No. 50, diciembre
del 2005
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UNIVERCITANDO
APUNTES SOBRE ÉTICA Y TEATRO
Rubén Sicilia

No trabajo para componer tratados sino para ensanchar la isla de libertad que llevo dentro de mí.
Jerzy Grotowski

En verdad, si nos decidimos a hablar sobre la ética del teatro en Cuba hemos de tener una franqueza que puede resultar incisiva, descarnada, o molesta para algunos.Viene a mi mente el mito de Icaro, que quiso alcanzar el sol pegando sus alas con cera, y me pregunto si no estaré, al reflexionar sobre ello, en una actitud similar, intentando alcanzar una utopía. Un algo en el que me convierto en el primer tonto como Icaro, pego mis alas como quiera y sueño alcanzar el sol para tal vez entretenerme demasiado en el paseo.
¿Ética y Teatro? ¿Qué cosa es ética si los términos son de supervivencia? Lo controvertido del tema, así como la presencia en él de ciertas zonas encubiertas que hasta donde sé no han sido tocadas, tornan díficil el abordaje.
Prisionero y Verdugo, Teatro del Silencio. Obra de Rubén SiciliaNuestro movimiento teatral ha padecido de ciertas zonas de resentimiento y animosidad, ligadas a períodos específicos de la historia del teatro revolucionario, y múltiples razones sociológicas que aún no han sido estudiadas y reconstruidas en cuanto a memoria histórica, y que algún día habrán de estudiarse en toda su dimensión. Estas zonas que pudieran denominarse traumáticas están vinculadas sobre todo al cisma de una generación, ubicada a finales de los sesenta y principios de los setenta, y el modo contradictorio y diverso en que los profundos cambios sociales que estaban ocurriendo repercutieron en la cultura y el arte, en algunos casos para bien y en otros para mal, como en todo proceso histórico de tal envergadura.
A este período casi todos hacen referencia como el quinquenio gris, pero algunos estudiosos lo definen hoy como el decenio negro, indicando una mayor extensión de tiempo e intensidad. Un período calificado así porque en él, por razones ideológicas e incluso de identidad sexual, se desatan purgas y represiones varias, como en boca de los que lo vivieron aún se califica. En realidad, la vigencia de los complejos procesos manifestados en las artes de la escena en este momento abarca mucho más, en extensión de tiempo y también de espacio, que un quinquenio si consideramos la historia de sus principales sujetos. Esto es, que aún hoy subsisten herencias indeseables devenidas de esta época en el pensamiento y prácticas teatrales en la capital y en otros sitios del país.
Es hora ya entonces de que esta herencia --que la historia al final demostró como impropia -- sea definitivamente superada, hora de que la filosofía de "pequeños grupos o sectas" sea trascendida en aras de las nociones de profesionalidad, justicia, y el despertar de otro espíritu de creación. El problema ético devenido de aquí es, en mi opinión, que aún hoy subsisten resentimientos y sentido de "estos grupos", transmitidos en ocasiones de maestro a discípulo --no olvidemos que muchos de nuestros maestros fueron partícipes de esta generación -- y que estos "grupos" nos aportan más perjuicio que beneficio, pues han desarrollado un sentido de exclusión pues quién no pertenece a determinado grupo no es aceptado sino a costa de cruentos esfuerzos.
En este punto algunos podrían preguntarse: "¿Y éste, que apenas llegó el otro día al teatro, qué ha hecho o quién es para enjuiciar tal asunto? ¿Qué cree que se puede ganar con "agitar" desagradables aspectos de la vida o la profesión? A esos yo les respondería naturalmente: Alguien que ama profundamente el teatro y a quién le duelen el teatro y sus personas. Quien así mismo está convencido que existe una ley de la conciencia colectiva, que indica cómo los "traumas" sólo pueden superarse conscientemente y tal vez sea éste el momento.
Bien sé que sería ingenuo esperar o desear que nuestro movimiento teatral sea fraterno, solidario y armónico por igual, o que se practique una ética impecable en sus relaciones y resultados. Primero porque es parte de la naturaleza humana la presencia del conflicto, y el teatro mismo atestigua este aserto. Segundo, porque cualquier actividad en grupo estimula o cataliza estos conflictos. Pero sí podemos esperar un movimiento teatral donde se tenga un más fuerte espíritu de gremio --como sucede actualmente en otros países de Latinoamérica--, y donde desaparezcan o se reduzcan las grandes convulsiones o luchas de personalidades.
Esto es posible si trazamos desde las escuelas de teatro una línea más clara sobre "lo que se debe o no se debe hacer" --las veces que he sido profesor he intentado concientizar algunos principios con mis alumnos --pero está claro que se requieren acciones de mayor alcance conciente, acción y envergadura. Debemos al menos meditar y debatir públicamente sobre el punto si queremos que la atmósfera teatral sea dentro de unos años más ecológica y respirable.
Hace un tiempo en las Jornadas Actuar, convocadas por la Agencia Nacional de Artes Escénicas, en el Centro de Prensa Internacional de la calle 23, dos actores emblemáticos --Jose Antonio Rodriguez y Obelia Blanco-- abogaban por la necesidad de recuperar una ética y disciplina de trabajo, y uno de ellos proponía la necesidad de un codigo ético. Como coincido en gran medida con ellos, creo que si entre todos pensamos, un conjunto de soluciones saldrá de ahí. Es mi intención explícita que esta reflexión pueda aportar una pequeña porción a ello, aunque voy a intentar exponer una mayor área que la que ellos indicaron.
Entonces bien... ¿Qué es la ética? Según el diccionario filósofico de Abbagnano, es en general la ciencia de la conducta. Personalmente siempre he advertido una diferencia marcada entre ética y moral. La ética para mí está más cerca de los principios generales del universo --la esencia de la bondad y el bien-- y la moral por el contrario puede responder a criterios humanos circunstanciales. La ética contiene como disciplina los basamentos de una moral dada y no a la inversa. En nuestro análisis será inevitable tocar algunos de los aspectos de la moral, pero trataremos lo más posible de concentrarnos en los aspectos éticos pues creemos que operan en una más amplia dimensión.
Dejadas claras estas premisas podemos enfocarnos en las cuestiones más concretas de la cuestión, etica y teatro, que se centran a mi entender en dos grandes planos:
· La Ética de las Relaciones Humanas en el Teatro
· La Ética de la Profesión
Ambas constituyen, como es fácil suponer, los dos aspectos de un proceso indisoluble y vivo, pues no podemos separar Vida y Teatro. Intentemos detallar las ideas que hemos presentado en esta introducción en una reflexión transparente, y con hechos que permitan una comprensión definida, con la esperanza de que estas palabras movilicen la conciencia de otros.

I
Prisionero y Verdugo, Teatro del Silencio. Obra de Rubén SiciliaEl primer punto de los arriba mencionados nos compromete, por su propia enunciación, a un análisis que no puede ser epidérmico. Icaro delira con un mundo teatral distinto y tal vez acumula más peso del que puede sostener... ¿Quién le dirá que su esfuerzo por volar hacia el sol puede ser delirio? Tal vez se salve, debemos pensar, nunca se sabe...
Decía Ortega y Gasett que la noción de área y la de profundidad casi siempre eran antípodas. Vamos entonces a enfocarnos en un área más delimitada, aunque en la práctica es imposible separar completamente la ética de las relaciones humanas de la ética de la profesión. No obstante, vamos a empezar hasta donde sea posible por la primera de ellas. Se ha hablado mucho sobre la pretendida, real, o tal vez exagerada sordidez, de las relaciones humanas en el medio teatral, sobre todo en determinados períodos o agrupaciones. Esto es material de rumor y chisme en nuestro país y probablemente sea igual en otros países. Al margen de que esto sea así o no, vamos a dejar de lado la parcial corriente del rumor e intentar llegar lo más posible a los hechos objetivos.
Cierto es, como ya dijimos en la introducción, que nuestro movimiento teatral ha tenido un desarrollo discontinuo, parádojico y singular que aún no ha sido estudiado en toda su dimensión. Lo que importa a nuestra exposición es que estos complejos procesos han establecido normas de comportamiento más o menos aceptadas, que miradas a la luz ética no parecen valederas. Ciertas transgresiones, a fuer de cotidianas, ya no son perceptibles, pero no por ello dejan de significar lo que no se debe hacer. Intentemos entonces desencubrir algunas de las más cotidianas.
Personalmente creo, sin la menor de las reticencias, que cada quién tiene pleno derecho de decidir el canon, opción o modo de abordar sus opciones sexuales, y otras que tienen que ver con la propia intimidad. Esto es parte del libre albedrío que a todos nos es dado. Ahora bien, debemos recordar algo muy simple: nuestro derecho de decisión o libertad culmina cuando comienza el del otro.
Digo esto porque es muy común en nuestro teatro el uso de la autoridad para obtener favores sexuales a costa de alguna concesión profesional. Esto sucede tanto en el ámbito de las relaciones heterosexuales como homosexuales, o entrambas. Quienes entran en este juego, ya sea como víctimas o verdugos, generalmente no se dan cuenta hasta muchos años después la condición que asumen para sí, al pagar el éxito de este modo.
Así mismo es común también, aunque no tan frecuente, la presencia de directores tiránicos que desarrollan una especie de sentido sádico con el actor. Parecen creer que al actor se le debe exprimir mediante ofensas o maltratos para que llegue a un estado de shock que lo haga más creativo. Esta idea no tiene fundamento real. Si bien es cierto que en ocasiones, y para un personaje excepcional, las técnicas de choque demuestran cierta validez, el cómo llegar a este proceso no es, en ningún caso, a través de coacción por un ego tiránico, que suele evidenciar insuficiencia de recursos para la dirección de actores. Dando fin a estos ejemplos, debemos considerar la cuestión de las relaciones humanas entre los actores y otros colaboradores. Puede decirse, en síntesis, que la cuestión del equipo teatral y las responsabilidades de cada rol son decisivas en este orden, pues se hace cotidiana la usurpación o desconocimiento de los límites de cada rol o función. En el fondo de ello hay cuestiones éticas en juego. Esto es, podemos ver a un actor asumiendo el rol de director, sin ser conciente de ello, en medio de un proceso, o a un escenógrafo trabajando por desarrollar su idea individual obviando lo que pide el equipo, o a un director que comprende su labor solamente como dibujante de la puesta en escena y no como guía y coordinador del proceso de creación de imágenes íntegras. Todo estas conductas confusas desatan una enorme cantidad de problemas, que a veces pueden obstaculizar o romper un proceso artístico que de otro modo tal vez hubiera sido valioso. En resumen, esta cuestión de los roles es algo que sin dudas debe ser observada por cada uno de nosotros en nuestra práctica, y con toda seguridad saldrá de ello una mayor claridad de propósito y alcance. Mediante el estudio de los roles podemos detectar la conformación de un grupo y organizar las tendencias personales, concientizando qué usurpación de funciones está haciendo quién, y las consecuencias éticas que de esto se derivan.
No es entonces banal, o ingenuo, reflexionar sobre estas cuestiones. De lo que se trata en definitiva es de ser mejores personas y mejores creadores, y esto es algo que no debería dejarnos de importar. Al escribir estas líneas de ningún modo me creo ajeno a estas alertas. Precisamente hablo de estos asuntos porque creo es algo que todos necesitamos en la actualidad.
Hemos intentado abordar hasta ahora el ámbito de lo que no se debe hacer y este lado tal vez nos conduzca a lo que se debe hacer en algún momento, un inicio o bases de otra manera de ver. Ser conscientes de que las relaciones humanas en un proceso creador son responsabilidad de todos y que influyen a veces de modo decisivo en el resultado.

II
El núcleo o fundamento de una ética profesional nace, a mi entender, de la tensión que todo creador debe enfrentar, más o menos concientemente, entre la búsqueda de la verdad(1) por una parte, el deseo de alcanzar un ideal de belleza por la otra, y las presiones de la realidad objetiva. Tensión que exige ciertas cuotas de rigor, disciplina interna y sacrificio personal, y que también fue así en el pasado, como podemos concluir al leer las biografías de artistas de otras épocas como Stanislavski, Benvenuto Cellini, Moliére y otros mil. Este nudo drámatico posee con mayor o menor intensidad a todo hombre de teatro --seguramente a todo artista-- a lo largo de su actividad creadora. Es posible que como resultado de ello surjan inevitables desbalances entre vida y obra, deseo y realidad, etc. El encuentro con cierto grado de maestría ha de armonizar estas tensiones desembocando en una ética consciente en el mejor de los casos, o al menos en una serie de intuiciones sobre el propio camino. En palabras más directas, en cierto momento la ética puede decidir la magnitud del proceso creador como la experiencia confirma. Vida y teatro tienen un lazo indisoluble. Entonces, ¿cuáles son las transgresiones más comunes en cuanto a la práctica de una ética profesional?
En primer lugar, una mente con un mínimo de observación puede captar como frecuentemente se viola el derecho al debate(2), la genuina y respetuosa discusión, ya sea entre críticos y creadores, entre artistas e investigadores y otros. Es hora ya de que exista y se desarrolle entre todos un espíritu de verdadero respeto a la diferencia de criterio y al ejercicio conciente de la coexistencia entre diversos puntos de vista.
Muy conectado a lo anterior, aunque con matices propios, está la cuestión de los derechos de autor, o más bien la protección de la originalidad, una zona más bien pantanosa y nebulosa en nuestro teatro. En este aspecto se requiere una legislación más detallada y operativa al respecto y hay que sentarse a pensar y aplicar con urgencia, pues el autor suele verse desprotegido en ocasiones. Es este un punto, por todo lo dicho, de urgencia especial, pues la instrumentación y puesta en práctica de leyes bien estudiadas puede ayudar a recuperar las nociones éticas, que actualmente se obvian y que deberían ser publicadas como folleto para consulta ante cualesquiera interrogantes surjan.
En el dominio propiamente de la ética profesional, hay multitud de transgresiones que sería interminable analizar aquí y que ya otros(3) creadores han señalado. Indicaremos solo algunas de las más generalizadas. Se ha vuelto sumamente frecuente el irrespeto al tiempo y espacio de trabajo. Esto comienza por llegadas tardías a ensayos --e incluso funciones -- con excusas irrelevantes o inasistencias que tampoco parecen tener razón de ser, o cuando se toma el local de trabajo o las personas en él para cualesquiera expectativas personales que no tienen ninguna vinculación con el por qué se está allí. Así mismo es sorprendente la facilidad con que actores y artistas varios pueden abandonar por ofertas mejores un compromiso ya establecido de trabajo. Sabemos las dificultades económicas que activan esto y la falta de una verdadera legislación que lo contenga, pero al margen de ello se requiere una reflexión ética desde la escuela. Aún con dificultades y privaciones hay artistas que sí tienen en cuenta estos puntos. El artista debe saber que su compromiso personal es con algo mayor que las circunstancias.
Es frecuente también que un director cite a todo un elenco, y luego ensaye sólo una escena en la que están uno o dos actores, manteniendo al resto en el tedio. Olvidando que el respeto al otro comienza por respetar su tiempo y su espacio.
Son pocos en la actualidad los actores que suelen ir a los primeros ensayos con letra aprendida y trabajo individual sobre el personaje, y los que lo hacen habitualmente son mirados como raros por otros.
Son estos algunos de los hechos más cotidianos en nuestra selva teatral de hoy, que a Rine Leal tal vez no le alcanzó el tiempo para historiar, pero que otros tenemos la obligación de comprender y transformar ahora. Sería imposible e innecesario colectar todos los hechos en estas líneas pues, en definitiva, están presentes en nuestra actividad; si se quiere investigar al respecto solo hace falta observar.
Es así que insisto otra vez: no importa si parece un acto de ingenuidad, delirio profético, o romanticismo sin fin, pensar, aquí y ahora, en un decálogo para el hombre de teatro, como un cierre coherente o no de esta meditación. Aquí Icaro suelta una carcajada consciente de que tal vez entra en delirio total... Pero ¿y si a pesar de todo alguien escucha? Dédalo es el principal responsable --piensa Icaro -- por haberme hecho soñar con el sol. Icaro quiere suprimir nuestras incapacidades, romper los límites que nos aprisionan, y sabe que esto ha de ser consecuencia de una ética. Tal vez la primera semilla para un cambio de los hechos que hemos intentado describir, tal vez sólo un pequeño paso en pos de ser conscientes de en qué sitio tenemos nuestros pies. Dejemos entonces que los axiomas expresen por sí solos sus propios símbolos, comenzando, con el primer principio que Stanislavski pronunció:
· Amarás al arte en ti mismo y no a ti mismo en el arte.
· No tomarás el camino de tu arte en vano, sino para la humanidad.
· Sagrada harás para ti la comunión entre tu obra y los que la presencian.
· Honrarás siempre que sea posible a tus maestros y compañeros.
· No matarás tu creatividad o la de otros.
· No permitirás la imperfección en tu derredor.
· No robarás las ideas o el trabajo de otros.
· No darás falso testimonio de la vida que te rodea, porque tu arte ha de ser una expresión de la verdad.
· No consentirás pensamientos,deseos o acciones que destruyan tu arte.
· No envidiarás el talento ajeno, sino que emularás por desarrollar el tuyo.
Al llegar a este punto, poco queda por decir. No creo que haya hecho otra cosa que introducir un tema que requiere una perspectiva aun más amplia, pero valió la pena esta llamada de atención. La simplicicidad y llaneza de las anteriores sentencias expresarán mucho mejor que otras palabras cualesquiera de las intenciones que aquí hemos intentado. Comentarlos, aunque sería posible extensamente, entraría en mi opinión en un acto de vulgarizar el pensamiento. Parece mejor entonces dejar que estas ideas sencillas toquen el corazón de los que, como yo, sueñan con un teatro mejor. Icaro. Otra vez Icaro. Tal vez no cayó al mar y aún vuela por esos mundos. ¡Ja!

NOTAS:
(1) Es Beltord Brecht quién ya dejó una meridiana reflexión sobre la ética de la verdad para el creador en su texto "Cinco Dificultades para Escribir la Verdad", y como soy de la opinión que este texto está muy vigente en cualesquiera de nuestras sociedades actuales no voy a extenderme sobre el tema. Quien estuviera interesado puede consultar dicho texto publicado en Cuba.
(2) En cuanto a una cultura del debate ya expresé mi opinión en un artículo publicado en la Revista "Extramuros", Número 5, y creo también que es explícito por sí solo.
(3) Los actores que cité al principio así como otros varios artistas con los que he dialogado me han expresado su preocupación sobre la falta de ética de trabajo, rigor y disciplina en generaciones jovenes y no tan jovenes tanto en teatro como en los medios. Todos coinciden --y no por aquello de "cualquier tiempo pasado fue"-- que en otras épocas exístia un mayor "prurito" profesional entre actores, directores y hacedores en general. Es vital, entonces retomar estas pautas.


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Redacción: Jorge Enrique Rodríguez / Yanet Bello / Andrés Mir
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