No. 42, mayo-junio del 2004
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NARRATIVA
EL RIESGO
Abel González Melo

Ilustración: Hanna G. ChomenkoMarcos comienza a degustar la censura, pero ante todo él es un hombre, como dice su tío, y por eso no sufre. Mientras en casa la tía cocina hojuelas, él escribe cuentos. Historias regulares de su vida diaria. Espejos de la extraña danza que teje con sus amigos. No es bello y se refugia en el papel para expresar la fealdad que lo consume y apenas le deja unos segundos cada tarde para copiar. Copiar solamente: sabe que esas líneas estuvieron asidas a otras manos años antes, y aquellos dedos las defendieron como los suyos jamás podrían, y eso lo complace. Traer al hoy los estigmas del ayer con pasmosa ingenuidad. Apañar lo inapañable, eludir citando, hablar durmiendo y desde un ángulo inseguro.
Con uno de sus cuentos Marcos recibe algo: un premio, dicen algunos; otros, que un regaño. Él sonríe y lleva su galardón a cuestas, de parte a parte de la ciudad, lo expone en los museos, lo fotografía para las revistas, lo divulga con orgullo y narra la historia a sus amigos. El mejor amigo de Marcos le regala un búcaro magenta y su tía, un beso. El mejor amigo también le regala un beso. Uno y otro significan cosas distintas para el muchacho: se alegra tanto de recibirlos, que lo grita en medio de la calle. No es bueno que Marcos grite tan alto en medio de la calle, le advierten, y menos aún que proclame su dicha. Pero él es sordo para esas voces y las desoye. Hay voces que no se desoyen: sin embargo, en su orfandad, en su extrema juventud, Marcos tiene muchas ausencias vitales y entre ellas la experiencia.
El premio que obtuvo Marcos consiste en la publicación del cuento en cierta colección. Coleccionar cuentos es una labor que agrada al gobierno, por lo que él aguarda pacientemente la cita con el editor. Mas no llega y Marcos espera. Uno de sus amigos lo conmina a personarse en la Casa del Libro y a preguntar el porqué de la demora y el silencio.
El director de la Casa lo atiende. A ese hombre no le gusta para nada la historia, y en un rapto de furor le pide decencia para los personajes. Pero mis personajes son decentes, piensa él, asustado, y no quiere cambiarlos. La voz del director no se apacigua. Esos sujetos son como yo mismo, aclara Marcos, figuras de las penumbras que no me permiten un segundo de sosiego. El otro no entiende ni una palabra del lenguaje finísimo y elegante con que se expresa el muchacho, y le confiesa claramente que no se publica el libro porque, más allá de las indecencias, no le agradan a él los amigos de Marcos, ni los gestos que hacen a oscuras en los bosques próximos, que esos bosques son patrimonio de la ciudad, espacios de acceso prohibido y necesaria veneración. El chico promete al director llevarlo un día a ese lugar. Y lo lleva. Allí le narra algo similar --siempre menos divertido, el director no es muy buen amigo que digamos-- a lo entregado para el concurso. Él sabe que su cuento vale más que un monótono paseo por los bosques y se esmera en convertir esa en una velada mágica. Tiene una esperanza: tal vez aparezca pronto la publicación. Pero no ocurre así. El nombre del director es Sr. Leory, y Marcos lo ha tachado de su lista. Queda un largo tramo de papel en blanco en la imaginación del chico, ya sin palabras.
Fugazmente, casi por azar, se va Marcos a la presidencia de la sociedad que otorgó el premio. El presidente es un hombre hermoso, comentará tiempo después en otra de sus historias, rubio, de ojos claros, una vez más de ojos claros como el efebo de la ensoñación. Se llama Sr. Zajor y ese nombre le gusta. Al presidente también le gusta Marcos pero no su cuento: es tan malo, tan malo, tan malo, que no merece publicarse. Pero hay soluciones para el problema. Se siente comprometido con el muchacho y le propone que escriba otro libro y se lo entregue. A Marcos no le parece bien, ni ético con el jurado. Él es tan ético... Otra solución: publicar el cuento en otro espacio. ¿En otro país?, se asombra el chico. No, no, en otro país nunca, contesta el presidente, no lo creería legal. Él es tan legal...
Tras una larga jornada de charlas, deciden dormir juntos. Marcos sabe que su cuento vale más que un sueño en compañía del presidente o la satisfacción por unas horas del cuerpo hermoso, y acepta de buena gana: a él también le gusta el Sr. Zajor, mas lo que ansía es resolver el problema. Recibe, entonces, unos cuantos golpes, y los disfruta pues vienen del presidente. El presidente golpea bien y acompaña con gotas blancas y oleaginosas las vibraciones de su látigo. Marcos, amante de los látigos, no percibe que entre golpe y golpe la grasa hace aflorar en su rostro ciertas franjas ambarinas, como una telaraña púrpura o un ovillo de sangre. El chico ama la sangre porque con ella borda los cuentos y los narra a sus amigos. Y no se preocupa. Al contrario: espera el pago. Han sudado mucho y hace calor. Sr. Zajor se viste deprisa y se excusa en la madrugada y Marcos se marcha apesadumbrado tras tacharlo de su lista. O lo tacha a medias: en realidad el presidente ha sido mejor amigo que el director, al menos más divertido.
No obstante, como no es el simple aburrimiento lo que a Marcos duele sino el hastío, el cansancio ante lo vano del intento, reconoce con pena la pérdida del día anterior, dibujada sobre la línea incandescente con que el sol anuncia el amanecer. A duras penas llega a casa. Tía y tío desayunan en la oscuridad. Te has arriesgado mucho, Marcos, ¿por qué anduviste anoche y antenoche fuera de casa?, preguntan inquietos y sin observarle el rostro marcado: no sabíamos dónde buscarte, ¿qué tal tu cuento?
Marcos descubre anonadado las tazas de té. Y las hojuelas que nadan sobre el mantel, testigos de sus paseos nocturnos por los bosques, a veces diarios según la necesidad de narrar, a veces esporádicos según el temor a ser impuro como la galaxia. Él ama la galaxia y todo lo relativo a la levedad. Ser etéreo es la sublimación en Marcos, que recuerda cómo las hojuelas inundan sus bolsillos y lo acompañan al lago para repartirse entre sus amigos, para que el chico no regrese triste y seco de sus recorridos, sino húmedo y feliz.
Marcos entra a su cuarto pensando en el riesgo, el riesgo enorme al cual sus tíos hicieron alusión: dos noches fuera de casa. Si al menos hubieran servido para algo, si en vez del director y el presidente hubiese hallado a otros responsables menos interesados en amarme, escribe el muchacho en su nuevo cuento. Observa el papel: nunca como el otro, jamás podré desgarrarme tanto. Y siente que tal vez se ha desgarrado más en esas dos noches que en el cuento mismo, y los tíos tienen razón en preocuparse aunque siempre desayunen o den consejos o cocinen hojuelas, y los quiere muchos porque ellos no lo abandonaron a la muerte de sus padres y él no puede ya dejarlos. Sabe que también sufren por el libro que no se publica: ella más, él menos, él no cree lo que las páginas relatan, ella sí, ella es la buena tía y lo ha educado con esmero, ella atiende a Marcos tanto como a su esposo aunque al esposo hay que atenderlo más porque si no se escabulle, ella no lo sabe pero lo presiente, presiente que se escabulle, él es un buen tío pero no le basta con ella, él es tan buen hombre como ella buena mujer, él ama a Marcos tanto como ella o más que ella, él se escurre a medianoche y como ama tanto a Marcos lo lleva consigo.
Adormilado, sobre la cama, envuelto como un ovillo blanco más grande que el ovillo púrpura que es su rostro, por los hilillos acurrucados y delatores del riesgo nocturnal, Marcos atestigua el hilván de nociones que su mente teje. Al cavilar, deduce el nombre de su mejor amigo: Fernando, como el de su tío, y recuerda que espera a Fernando para cenar pero él no llegará, acaso sean la misma persona Fernando y su tío, Fernando y su mejor amigo, su mejor amigo y su tío. Acaso.
Entorna los párpados: siempre quiso que un tío y un amigo lo defendieran, más aún en una situación así, sobre todo en una situación así. El búcaro magenta yace sobre la coqueta como un amuleto. Marcos nunca ha tenido amuletos ni los ha pretendido, aunque tal vez sí pero Fernando no se los regaló sino al final del bachillerato. ¿De qué me sirve un amuleto sin tío?, murmura el muchacho, y se duerme.
Como una crisálida enfermiza o un gamo lucífugo, Marcos despierta al caer la noche. ¿Será demasiado osado acudir al senador?, le sobreviene la duda mientras se despereza. Intuye que no y sale a la calle.
El senador se llama como yo, o se llamó como yo y ya no es así, piensa ante la puerta del palacete y toca, tal vez por eso corra con él mejor suerte. Un joven encopetado acude y Marcos le explica. El joven desaparece en los largos corredores: este ha de ser el mejor amigo del senador, supone quizá con ingenuidad, y se reclina en una butaca para aguardar cómodo. La espera no es larga. El senador responde solícito a la visita de Marcos y, cual si fueran antiguos conocidos, lo invita a recostarse sobre la chaise-longue que decora el ángulo más claro del vestíbulo. Hay posiciones que se evitan, sobre todo estas horizontales en algún mueble del palacete senatorial, pero Marcos es tan inexperto que no se percata de lo irrespetuoso que puede resultar, y ni siquiera imagina qué dirían sus tíos de este cuadro: el senador en éxtasis contemplativo ante la silueta candorosa de Marcos, Marcos tendido y tenso. El senador, algo nervioso también, ordena traigan dos gaseosas.
Sí, lo sé todo, te ayudaré, habla el hombre mientras el chico sonríe: ahora no me confundí, ahora estoy en lo cierto, este senador dice la verdad. El cuento es hermoso, reconoce él, tiene incluso muy buenos personajes, me encantaría ser uno de tus personajes. Marcos asiente, cómo no, y promete un espacio dentro de sus narraciones para este senador que lo ayuda, y hasta pudiera prestarle a ratos algún texto... Y Marcos bebe gaseosa y el senador también, él está seguro de que su cuento es útil al gobierno, será publicado en la colección prometida, saldrá a la luz al fin y como si nada. La gaseosa es casi una fantasía en los labios de Marcos, que contempla en la lejanía al criado encopetado que se desviste, y junto a él, al senador que también se desviste.
Se le ocurre por azar que el país es puro goce y su corazón refleja ese placer ilimitado en tantos relatos y por eso los relatos sirven. Marcos también sirve. El hombre y el joven encopetado le sirven más gaseosa: para cantarle, delira el chico, para contarle una historia de algún próximo libro, una historia de ráfagas y turbulencias. Hay líquidos que no se aceptan: la gaseosa del senador puede hacer a Marcos olvidar, pero él no lo sabe porque es joven y huérfano y no más ha bebido té y comido hojuelas en su vida.
La medianoche los seduce a los tres en un abismo de pensamientos raros. Lo más raro del pensamiento de Marcos es la blancura aforme que penetra sus pupilas y lo emborracha. Un cuento, sí, y otro y otro extraído de cada vivencia. Las vivencias son buenas para los cuentos, había aseverado una vez Fernando en los paseos por el bosque, cuando Marcos y él se perdían en una nebulosa. Yo amo a mi tío, yo sí lo amo y mañana regresaré a casa para pedirle que me libere y enfrente al director y al presidente de la rara sociedad y al senador comprometido. Él es mi mejor amigo y lo hará, me ayudará contra ellos. No conocerá nunca el compromiso de aceptar las seducciones fugaces y por eso lo hará.
Casi en la forma de una hojuela, Marcos descansa. Duermen el senador y el joven encopetado. En medio de su nostalgia, el chico ansía la llegada de la aurora, y supone imposible el advenimiento del nuevo día e imposible el reencuentro con sus tíos. Tal vez la luz no vuelva. Pero Marcos comprende que su cuento vale más que el cuerpo desvencijado y pegajoso y sabe que por esa única razón se ha arriesgado tanto y ha perdido tanta luz. El riesgo es necesario, susurra mientras se espanta, pero no llora: él es ante todo un hombre, como dice Fernando. Para escapar de la melancolía del tiempo en que era bueno, Marcos atisba la oscuridad a través de un cristal. No la aurora. Nunca la aurora. Aguarda, pero no la ve. El infinito pertenece a las estrellas: todo es estrellas. Y en la más lejana, del otro lado de la certidumbre, acaso por miedo, Marcos es por fin etéreo.


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Redacción: Jorge Enrique Rodríguez / Yanet Bello / Andrés Mir
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