No. 52, febrero del 2006
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RESEÑA
OTRA VEZ JUAN CANDELA: ¿COMENZAR DESDE CERO?
Andrés Mir
 
El Cuentero, revista de narrativaEnero, como para confirmar que no solo trae en sus alas la novedad del año entrante, nos ofreció el alumbramiento de una publicación, confirmado luego en los recintos de la Feria Internacional del Libro de La Habana. Presentada a bombo y platillo, la edición cero de El Cuentero promete trimestralmente ponernos al tanto del devenir de la narrativa nacional y, por supuesto, algo más.
Resulta habitual el regocijarnos de tales nacimientos: alertan de intensidades, resonancias, esfuerzos mancomunados y derroche de voluntad. Son estos algunos de los ingredientes que se precisan para la noble osadía de sacar a la luz una revista; luego se precisará también de persistencia y la rara fusión de buen tino mezclado con irreverencia.
Por suerte, los hacedores de El Cuentero son conscientes de estas condiciones, según asertan desde el editorial: "Aventura, riesgo, polémica, son términos que suelen caracterizar todo nuevo proyecto cultural: aventura de la imaginación acompañada de los riesgos de toda labor de creación, y que necesita del ejercicio de la polemica para generar su propio desarrollo." Inmediatamente, se declaran herederos de dos publicaciones latinoamericanas: El Cuento (México, bajo la dirección de Edmundo Valadés) y Punto Cero (Argentina, bajo la batuta de Mempo Giardinelli), a la vez que definen con claridad la directriz esencial de su línea editorial: "El Cuentero no quiere constituirse en una repetición de los espacios transitados por otras revistas literarias: nuestras fronteras son bien visibles y enmarcadas dentro de la esfera narrativa."
Tanto en su editorial como en las presentaciones se hizo hincapié en esta caracterísitica de la revista como distintiva. Tengo a bien creer en la claridad de quienes la arman para saber que detrás de sus palabras hay más: soy de los que cree que lo que marca un proyecto como éste no es tanto el tema que aborda como la perspectiva desde la que lo hace. Por tanto lo que hará exclusiva esta revista a la postre no será su dedicación exclusiva a la narrativa --matiz necesario, pero jamás suficiente-- sino la vocación crítica, aglutinadora, iluminadora, prospectiva, grupal inclusive --o sea, dotada de una perspectiva--, que quizás todo lector exigente espera de ella.
Por supuesto que el plato fuerte de una propuesta como la presente es su cuerpo de literatura activa: convenientemente categorizados se distinguen dos bloques esenciales, el que contiene textos inéditos de autores de prestigio internacional --Saramago incluido--, y el de autores nacionales (me atrevo a categorizarlos con el apelativo de jóvenes, aún cuando se incluyen firmas tan prestigiosas a mi entender como la de Alberto Garrandés), muchos de los cuales supongo egresados del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, máximo responsable de la existencia de El Cuentero. Sin embargo, no falta a modo de interludio el texto didáctico "La técnica escondida de Abelardo Castillo", de Eduardo Heras León y como cierre un bloque de reseñas que matiza la proyección de la publicación. Tanto desde la selección de las obras activas como desde las inquietudes y conceptos que transmiten los textos teóricos y/o críticos, se ha de formular esa perspectiva antes mencionada.
Y por supuesto, como todo impreso es también un objeto (objeto que --repito la cita-- "no quiere constituirse en una repetición de los espacios transitados...") deseo referirme muy brevemente a su presentación formal. Desde una proyección tan sobria como austera, que utiliza el color únicamente en cubierta (portada, contraportada y reversos), nos presenta un diseño que cumple con la cualidad de una agradable legibilidad, un uso dadivoso de los blancos que se permite dialogar eficazmente con el texto y las ilustraciones. Sin embargo, he lamentado comprobar que varios de los lectores han compartido conmigo el criterio de que por momentos el material gráfico nos remite insistentemente a otra publicación cultural: La Jiribilla de Papel. Soy de quienes cree que todo diseñador debe poseer, además de su indiscutible sello personal, la capacidad de ser versátil: estoy seguro que dada la juventud del diseñador de El Cuentero, y tiempo mediante, se perfilará con claridad el verdadero rostro de este proyecto.
Habiéndola hojeado en medio de la presentación, comenté a una amistad todo lo importante que podía llegar a ser; creo que dije --más o menos, se me pierden ahora las palabras justas--: esta revista puede llegar a ser mucho mejor. A lo cual recibí un inmediato cuestionamiento: ¿Cómo si no te la has leído afirmas algo tan categórico? Admito ser receptivo a tales cuestionamientos, porque soy de los que evita emitir juicios precipitados o peor, infundados. Pero tras repensarlo, insisto en suscribir esta fe: lo contrario sería poner en tela de juicio la capacidad de sus hacedores, la necesaria escalada dialéctica de un proyecto que no se cierra en si mismo con su edición cero. Y en virtud justamente de esa dialéctica, valoro tanto o más que la presencia de firmas estatuidas como las de Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Luisa Valenzuela o Sylvia Iparraguirre, rúbricas como la de Yordanka Almaguer, Rafael J. Rodríguez, Herbert Toranzo. Mayor regocijo me trae el hecho de que la sección de crítica venga de la mano de los también jóvenes Michel Encinosa, Raúl Aguiar o Ahmel Echevarría. Basta apenas una ojeada para comprender que estamos ante la punta del iceberg. Más que ser ésta una gran revista ya, creo en ella como una bien traída promesa, que tendré a bien seguir: la mejor manera que hallo de recomendar algo.

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Redacción: Jorge Enrique Rodríguez / Yanet Bello / Andrés Mir
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