No. 52, febrero del 2006
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NARRATIVA
POR QUÉ NO NOS GUSTA SARAH MCLACHLAN
Raúl Flores

Ángel, creemos que era Ángel lo que tenían puesto cuando Abilene decidió echar sus brazos alrededor de Ángel Verdadero y apretar fuerte... Mientras Sarah McLachlan dejaba oír su voz Abilene decidió también dejar oír la suya.
¿Por qué me engañaste?, le gritó a Ángel Verdadero.
Él no respondió y fue ese momento el que Abilene escogió para echar sus brazos alrededor del cuello de su pareja y apretar fuerte bien fuerte. La chica solía dedicar sus fines de semana a tocar drums en un piquete punk, donde se hacía llamar Abby La Mole.
¿Quieres matarme?, le preguntó Ángel con los ojos, pero Abilene no contestó. Solo continuó apretando fuerte bien fuerte.
Cuando llegamos riéndonos a carcajadas y asintiendo con cabezas de espuma de algodón, hallamos Sweet surrender rebotando en las paredes y Ángel se había acabado. Era sólo una canción más entre las muchas del repertorio de Sarah, era solo un cuerpo sin vida tendido en la alfombra.
Ángel Verdadero terminado, finished, kaputt.
Muerto.
Abilene apareció tendida en el sofá. Me encanta ese disco, fue lo primero que nos dijo. Se levantó y fue hacia la cocina.
¿Quieren agua?, nos preguntó.
No, le dijimos. Ya no teníamos risas de plástico para gastar entre la noche y las escaleras, ya no teníamos algodón de espuma para envolvernos las lágrimas que no pudiéramos derramar.
¿Qué es esto?, preguntamos.
¿Esto qué?, nos preguntó ella. Le señalamos el cadáver.
Ah, eso..., murmuró ella.
Después nos dijo que lo sentía, pero que ahora no podía atendernos. El pobre Ángel Verdadero yacía en posiciones extrañas sobre la alfombra de su casa y ella tenía que sentarse a pensar.
Así que váyanse.
De cara a la noche estrenamos risas nuevas y ojos reciclados para disfrutar lo restante de la madrugada.
Tres días después nos llamó.
Necesito su ayuda, nos dijo y cuando llegamos la encontramos sentada en el mismo sofá, con la misma canción (Sweet surrender), con el maquillaje corrido y envuelta en sudor.
ABILENE: Tengo que trasladar el cuerpo.
NOSOTROS (asombrados/intrigados): ¿Adónde?
ABILENE (suspirando): Al mar.
NOSOTROS (nos sentamos): ¿Por qué?
ABILENE (se levanta): Fue su última voluntad (se queda pensativa por unos instantes)... Bueno, no la última, pero sí recuerdo que una vez me habló de lo mucho que le gustaba el mar. Vamos a echarlo ahí.
NOSOTROS: ¿Y la policía?
ABILENE (sin ponerse nerviosa): No tiene porqué enterarse. Nadie va a sospechar porque vamos a llevar el cuerpo por partes. (Se señala a sí misma) Yo voy a llevar la cabeza... (nos va señalando uno por uno) Tú el brazo izquierdo, tú el derecho, tú una pierna y tú la otra; el torso se lo dividirán entre ustedes dos.
NOSOTROS (con aire de no gustarnos mucho la idea): ¿Dónde está el cuerpo?
Ella abre la puerta del refri. Hay dos pomos de agua, tres tomates y cinco hojas de lechuga. Lo demás es pesadilla de carnicero. Cabeza en el congelador, brazos, piernas, pelos por todas partes. Los ojos de Ángel Verdadero brillan con reflejos de luz escarchada y todo parece una escena de Stephen King.
Pero creo que a Stephen King nunca se le ocurriría algo así.
No habrás comido bistec en estos días ¿eh, Abby?
Ella nos da bolsas grandes, fuertes y resistentes. En ellas va metiendo los pedazos del cuerpo que saca del refri.
Si ustedes supieran, chicos, el trabajo que me dio cortar todo esto. No, y limpiar después fue lo peor de todo. Pero creo que le cogí la vuelta y si alguna vez a ustedes les pasa lo mismo, les puedo dar una manito. Claro, si quieren que los ayude.
Nosotros lo guardamos todo y salimos a la calle.
Abilene propone ir caminando hasta el mar pero nosotros ¡Estás loca! ¿Con este calor? ¿Con esta cosa derritiéndose en las bolsas?
Cogemos la P4.
Itinerantes provistos de bolsas portátiles. Yogurt frío, decimos que llevamos y dejamos que la gente proteste y diga todas las cosas que quiera.
--Niño, ¿qué es esa cosa fría que me estás pegando en los muslos?
--Oye, despégate de allá atrás que me estás congelando el culo.
Respuesta: Yogurt frío.
Un policía nos detiene.
¿Están traficando bolsas de yogurt?, nos pregunta y mientras revisa nuestros carnets Abilene le explica la situación.
Mire, agente, no es realmente yogurt, es una cabeza, con sus miembros y el torso lo que llevamos aquí. Y se nos está descongelando así es que hace falta que nos deje continuar camino antes de que empiece a apestar.
El tipo, al darse cuenta de que no somos contrabandistas de yogurt, nos deja ir.
Bueno, si eso es todo, continúen, nos dice, y nosotros continuamos.
El mar llega a nuestros ojos como tarjeta de Navidad. Rocas batidas por olas blancas y espuma rebotando en los bordes de la mirada.
El ritmo que devora y digiere y Abilene dice Creo que aquí está bien y muchas gracias, chicos, lo han hecho muy bien, creo que no hay nadie que lo hubiera hecho mejor.
NADIE PARA HACERLO MEJOR
Ella toma su bolsa y la echa al agua. El bulto queda flotando y ella dice que sería mejor rellenarla de piedras y que, por favor, empecemos a rellenar las bolsas con piedras mientras ella rescata la suya.
Se echa al mar y, mientras salpica con el agua hasta la cintura tratando de rescatar la cabeza de Ángel Verdadero nosotros buscamos rocas por toda la orilla del mar.
Cuando Abilene sale empapada le enseñamos los resultados. Cero piedras.
¿Pero qué esperaban? Con tanto diente de perro...
¿Nadie se le ocurrió traer algún martillo?
¿No?
¿Algún pico?
¿Tampoco?
Entonces no sé que vamos a hacer.
Nos quedamos inmóviles, bolsas en nuestros brazos, bolsas a nuestros pies, bolsas que a su vez contienen otros brazos y otros pies que vuelven a estar a nuestros pies sobre el diente de perro inservible a la luz de un sol más desnudo que una novela de Isaac Asimov, a la orilla de un mar espumoso, arena fina y Pilar desaparecida del horizonte de nuestras miradas y Abilene: Vamos a resolver esto de una vez y por todas.
Amarra las bolsas por las asas. Ahora todas hacen un bulto informe y húmedo, porque el cuerpo ya se ha descongelado.
Dentro de poco va a empezar a oler.
A oler mal.
¿Quién es el que mejor sabe nadar de ustedes?, nos pregunta, pero resulta que nadie sabe. El mar queda para los muñequitos y las películas de terror. Nos asustan los tiburones, nos asustan las medusas y las estrellas de cinco puntas. Nos aterroriza la espuma, el surfing y los gladiadores romanos. Gran misterio, este mar que nos rodea y nos esclaviza.
Y eso que viven en una isla, murmura Abilene, quizás con asco.
Después nos explica su idea.
Llevar el montón de bolsas nadando digamos unos veinte o treinta metros mar adentro, después bucear un poco y amarrarlo todo a algún coral que se preste para el caso.
Esa es la cosa, pero como ustedes no saben nada de nada, voy a tener que hacerlo todo yo.
Espérenme aquí, nos dice antes de adentrarse entre espumas y agua salada, con las bolsas a cuestas.
El océano la va cubriendo. Primero los jeans, la camisa vaquera, los hombros y pronto el pelo comienza a flotar como animado por vida propia. Se mueve con el paso inseguro del que camina sobre terreno poco firme, y después se mueve con el paso inseguro del que se mantiene a flote con siete bolsas de 130 libras entre los brazos. Nada unos 25 metros y entonces desaparece de nuestro campo de visión.
La esperamos parados, la esperamos sentados. La esperamos mientras el sol se torna rojo brillante, naranja pálido y rosa fosforescente en el azul del mar. El aire se torna frío y alguien murmura que ella no regresará.
Santa Abilene, patrona de los Mares, protégenos ahora y en la hora de nuestra muerte.
La imaginamos colgada de algún arrecife, junto a los restos de Ángel Verdadero, con el aliento perdido y las mejillas pálidas de tanto esfuerzo.
En silencio tomamos la P4 de regreso a casa y de casualidad nos encontramos con el mismo policía.
¿Y la chica que iba con ustedes?
Se ahogó, le contestamos.
Lo siento mucho, nos dice y alguien se ríe en ese momento, no sé por que.
Todos lo imitamos agradecidos.
Cuando llegamos a las escaleras ya hemos recuperado nuestras risas y nuestras cabezas de algodón plastificado. Aquí solían vivir Abilene y Ángel Verdadero, dice alguien y pone el Surfacing de Sarah McLachlan.
Building a mistery.
Quita eso, le gritamos y ponemos Alanis Morissette.
Isn´t it ironic?
Creo que ya no nos gusta mucho Sarah McLachlan.
Don´t you think?
Nos recuerda cosas que preferimos olvidar.
Yeah, I really do think...


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Redacción: Jorge Enrique Rodríguez / Yanet Bello / Andrés Mir
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