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NARRATIVA
GEOMETRÍAS
Ariadna Rengifo
La fiesta está dividida en subgrupos. En el balcón una muchacha y un hombre de mediana edad conversan muy unidos. Ella ríe, es posible que él le diga que le gusta su rostro de brillo lunar. A juzgar por sus expresiones, son afines. Sentadas sobre un sofá, en una de las esquinas del salón, dos mujeres acarician sus manos y a ratos se besan con actitud felina. En la otra un hombre toca el piano y saca notas de un ritmo brasilero que obliga a bailar expandido por el sitio, a un grupo heterogéneo. El resto es una muchacha sola, en un pequeño pasillo en las afueras del salón, parada frente a un espejo ubicado en un punto estratégico. Desde allí detalla el panorama. Esa soy yo. Veintidós años y aprendiz de escritora. Me observo y tomo conciencia de la responsabilidad que implica ser yo.
No he estado todo el tiempo ahí, parada, como recreando una nueva versión del mito de Narciso. Antes había formado parte del grupo diverso que aún baila con música del sur. Me movía cerca de mi novio hasta que desapareció. Una vez que sentí su ausencia lo busqué discretamente con la vista. No lo encontré y fui a parar a este espejo que no es mágico, pero refleja todo lo que necesito ver. Fue aquí donde lo descubrí: mi novio es el hombre de mediana edad que conversa muy unido a una joven, con la cual es evidente, goza de afinidad.
Intento sentir angustia. Cuando una ha llegado al acuerdo de ser un yo social, se ve obligada a deprimirse en estos casos, pero no puedo. Se impone a mi pensamiento la lógica cartesiana, le hago mis aportes, claro está. Nunca he sido muy hábil en geometría analítica. Elaboro mi definición:
Si mi novio y yo formamos el par A-B y llegamos a un punto en el que alguno encuentra al segmento C, entonces hay posibilidad de que el otro encuentre al D. Y eso hago, busco a D por todos los ángulos.
Mi vista se instala directamente en el subgrupo de los felices bailadores donde solo hay un hombre. Podría fijarme en el pianista, pero la insistencia de este en mirar a ese único hombre que baila rodeado de señoras, me hace descartarlo.
Imagino estrategias de seducción para construir una figura con D:
1. Me quito el reloj. Voy hacia él y le pregunto la hora. Nueve y cuarto, responde con una sonrisa y sigue bailando.
No soporto que me ignoren.
Cambio.
2. Me recuesto al piano con expresión melancólica, la vista fija en un punto y tarareando la canción de turno aunque sea en portugués. El truco es infalible, las personas solitarias suelen ser atractivas.
--¿Estás triste? --pregunta alguien. Miro. ¿Y qué encuentro al frente? Una de las señoras del grupo preocupada por mí mientras él continúa absorto en su baile.
No. No me atrevo a correr el riesgo.
3. Camino hasta el centro de la sala y me ubico al alcance de su vista. Bailo con sensualidad a modo de streptease. Me acaricio los senos y levanto el vestido con sutileza para que pueda ver mis muslos y parte de la ropa interior. Le sonrío y lo miro directo a los ojos para desactivarle las dudas de que me interesa, en caso de que aún tenga alguna.
Demasiado hollywoodense.
De modo que, inconforme con las estrategias, decido crear una cuarta que deviene en combinación de las tres anteriores. Quedaría así:
Camino hasta D para saber la hora. Él está obligado a mirarme mientras responde: nueve y cuarto. Le doy las gracias y me recuesto al piano con expresión indecisa. "¿Me voy o me quedo?" Fijo la vista en un punto vacío y tarareo la canción de turno. Por fin tomo la decisión. La elijo antes de que se acerque una señora y me ubico en el centro de la sala, al alcance de su vista, donde bailo con sensualidad y sonrío. D se aleja del grupo y se acerca a mí. El pianista, que lo ha seguido con el rabillo del ojo, lanza un gesto desaprobatorio. Las señoras se dispersan en busca de asientos. Su lugar es sustituido por la pareja de mujeres que bailan cerca de nosotros.
Nos presentamos. Yo soy A y él, D. Pero eso ya lo sabía. También que es escritor y que la fiesta es una celebración por su último premio. "¿Y tú?" --me interroga y comparte su vaso de whisky del que bebo solo un trago -- "¿A qué te dedicas?". "También escribo"-- le respondo con timidez, cuestionándome por qué me he atrevido a seducirlo y sin saber cómo prolongar el diálogo con alguien tan experimentado como él. --"¿Ah, sí"-- finge sorprenderse, pero en realidad se nota ansioso por suprimir la convención introductoria, e invitarme a una de las habitaciones de la casa, para dialogar con el lenguaje de los cuerpos.
De todas formas, mando de paseo a mi timidez, me olvido de su ansiedad e introduzco:
"Me gustó tu novela" --digo porque sé que él lo espera. --"Personajes bien delineados, argumento atractivo y verosímil, estilo impecable, sólo que algo cobarde, tal parece que vivieras en un mundo feliz."-- Esto último lo calló. Sé que no quiere escucharlo. "Gracias" --dice y funde sus labios en un gesto inexpresivo. Detrás se oculta una risa ahogada, --"Lo sé." Va por más tragos y vuelve con dos vasos repletos hasta el borde. Le agradezco el que me ofrece. En medio segundo vierto el contenido en mi garganta. Silencio. ¿Qué se supone que deba venir ahora? No hay dudas, ya estoy en pleno apogeo del nudo. El mareo comienza a emerger y un amasijo de ideas rebota en mi interior. ¿Qué hacer? La interrogante clave persiste. D, bebe despreocupado, quizás espera que continúe halagando su obra, tal vez quiera irse a bailar con las señoras, las dos mujeres o el pianista ¿quién sabe? Estoy por deprimirme. ¿D será imbécil? La idea de cantar a gritos no la excluyo. También se me antoja dar vueltas por la sala que se ha extendido y se transforma en un terreno de hierbas donde girar descalza e iluminada gracias al brillo lunar que ahora es mío y basta.
Lástima. La ensoñación se reduce a frustrar mis intenciones con D y anula mi objetivo. Nada de tragos.
Yo soy A y él, D. Ambos lo sabemos. Entonces le digo: "No me importa tu premio, ni tu homenaje, ni que seas escritor. Solo quiero armar una figura, ¿entiendes? Integrar, fabricar, construir, no desbaratar. Y me eres útil, eso es todo. ¿Qué opinas?"
"La idea me seduce. ¿Cómo se hace?" --pregunta.
Sí, aventurarse es una decisión que toman los hombres de ideas. "Es simple" --respondo-- "Sólo jugar a que somos dos rectas en el espacio que se encuentran y fingir que en la conjunción hay una verdadera unidad. Ambos sabemos que es mentira, que dos rectas nunca se van a unir, que es posible que ni siquiera existan, que en caso de ser están condenadas a vagar dispersas por el infinito. Ese es el juego, te repito, creer que se pueden unir aunque sabemos que nunca lo harán. ¿Entonces?"
La trayectoria de su lengua por mis labios trivializa las ilusiones. Sus manos me recorren la nuca. Lo incierto se esfuma. Por mis piernas se desliza el mar. Ya puedo explorar los síntomas de esta nada que se cree todo. Y sí, somos algo hasta que cierro los ojos y otra mano rígida me presiona por los hombros, los sacude para distorsionar nuestra creación. Los elementos adversos siempre forman parte de una buena historia.
"¿Qué te ocurre?", le pregunto a B que está a mi espalda, "¿se le acabó el brillo a la luna?"
B me pregunta si estoy loca. Le respondo que no y sonrío. Levanta un puño, me amenaza. Grito: "¡No te atrevas a tocarme que soy capaz de..! Por favor, ¡Déjame en... paaaz!"
Palabra mágica invocada. Sola otra vez como un punto en la circunferencia. Termina el beso. Abro los ojos. "Sí, somos algo, D", digo y lo abrazo feliz, incluso ahora que B sí ha salido del balcón y viene en nuestra dirección. Llega hasta donde estoy, su expresión de reconquista me estremece y quedo escindida ¿él o tú? "Los tres", propongo.
"Somos cuatro" --me aclara un coro que incluye la voz de C.
Entiendo. Qué remedio. Doy una mano a B y la otra a D.
B, da su otra mano a C.
C, a D.
Y D, bueno, es obvio.
¿Qué somos?, ¿un rectángulo?, ¿un cuadrado?, ¿un círculo? No, no, no. Para nada. Cuatro, pero siempre tres. Un triángulo. Unidos y dispersos a la vez. ¿Alguien habló de Caos?
La puerta de la habitación no está muy lejos. Una vez dentro, gracias a la luz de las velas, quedamos como en un escenario de siluetas. Suprema invención. Descubro en el suelo una grabadora y oprimo el play. Cantos gregorianos. Nos desvestimos al instante. Estamos ansiosos. C camina directo a mí. "Mi figura es con B y D.", me niego decidida, "Puedes echarte a un lado o acostarte con ellos después que yo termine, si quieres, pero no te acerques; ahora la Magister Ludi, soy yo."
C, un tanto enojada, se hace un ovillo en una esquina y contempla como B y yo nos disputamos a D, la enigmática novedad de la noche. Al fin llegamos a un acuerdo. D en el centro de la cama, B a su espalda, deslizándole la lengua por los muslos y nalgas, yo al frente, saboreándolo hasta verlo crecer. Luego D besa mis senos al ritmo de la música. Ya el placer se introduce entre mis piernas. La respiración de los tres se funde. Una nueva dimensión nos acoge en el espacio. Pronto estamos sudando, unidos en un solo cuerpo, no sé quién me besa o acaricia o me penetra. Somos la santísima trinidad danzando antes de la creación del macrocosmos. Todo se torna confuso, desesperado, hasta que por último llega el gran estallido, el séptimo día. Enmudecemos.
Decido vestirme. C se ha puesto de pie y ya no me importa lo que ocurra. Salgo.
"¿Preparada?", le pregunto a mi imagen en el espejo. "¡Sí!", grito en mi interior. Una oleada de excitación y júbilo se desliza por mi rostro.
Me quito el reloj. Marca las nueve y cuarto. Voy en busca de mi objetivo para preguntarle la hora, pero decido hacer escala a un lado del piano, donde ahora surge un tema de Jethro Tull.
D continúa bailando rodeado de señoras. Las dos mujeres no han terminado de besarse, y en el balcón parece que el tiempo también dejó de correr.
Me detengo a respirar, concentro un poco de voluntad para que mi última visualización se materialice sin obstáculos, pero solo veo a cambio la futilidad de todo, hasta de mí misma. La suerte es que muy cerca de mí, a la derecha, está la puerta por la que hace pocas horas entré.
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