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NARRATIVA
LA MISMA PUERTA
Demis Menéndez Sánchez
A Jennie,
que siempre vuelve, vuelve y vuelve
Despierta. El tintineo de las gotas de lluvia en la ventana hace que vuelva a cerrar los ojos. Cuando los días amanecen así, es mejor quedarse en casa y aprovecharlos para sacar las plantas a pasear; leer el último artículo de Vargas Llosa aparecido en Internet, difícil de conseguir en tu isla, en tu pequeño salvavidas de tierra y palmas y costas a la deriva. Llamar a H, abrir los ojos, cualquier otro asunto que puedas resolver dentro de tus paredes. Respira el frío que ahora se desliza entre las imperfecciones de los marcos de aluminio y estornuda. Vuelve a cerrar los ojos. Adentro, solo al principio, todo está oscuro. Luego aparecen manchas de gris y azul claro, formando figuras difusas en la pared interior de sus párpados como si fueran sombras chinescas. Esas imágenes activan recuerdos, pero tú prefieres no evocar pensamientos tristes, mucho menos si se trata de los últimos cinco meses.
Así que conserva, si se puede decir así, el control de las visualizaciones: una playa en una isla de los Jardines del Rey, sin guardacostas o patrullas antidrogas; un té en el segundo nivel de la Torre Eiffel conversando en alemán con un amigo holandés o una sesión de humos en casa de Mónica con los otros del grupo, sin hablar de política, literatura o magia. Sonríes adentro. Aunque todo es posible, el último de los deseos es el más difícil de lograr. La conversación, la mayoría de las veces, la rematan con alguna invitación orgiástica, analizada y discutida. Resultado de la votación: dos a favor, dos en contra, cinco abstenciones. Siempre es igual.
Abre los ojos. La lluvia se ha detenido y comienzas a pensar que hoy puede ser un día muy largo y pesado. De esos de llegar tarde a todos lados, te encuentras a Silvia o a Román, los policías terminan pidiéndote identificación en cada esquina, la leche cortada, la pizza sin queso, los zapatos rotos, libros extraviados en un parque y miles de incidentes atentando contra un día común. Se dispone a saltar de la cama cuando descubre el mensaje en la pantalla del ordenador "Esto es un sueño" y se detiene. A veces es imposible violar las reglas, aunque solo sean límites auto impuestos. Enfoca las letras rojas que cambian de profundidad. Se mueven por todos los ángulos. Las letras verdes sin órbita determinada se van y desaparecen en el centro, las letras amarillas, violetas, anaranjadas y las negras de pinta dark blue. Busca a su alrededor para comprobar que no le han cambiado la habitación y cuenta las fotografías en la pared, la discman, los collares de semillas de Galápagos, Lolita de Vladimir Nabokov, el cuaderno de apuntes de los viajes al interior y la colección de las National Geography, regalo de Humberto antes de irse a vivir a las montañas de occidente.
Se pone de pie y al hacerlo pierde el equilibrio un instante. Escucha el claxon de algún auto en la calle y por primera vez se alegra de sentir conexiones con el exterior, con la ciudad descascarada y moribunda que siempre te traga al mediodía. Siempre has pensado que quienes diseñaron tu ciudad se imaginaron que les iba a caer la bomba atómica sobre sus cabezas o que los hippies terminarían por invadir el mundo con sus ideales y Lucía en el cielo con los diamantes. Sonríe. Da varios pasos hasta llegar a la otra ventana, lástima que tus cristales estén pintorreteados y que el barrio no se te cuele en el cuarto y derrumbe lo que sobrevivió del espejo, lo que dejaste colgando en las telarañas, reserva de comida para la próxima temporada de invierno y las máscaras de noche, las de pedir limosnas, las de enfrentar el sueño, la página en blanco, las de esquivar el morbo. Raya el nombre de H en la fina capa de pintura. Hace muchísimo tiempo no intercambia saludos con sus amistades de infancia, ni con las plantas sembradas hace diez años ni con los de su cuadra que a estas alturas, de seguro, la ignoran.
Desde hace rato es alguien que se desliza lentamente por las aceras de sol "Esto es un sueño" y se escurre de los pensamientos triviales de la infancia 94.9 FM y psicodélicos químicos y biológicos sin límites controlables perder la conciencia durante el tiempo que tu madre está de viaje por los Países Bajos y los Altos y construirte un alter ego hedonista y egocéntrico y comer comer comer los hongos sagrados que crecen en los valles de tu isla salvavidas que yace a la deriva en un constante ven para aquí y para allá de tus amigos sentados en círculo para ver cómo se resuelve el problema del control policial y de los incisos A B C D los más de veinte mil artículos de la Constitución que no le agradan a ti ni a nadie que desea la libertad pero esto es un sueño desagradable, de esos de no seguir de no dormir despertar y saltar de la cama "Esto es un sueño" ventanas selladas de pintura contra la ciudad que pugna por colarse en la fiesta de tu cabeza loca pensar pensar pensar esto puede no tener final feliz o infeliz o final.
Se sopla la nariz y los restos que cuelgan entre el índice y el pulgar quedan en la cortina. Algunas veces es mejor echar a perder algunos objetos triviales a hacerse un trasplante de órganos o piel y eso lo sabes. Mira la pizarra de notas: recuerdos de los últimos conciertos que llegaste en el último minuto, las credenciales falsas del Festival de Cine, direcciones electrónicas de varios sitios web sobre esoterismo y magia blanca, el teléfono de H.
Camina de espalda, el recorrido de vuelta lo conoce de memoria. Se acerca temblando a la puerta. Ignora que esa misma puerta que no le permitirá salir se conecta del otro lado con el pasillo, con la cocina destruida y platos sin esmalte de tanto tintinear de gotas del techo y el baño sucio, de losas discontinuas y mohosas. Las paredes tienen cara de quererse dejar vencer por el tiempo y venirse abajo, imitar la pequeña montaña de escombros y polvo cósmico que revolotea allá afuera, en la ciudad que nadie diseñó para quedarse, tu ciudad en tu isla en tu planeta muerto destruido con las pruebas nucleares. Más adelante la sala-comedor llena de hojas y raíces secas de lo que fue el árbol que estuvo en el jardín, tierra y lombrices de veinte centímetros que han invadido la casa desde hace siglos. Entonces siente el frío en la mano que atrapa el picaporte de bronce. Retrocede. La sensación de que la vida nunca termina te parece cíclicamente aburrida.
Antes de volver a acostarse en la cama mirará al ordenador "Esto es un sueño" y presionará el interruptor de la luz encendida, que permanece encendida y lo hará. Afuera el polvo intentará invadir el último lugar vivo del planeta. El tintineo de las gotas de lluvia en la ventana te obligará a cerrar los ojos. Quizá así sobrevivas algún tiempo más. Cuando los días amanecen así, es mejor quedarse en casa e imaginar que uno es la última persona viva en este mundo.
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