caras aspiraciones
(y por tanto, aspiraciones lectoras) de la infancia. Después
de la renovadora autora sueca –quien bebió en su niñez
campestre para trazar el fresco de su mundo perdido y que,
sin embargo, logró distanciarse del entorno amado y verlo
críticamente en sus virtudes y yerros–, numerosos
escritores han esgrimido el humor como vía de reivindicar
a los pequeños.
Se podrían citar innumerables nombres entre los cuales hoy
descuellan estilos tan divergentes como el de la austriaca
Christine Nöstlinger, autora de Konrad, Me importa
un Comino el Rey pepino, El Lobo y los siete cabritos, Querido Señor Diablo, entre otros; la germana Gina
Ruck Pauquet (Los niños más encantadores del mundo);
Michael Ende con sus primeros libros Jim Botón y Lucas
el maquinista y Jim Botón y los trece salvajes o el norteamericano Tomi Ungerer (quien además ilustra sus
propias historias) con obras como su antológica Los tres
bandidos, El sombrero, Trémolo, etc.
Mas, para reforzar la tesis del buen uso del humor, nada
mejor que aludir a un humorista ácido y mordaz como quizás
no ha habido ni habrá ningún otro: Roald Dahl. Pese a haber
fallecido en 1990, este autor inglés sigue siendo publicado
y ampliamente traducido y es porque en sus ágiles y divertidas
historias consigue llegar a cualquier lector mediante argumentos
que se sustentan en una fuerte crítica al mundo adulto en
pro de defender los derechos escamoteados a la infancia.
En libros como Las Brujas, Charlie y el ascensor
de cristal, Charlie y la fábrica de chocolate, El dedo mágico, La jirafa, el pelícano y el mono, ¡Qué asco de bichos!, Agu Trot, El Superzorro, Mi año, El Vicario que hablaba al revés, El
Gran Gigante Bonachón, James y el melocotón gigante, Los cretinos, Danny, campeón del mundo, Matilda, Cuentos en verso para niños perversos, El cocodrilo
enorme, La maravillosa medicina de Jorge, y hasta
en sus acercamientos biográficos Boy y Volando
solo, entre otros, Dahl –quien además fue un afamado
guionista en filmes tan simpáticos como Los Gremlins, Los Goonies, etc. y que escribió varios libros para
adultos, tan valientes y crudos como los infantiles–
arremete sin tapujos contra una moral adocenada y engañosa
y de modo sarcástico, cruel y bastante agresivo propone
despiadadas soluciones que, para deleite y regocijo de la
infancia, siempre dejan malparado al mayor. En sus obras
abundan tías malas, brujas de campeonato, vecinos malgeniosos
y tarados, ogros devoradores de niños, profesoras histéricas
y represivas e infinidad de instituciones abusivas pero,
afortunadamente, también son frecuentes animales y niños
capaces de crecerse ante el infortunio y responder con valor
ante tanto dominio, agresión y maldad gratuitos.
Cada
libro de Dahl, además de emular con el anterior en cuanto
a sátira descarnada y jocosa, significó en su momento una
especie de disparate impecablemente bien escrito y trascendente,
y todavía revela las altas dosis de humor (a veces soterrado
como el famoso Iceberg de Hemingway) que pueden fluir de
historias capaces de representar el mejor paliativo de una
infancia difícil y, por supuesto, pretextos para que el
lector combata el más tenaz aburrimiento.
Inglaterra ha sido una tierra pródiga, no sólo en buenos
y afamados autores para niños, sino en humoristas impenitentes.
¿Cómo olvidar a una Richmal Croptom, creadora de la célebre
serie Guillermo Brown, personaje que desde los años 40 del
XX, y en más de cincuenta libros, produjo la alegría a montones
de niños con aquellas trepidantes historias sobre la convivencia
de tan incomprendido y díscolo muchacho? Mediante travesuras
irrepetibles, Guillermo refuerza sus incontenibles ansias
de autodeterminación y libertad. Sin llegar, por supuesto,
al nivel de aquellas, las novelas policíacas de una prolífica
Enid Blyton –la autora inglesa más traducida después
de Shakespeare y Agatha Christie– dotaba a sus personajes
y situaciones de acertadas dosis de humor.
Esta literatura de pandillas urbanas –en la cual siempre
hay algo que descubrir, varias mascotas simpáticas como
perros que casi hablan, inteligentes monitos y loros capaces
de imitar cualquier sonido por descabellado que resulte,
amén de constantes meriendas y todo tipo de equívoco en
las situaciones descritas–, caló profundamente en
los infantes después de la II Guerra Mundial.
Sin embargo, con el cambio dado por el mundo en aquella
época, era necesario tratar otros problemas, pero de manera
que el lector se sintiera confiado, seguro, en un ámbito
que, si no ideal, resultaba al menos placentero con sus
finales felices a enrevesadas tramas de misterio y suspenso.
Quizá, sin el mismo acierto y popularidad que Blyton, años
después estas tramas fueron copiadas por autores anglohablantes
como Malcolm Saville y de otros contextos, hasta el punto
de convertirse en una moda.
Una española como Montserrat del Amo i Gili, allá por 1960,
demostró con su serie de aventuras sobre los Block como el molde se podía adaptar al mundo hispano –aunque
con fines más sociales– y la chilena Marcela Paz,
en sus historias de Papelucho, refleja un humor muy
sudamericano, al pintar la vida cotidiana de un niño citadino
en su tierra.
Pese a la dureza de determinadas realidades que se abordan
en los libros para la infancia, el humor va, cada vez más,
de la mano de cualquier historia. El humor en todas sus
gradaciones. Desde el muy imaginativo de una autora finesa
como Tove Jansson, creadora de la conocida serie de los
troles Mumín –que son ellos mismos unos seres algo
locos y humoristas impenitentes que se burlan entre sí–,
hasta el que empleaba la holandesa Annie M.G Schmidt en
historias tan fantasiosas como Minusa, Uiplalá, Un vikingo
en el jardín, Georgina y Bigotines y otras o el de la
italiana Bianca Pitzorno en sus historias sobre niñas que
se revelan ante lo injusto del mundo (La increíble historia
de Lavinia, Clorofila en el cielo azul, La
casa en el árbol).
En América, autores argentinos como Graciela Montes, Ema
Wolf, Ricardo Mariño o Luis María Pescetti descuellan con
una producción que siempre está signada por altas dosis
de un humorismo cómplice, que hace guiños al lector adulto,
arremete contra temas y motivos que a los libros (y escritores)
serios siquiera se les ocurriría abordar y que, a la postre,
dejan en el lector un sabor agridulce y el deseo de seguir
leyendo más.
Si fugazmente miramos el mundo de la historieta, al instante
nos saltan a la vista dos populares héroes de series ilustradas
en cuyas aventuras está presente el humor más fino y a veces
disparatado. Las Aventuras de Tintín, del belga Hergé
y las Aventuras de Asterix, de René Goscinny y Alberto Uderzo.
En el caso de Goscinny, hay que recordarle también como
el autor –junto a Sempé– de una obra muy gustada
en los años sesenta, El pequeño Nicolás, que según
algunos críticos es remedada por la española Elvira Lindo
en sus seis libros sobre Manolito Gafotas, uno de los más
humorísticos bastiones de la infancia madrileña en la actualidad.
Manolito, con sólo narrarnos sus percances escolares, hogareños
y callejeros nos sume en un mundo cotidiano, que no por
ello deja de ser divertido sobre todo por su inocente y
aguda mirada crítica, mirada que parece aprobarlo todo al
encontrar como normales las poses y hechos más disparatados
y convencionales de este mundo. Los seis volúmenes de aventuras
(Manolito Gafotas, ¡Pobre Manolito!, Como Molo, Los trapos
sucios, Manolito on the road, Yo y el imbécil) luego
condensados en Todo Manolito, también se han transmitido
por radio y ya van por su segunda adaptación cinematográfica,
lo que revela todo un boom de este antihéroe y su
pandilla –que integran su pequeño hermano El Imbécil,
la Melody Martínez, El orejones, etc– y a quienes
les ocurre todo lo peor en el citadino barrio de Carabanchel.
¿Y no es acaso el humor una de las claves secretas que mueven
el inusual y acelerado éxito de un personaje como Harry
Potter? ¿Además de recurrir a la ya poco novedosa estructura
de las pandillas escolares, al suspenso cómplice en las
situaciones, al uso de personajes medio míticos–medio
reales, medio inventados–medio copiados de las sagas
nórdicas, bretonas y germanas más antiguas, no establece
la Rowling un constante contrapunto de humor ante cada situación
descrita en sus obras? La autora de Harry Potter (y la
piedra filosofal, y la cámara secreta, y el prisionero de
Askaban, y el Cáliz de fuego y cuantos le sigan...)
es una de las más legítimas tributarias de Roald Dahl. En
cada conflicto presentado, se da un paralelismo entre los
tradicionalmente dispares y mal encontrados universo adulto
e infantil. En sus obras la aparente contradicción es entre
mundo real VS mundo de la magia. Pero si se mira bien, no
hay tal. La lucha de poderes más encarnizada viene entre
menores y mayores. Si bien los tíos de Harry representan
la hez adulta, tampoco los profesores de Hogwarts quedan
muy bien parados en cada libro. Pese a convivir en el mismo
entorno, tanto niños normales como magos, deben sufrir siempre
de la represión de algún mayor que, con las mejores intenciones
del mundo, inútilmente tratará de llevarles por el
buen camino sin vacilar en mentirles, guardar silencios
cómplices, dictarle medidas incomprensibles y hasta reprimirlos
física o verbalmente. Mas, para la felicidad de todos, no
siempre los menores están dispuestos a seguir por la vía
indicada y es entonces, ante lo disparatado y original de
determinadas situaciones, es que surgen el absurdo, la mirada
nada cómplice ante lo que se critica, la burla mordaz, la
risa, o mejor, la carcajada reivindicativa y espontánea
que hace más libres a los niños de la historia y, por supuesto
–sobre todo–, a aquellos niños (y quienes nunca
dejamos de serlo en el mejor sentido! ) que al leer y disfrutar
de la historia llegamos a entender que el humor, más que
una ventana emergente –y como acuñara en su obras
y sus teorías ese otro humorista grande e impenitente que
fue el italiano Gianni Rodari–, es la mejor puerta
por la que podemos acceder a la literatura y, por ende,
al mundo y a la propia vida.
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