No. 39,
diciembre del 2003
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NARRATIVA

LA ISLA DE LOS VIEJOS
Teresa Cárdenas Angulo
MIEDOS
Nelson Simón

LA VACA
Olga Marta Pérez

EL PÁJARO DEL AIRE
Omar Felipe Mauri Sierra

LA ISLA DE LOS VIEJOS
Teresa Cárdenas Angulo

a Cristián, de Córdoba.
para Susana y sus tres nietos.

Una vez, Olofi sintió compasión por los ancianos maltratados del mundo y decidió llevarlos consigo.
Para ello, creó una isla mágica, exuberante, con hermosísimos paisajes, lagos transparentes y frondosos árboles frutales, peces, plantas medicinales, días y noches sin frío ni calor excesivo.
"Aquí vivirán en paz –les dijo reuniéndolos–, Mas, si algún día quisieran regresar a lo que fueron, no los detendré", y con un breve gesto, dibujó en el aire un camino de nubes.
–Por este pasaje volverán a sus casas –agregó y subió flotando hasta perderse en el brillo del Sol.
El primer día los viejos estaban aliviados y contentos. Conversaron llenos de alegría, disfrutaron de la abundante comida, pasearon bajo el rumor quedo de los árboles y a la medianoche, cantaron olvidadas melodías de antaño.
Luego, durmieron uno al lado del otro, bajo la luna y los luceros.
Al despertar, descubrieron con agrado que eran totalmente libres. No había obligaciones que cumplir, y podían hablar y hacer lo que deseaban sin miedo.
Y lo mejor: no estorbaban a nadie. Nadie se quejaba de sus pasos lentos, ni se burlaban de sus cabellos escasos ni de sus voces temblorosas.
Eran felices y sólo debían vivir para sí mismos.
Al final del tercer día comenzaron a hablar de los hijos y sus preocupaciones. Rieron imaginando lo mal que les iría sin ellos.
Sin embargo, al quinto día, cuando alguien mencionó a un nieto querido, al instante, todos se cubrieron de recuerdos y sonrisas.
Después que pasaron siete días, Olofi bajó a la isla nuevamente y la encontró vacía.
Adivinando lo sucedido, se dijo:
–Aunque tengan el paraíso, los ancianos siempre preferirán vivir al lado de los suyos –y de un soplido, desapareció la isla.

Pertenece al volumen Cuentos de Olofi, por el que la autora recibió el Premio hermanos Loynaz 2002, de Pinar del Río.

MIEDOS
Nelson Simón

Siete razones tienen los gatos para temerle a las brujas.
Siete miedos distintos.
Siete espantos peludos y erizados.
Siete terrores que les ponen la carne de gallina.
Siete razones para comerse las uñas y maullar desesperadamente cuando una bruja vuela o pasa por su lado:

Que en sus rasantes y alocados vuelos, como las brujazas les encanta andar en viejos tacones que siempre llevan flojos, se les desprenda uno y les caiga en la cabeza, gastando una de sus siete preciosas vidas con un tonto taconfinazo. Que les suelten en pleno hocico una de esas palabrotas oscuras y retorcidas que sólo crecen dentro de las brujas con mal humor. Que los ahoguen con esas espesas nubes de polvo que sueltan sus desconchinfladas y apolilladas escobas. Que los rocen con una de esas verrugas que como moscas crecen en sus narices. Que un día, en sus vuelos de iniciación, se adueñen de la luna y ellos no tengan luna a quien maullar ni luna que regalar a sus coquetas gatas. Que conviertan toda la leche en refresco de gaseosa. Que los tumben del mundo con un escobazo, cuando en las madrugadas barren los muros y techos de las ciudades.

Pero no crean que esta historia es tan simple como parece; porque también siete razones tienen las brujas para temerle a los gatos.
Siete miedos distintos.
Siete espantos desgreñados y erizados.
Siete terrores que les ponen la carne de gallina cuando un gato maúlla o pasa por su lado:

Que de noche, con esos ojos encendidos como linternas, las encandilen y hagan caer de sus escobas. Que sus duros bigotes les hagan cosquillas en la planta de los pies y las desternillen de risa cuando pasan volando pegaditas a los techos. Que de un zarpazo las tumben del mundo. Que las siete vidas de que presumen, sean siete vidas robadas a las brujas. Que se ericen como si llevaran el demonio por dentro. Que sigan creyéndose que la luna es un queso metido en un mar de añil y un día les de por subir a comérsela. Que aunque los tumbes de un escobazo, ellos son de los que siempre caen parados.

Como ven, siete razones tienen los gatos para temerle a las brujas.
Siete miedos.
Siete espantos distintos.
Y si por casualidad se encuentran, ya sea sobre el muro o el techo de una casa, en el copito de un árbol o en la punta de una antena, siete sustos pasa el gato y la bruja siete más.
Como si viera al Diablo, cada uno escapa por su lado sin saber que ha asustado al otro:
él corre y trepa maullando como un Gallingato...
ella, vuela y tiembla maldiciendo como una Brujallina...
porque a ambos se les ponen, las carnes de gallina.

Pertenece al volumen Brujas, hechizos y otros disparates (Ed. Betania, España)

LA VACA
Olga Marta Pérez

En la lejanía, entre la arboleda y la casa, la vaca era tan ajena al verano, como un salvavidas frente a un lago helado. Pero de pronto, con el vibrar de un tren que todavía no se divisaba, la vaca levantó la vista de la hierba que masticaba ceremoniosamente, sacudió la cabeza y con paso contento fue hasta la cerca que colindaba con la línea del ferrocarril.
La vaca miró hacia el Este con un poco de esperanza en su mirada, pero como sólo había sentido el ligero temblor del tren, se dijo: "Todavía es muy pronto para verlo aparecer, así que aún me da tiempo a embellecerme".
Entonces con pasitos de vaca presumida, se dirigió hacia unos coralillos muy florecidos y sin pedir permiso ni tener miedo a las púas de la cerca, la vaca --con verdadero arte-- paseó sus cuernos por los alambres desprendiendo las flores para que adornaran su cabeza.
Después, convencida de que el tren tenía que estar por llegar, se acomodó lo mejor que pudo, en el sitio que estaba más próximo a la línea del ferrocarril.
Cuando el olor a hierro y a petróleo inundó el aire, la vaca se inquietó y se levantó. El silbato del tren hirió el gran silencio del mediodía, tanto que las hojas se estremecieron.
Si en ese momento la vaca no hubiera tenido las mejillas cubiertas de pelo, podría haberse visto su sonrojo.
El tren ya estaba doblando la curva, ahí estaba; y se movía con fuerza. Pero a medida que se acercaba al lugar donde la vaca esperaba, su marcha fue más lenta. De la cabina, el maquinista Gabriel sacó medio cuerpo por la ventanilla, enseñó la mejor de sus sonrisas y saludó a la vaca:
--¡Adiós!
Y la vaca se balanceó a un lado y a otro como llevando un compás, danzando feliz, porque el maquinista Gabriel, había dejado su saludo cordial sobre los coralillos de su cabeza y aquello le pareció el más hermoso y extraordinario mugido de amor.

Este cuento resultó ganador del primer Concurso literario convocado por la Asociación Dálmata de Cuba y la Sección de Literatura Infantil de la UNEAC

HISTORIA DE CÓMO PENÉLOPE Y DOS CABEZAS SURCARON UNA CIUDAD
Alberto Yáñez

La gente dice fácil: "el sol y la luna no son amigos", "el rojo y el verde se odian", "la sal y el azúcar no pueden andar juntos", "el frío desprecia al calor", "el llanto engaña a la risa", "los perros y los gatos"... bueno...
Y no se da cuenta la gente de que el sol y la luna tienen a la tierra en medio de su ronda, están abrazados alrededor de ella, y como son los tres tan gordos, pues al dar la vuelta, solo uno se ve. Y no se da cuenta la gente que casi toda la flora de Cuba es roja y verde.
Y no se da cuenta la gente que el mar de sal y la tierra de azúcar, se besan en cada arrecife. Ni que el frío y el calor, los dos, son parientes, porque los dos te queman, si los dejas. Ni que en el payaso se unen el llanto y la risa.
Ni que en el fondo, perros y gatos son parientes también: cuatro patas, dos orejas, un hocico. Lo que los perros son de tela y los gatos de algodón. Sí, Penélope es de tela, pero con una esponjita por cabeza y el rabito en forma de muelle. Y los gatos son de algodón, como los conejos. Los conejos, ¡qué animales de juguete más lindos!
Nené número dos conoció una vez a un conejo que se llamaba Trébol, que era muy blanco. Lo que un día, Trébol se perdió tras una zanahoria, y no lo vieron más.
Ahora de lo que sí puede estar convencido Nené número dos es que a Penélope la iban a ver por mucho, pero por mucho tiempo.
Ella, como no molestaba con nada, iba a vivir muchos años. A ella nadie le caía mal. Tampoco los gatos, aunque fueran de carne y no de algodón. Por eso tuvo tan buena amistad con dos gatos que un día conoció.
Eran dos gatos muy cabezones. Ellos nacieron en un pueblo que se llama San Antonio de Cabezas. Pero no toda la gente que vive allí es cabezona. El problema es que estos dos gatos, cuando nacieron tenían todas las cosas; el corazón, las tripitas, pero todo en la cabeza. Y allí se les quedaron.
Y era mejor, porque cualquier dolor que tuvieran; de barriga o de lo que fuera, no pasaría de ser más que un simple dolor de cabeza.
O sea, que eran dos cabezas con patas, una era amarilla y la otra negra.
Ellos, como todos los gatos, se llamaban Musuno y Minino, porque los gatos no entienden más que por esos nombres.
Pero Penélope, tan caprichosa, aunque sus amigos no la entendieran, quiso llamarles al amarillo Bolero y al negro Tango. Bolero, el gato amarillo con los ojos negros. Tango, el gato negro con los ojos amarillos.
Penélope, tan negra, y sus dos gatos, uno negro y otro amarillo, parecían los tres una señal del tránsito, pero se llevaban tan bien que era muy lindo ver a Penélope con sus dos cabezas–gato.
Mamá–mamá siempre dice que como Penélope es amiga de los gatos, del sol, de los balcones y de los botones, es por eso que tiene los ojos tan dulces.
Un día, Penélope y sus dos gatos, quisieron viajar por las calles e ir a conocer el Capitolio. Para ello aprovecharon que mamá–cuadra, papá–cuadra y nené número uno y nené número dos cuadra–cuadra, estaban en una reunión del comité, adonde ellos no podían entrar, y como era de noche y no los verían, pues lo decidieron.
Tango y Penélope le tapaban la cabeza amarilla a bolero, para que no lo distinguieran y Tango, a su vez, se tapaba los ojos brillantes y tenía que guiarse por los otros dos. Penélope, como es negra completa, no tenía que taparse nada.
Y así, los tres abrazados, que parecían un aparato oscuro, llegaron a veintitrés y doce. Penélope entró en la cafetería La Pelota a cambiar una peseta que nené–número uno le regaló, para tener medios para la guagua. Contempló la hilera de comiditas ricas y se detuvo en un cartelito.
¡Qué triste se puso al ver al lado del cartel aquellos perros calientes que le hicieron pensar en la triste suerte que corrían algunos de sus parientas! Claro, ella no sabe que los perros calientes ni son perros ni están calientes.
–Tengo hambre –dijo Tango.
–¿Y cómo lo sabes? –dijo Penélope.
–Porque la barriguita la tengo más o menos por este ojo, y ahora el ojo suena.
Penélope miraba, asustada, el ojo amarillo de Tango, y en eso...
–¡ahí viene una guagua que dice Capitolio! –gritó Bolero.
–¿No habrá dos capitolios? –preguntó Tango que nunca había viajado por La Habana.
–No, chico... –comentó Penélope–. El Capitolio es tan grande que no cabe otro igual en la ciudad. Allí van a parar todas las calles y todos los parques.
Y se subieron muy rápido en la guagua, como si de no hacerlo, perdieran la felicidad.
Fue un viaje muy divertido, porque les tocó ir sentados atrás, en lo que llaman "la cocina de la guagua", por lo caliente que va. Por arriba de los asientos salían dos cabezas y una perra, sonrientes, con el aire dándoles en los hocicos y todo el Vedado ante sus ojos. Penélope pensaba al verse allí sentada que pronto sería también un perro caliente, pero bueno, iba a pasear por la ciudad y a fin de cuentas, poco había demorado aquella guagua y, como ella recuerda, papá–refrán dice que "más rápido se coge a un mentiroso que a una guagua" y ella no podía decir lo mismo, ahora.
Las cabezas de Bolero y Tango iban muy tranquilas en sus lugares. Parece que ellas se la pasan pensando todo el día.
–Ocho, seis, cuatro, dos... ¡ay, estas calles son locas! –gritó Tanto–. Están al revés y faltan números o yo estoy mal de la cabeza, o sea, del cuerpo entero.
–A, B, C, D –gritó Bolero cuando miró hacia fuera–. Yo creo que tienes mala la cabeza, sí, porque ni son números ni están al revés. Son letras y están al derecho.
–Ya pasaron, ya pasaron los números... ¡Es que esta guagua vuela!
Penélope se sentía importante dentro de una guagua–ave, el último invento.
Entraron en La Habana.
–¡Ay, que calles más estrechas, no nos caben las dos cabezas juntas! –gritaron a coro los dos gatos.
Penélope los miraba y los miraba y solo se daba cuenta que eran gatos por los bigotes, porque eran tan extraños gatos.
–Belascoaín, Galiano, Concordia,
Virtudes, Gervasio y Escobar.
Si tuviera que aprenderme estos nombres,
me perdería, sin duda, en la ciudad.
–dijo Bolero.
–¿Y cuál preferirías de nombre? –le preguntó Penélope.
–Merluza, por ejemplo.
–Ay, Tango, y cuando tuvieras que dar la dirección a alguien, que feo sería decir:
Yo vivo en Merluza, en el número siete,
en la décima esquina, apartamento nueve,
entre Escama y Anzuelo, reparto Biajaca,
Municipio Playa y ahí tiene tu casa.
–No, no, no sería tan feo, pero yo preferiría –dijo Bolero– mi calle llamada Ratón.
–Ah, uno con Merluza y el otro con Ratón. La Habana sería un zoológico por pisos. No podríamos entrar. Estaría prohibida.
–¿Y por qué estaría prohibida para nosotros?
–Ah, porque no habría colores ni papalotes. Ni globos ni moralejas.
–¡Ahhhhh!
Y Bolero comenzó a mirar la ciudad, a buscar una moraleja y un globo pero no los hallaba. Al fin vio un papalote muy lejos, y se le llenó la mañana de fiesta, porque no estaría entonces la ciudad prohibida para ellos.
De pronto apareció el Capitolio, gigantesco con su techo de melón y sus jardines que casi son ellos toda La Habana.
Se bajaron aquellas dos cabezas y empezaron a correr y a correr y Penélope no los podía llamar porque le daba vergüenza ponerse a gritar: ¡Bolero! ¡Tango! Nombres tan raros, la gente o empezaría a bailar o le dejarían la acera y cruzarían, aterrados, hacia enfrente.
–¡Mira otro Capitolio!
–No chico, ése es el cine, ¡cállate la cabeza!
–¡Qué miedo me dan esos hombres tan grandes!
–Son estatuas, Bolero, y ya no se mueven. Hasta un día caminaban y hablaban como tú y como yo, pero una vez se detuvieron y desde entonces son de bronce.
–¡Qué escaleras más largas!
Y subieron todos aquellas escaleras como si por ellas pretendieran llegar a los arco iris.
–¡Ay, soy la cabeza de toda La Habana! –gritó Bolero amarillo–. Puedo ver el mar, el cielo, el Morro, la torre que echa candela en el puerto... toda la ciudad. Si hay cabezas de mar, ¡yo soy cabeza de ciudad!
Tango negro sollozó:
–¡Ay, a mí me da mareos esta altura. Ahora recuerdo lo que nos decía Mamá Arandela (que Mamá Arandela era la gata–cabeza–madre), cuando nos fuimos del sombrero–cuna. ¡Que no nos asomáramos en lugares muy altos, que la cabeza pesa más que el cuerpo, y como nosotros somos cabeza nada más, pues nos estaríamos cayendo siempre!
–Ay, Tango, tu siempre con tus llantos, yo voy a correr, a correr... –y Bolero se perdió por entre las columnas del Capitolio con su mala cabeza, seguido de cerca por Tango que corría dando cabezazos, mientras Penélope intentaba en sus cuatro patas tirarse por la rampita que hay a los lados de la escalera.
Bueno, allí pasaron muchas cosas, imagínense, dos gatos y una perra, y los tres locos... pero ya va siendo hora de que cerremos el libro, así que, sólo les diré, que un día cuando fueron a estudiar Albahaca y Picuala a la casa de nené–número dos, llegaron las cabezas Bolero y Tango para bailar con Penélope y el encuentro fue tan alegre que todos se fueron juntos y desde entonces están bailando, pero claro, bailando al revés.

Tomado de Cuentan que Penélope.

EL PÁJARO DEL AIRE
Omar Felipe Mauri Sierra

Vivía en una jaula muy bien construida, por cierto, el pájaro del aire. No se trataba de un ave invisible. Era simplemente de aire. Allí estaban sus alas ventosas alborotando el polvo y las ramas; su cuerpo con destellos de vapor y luz era perfectamente visible, y su pico, cristal puro, un pico de hermosura transparente jamás vista.
Pero lo verdaderamente bello era su canto. Unas veces el pájaro cantaba brisas de mar y montaña, otras un murmullo de hojas secas que reposaba el corazón, y en otras la furia del huracán.
Un día sucedió algo muy extraño: el pájaro hizo un enorme silencio, silencio como de ahogado. El hombre se preocupó y corrió a la jaula por saber si el pájaro se había escapado. Sin embargo, al comprobar la seguridad de la jaula, sintió un relámpago de felicidad, sólo un relámpago. Su pájaro estaba allí, pero tan callado como una piedra.
Le sirvió su comida favorita y agua de colores, removió la jaula...
–¿Qué te pasa? –llegó a preguntarle.
De repente, y sin más razón, el ave abrió su pico transparente y comenzó de nuevo a cantar. Pero tan extraño, que era para alarmarse.
Esta vez su canto no era murmullo de espuma y sal, ni danza de palmeras ni soplo de caracol, ni siquiera brisas de una calle de ciudad antigua. El canto le pareció sospechoso. Era la voz de un tubo de cristal, el soplo de un túnel.
El hombre corrió a buscar a un veterinario-meteorólogo. Temía perder a su maravillosa presa.
Al regresar, ya no encontró al ave.
El pájaro se había fugado a través de su canto.

Pertenece al volumen inédito Pocogato y otros muchos


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