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ARTES PLÁSTICAS
LA CIUDAD EXPRESADA EN ROPAS
Pedro Contreras
En
cada Bienal de la Habana se realiza un taller de creación colectiva
dedicado a una manifestación distinta de las artes visuales;
en la correspondiente a este año se escogió la indumentaria como
materia de atención dado el interés creciente que ha
despertado la expresión a través de este medio entre
los artistas y la importante proyección social que posee.
Desde la prehistoria el hombre cubre su cuerpo, no sólo para
protegerse de factores agresivos del ambiente, sino para ornamentarse,
identificarse, expresarse. Los artistas siempre han estado atentos
a los valores expresivos de la indumentaria y han contribuido a su
enriquecimiento, pues no sólo han creado trajes funcionales,
sino que se han valido de la ropa para reflexionar sobre variados
temas: ecológicos, políticos, sociales etc. con obras
de todo tipo: escultóricas; pictóricas, fotográficas,
instalativas y de participación popular.
En esta ocasión, artistas plásticos procedentes de Francia,
República Dominicana, Brasil y Argentina, junto a diseñadores,
artesanos, profesores y estudiantes de nuestro Instituto Superior
de Diseño Industrial ( ISDI ) que han estado atentos a los
valores expresivos de la vestimenta y se han valido de materiales
alternativos en sus propuestas, aportaron sus ideas y se sensibilizaron
particularmente con la ciudad, y el modo en que los habaneros --con
sus cuerpos vestidos, sus acciones y sus anhelos-- la habitan. De
esta interrelación, desarrollada en un ambiente de debate,
experimentación y fantasía en la Casa de la Obrapía,
palacio colonial donde radica la Hermandad de Bordadoras y Tejedoras
de Belén, surgió una variopinta colección de
ropa y accesorios que habría de presentarse en atípica
pasarela.
Prendas tradicionales cubanas, la guayabera, la guarachera y la bata
(derivada del peinador de fines del siglo XIX) fueron presentados
en una conferencia magistral, al inicio del Taller, por la principal
especialista en vestuario cubana, Maria Elena Molinet, y de ahí
partió el trabajo colectivo. Con la eficaz guía de la
diseñadora argentina Andrea Saltzman, profesora de la Universidad
de Buenos Aires, quien desde la arquitectura, la danza y la enseñanza
ha desarrollado un interesante corpus teórico, se ensayaron
diversos modos proyectivos, entre ellos la variedad que puede otorgársele
a una prenda ya usada, mediante cambios en la superficie (al replantear
signos de estampa, al bordarla o mediante el collage ); en
las estructuras (mediante la deconstrucción ) o resignificándola,
al relacionarla con otras prendas o darle distinto uso al habitual.
Aunque la Bienal aportó tejidos básicos, pasamanería
y pigmentos textiles, los artistas y diseñadores invitados
sumaron materiales y técnicas de su preferencia --particularmente
aquellos con los que habían realizado confecciones que trajeron
al taller a modo de presentación-- para experimentar con ellos
en el nuevo tema que se les planteaba: la identidad de La Habana.
Se invitó a participar en el Taller a creadores que se expresan
de modos muy distintos: artistas que se valen del indumento en la
realización de performances u obras de participación
popular, creadores que realizan prendas de diseño convencional
con materiales no convencionales o se valen del reciclaje; también
hubo diseñadores de vestuario escénico y artistas que
realizan pintura corporal.
Una vez en Cuba, se reunieron en pequeños grupos para crear,
de modo colectivo, propuestas en las que cada cual hizo su aporte
y lo combinó con otros afines. El trabajo fue intensivo, durante
cuatro días, para que los visitantes extranjeros pudieran recorrer
la ciudad, sentirla y participar en otras actividades de la Bienal.
De la relación con la urbe y sus habitantes se llegó
a conclusiones tales como que para el cubano es más importante
el "modo" de vestir, de llevar la ropa, que la propia moda. Esta ¡y
hasta los uniformes! experimentan un proceso de adaptación
a nuestro gusto; el calor, la sensualidad de los cuerpos y la expresividad
gestual convierten aquí toda moda foránea en algo distinto,
propio; los colores y texturas se combinan de un modo más desinhibido
y contrastante que en otras latitudes. El reciclaje --entre nosotros
una necesidad imperiosa-- se asume creativamente.
La reflexión y el debate sobre estas cuestiones indujo a muchos
participantes en el Taller a diseñar a partir de prendas y
telas ya usadas, a una revaloración creativa que se valió
tanto de técnicas tradicionales de confección como de
elementos artísticos. Cada día es más frecuente
que resolvamos las necesidades del vestir mediante la compra de ropa
de usada, procedente del extranjero que es la que, por su precio,
está al alcance de la mayoría. Las limitaciones de la
industria nacional de confecciones --dedicada casi exclusivamente
a la producción de uniformes-- resultan frustrantes para los
diseñadores; pero, como diseñar es encontrar soluciones,
resulta lógico entre nosotros el considerar como materia prima
la ropa ya usada, algo a lo que se apela, tradicionalmente y en todas
las sociedades, en un ámbito doméstico y que aquí
podría ser labor de talleres artesanales orientados por diseñadores.
La originalidad de algunas piezas realizadas de este modo en el Taller
motivaría el interés y el deseo de comprarlas de algunos
visitantes cubanos y extranjeros que asistieron a la presentación
de los resultados; esto hizo pensar a Andrea Salzman que, además,
podrían convertirse en un rubro exportable.
Un fotógrafo alemán, Bodo Tüngle (con sus collages
digitales en los que integra hombre y arquitectura ) y dos jóvenes
cubanos, Mabel Llevat (quien también emplea el collage
digital en sus fotos de quinceañeras que, vestidas como
princesas decimonónicas, se hacen fotografiar en hermosos sitios
de la Habana Vieja para guardar el recuerdo de un día especial)
y Alain Gutiérrez, (particularmente sensible a simpáticas
expresiones de sensualidad y cubanía en el vestir) aportaron
imágenes pregnantes del habanero en la que se expresan cuerpo,
gestualidad e indumento. Estas fotos fueron expuestas en la galería
de la Casa de la Obrapía desde el momento en que se inició
el Taller hasta el fin de la Bienal.
Los
alumnos del Instituto Superior de Diseño Industrial (ISDI)
y los diseñadores más jóvenes fueron quienes
asimilaron con más entusiasmo la guía de Andrea Saltzman
y la presencia en el taller de la artista anglo-francesa Lucy Orta,
una de las más importantes figuras invitadas a la Bienal, quien
los incluyó en su proyecto DFORM- Nexo Emotivo. Cada
uno accedió al sitio web donde esta creadora presenta
un patrón básico de overol de obrero, y le hizo modificaciones
al comunicarle la expresión de sus propias emociones y sus
actitudes corporales más características. De entre todos
los proyectos, Lucy seleccionó el engrifado boceto de Alain,
un estudiante de tercer año de diseño de vestuario,
y este fue realizado en el propio taller, con empleo de lienzo crudo
cubano, por su sastre asistente Peter Cox.
El modo en que se presentarían los resultados del Taller en
el Pabellón Cuba, el día de la inauguración de
este espacio como una de las sedes de la Bienal, era una incógnita,
aún para los que organizamos del evento. El modo intensivo
en que se trabajó no dejó tiempo para la elaboración
de "puestas en escena" o ensayos. La diversidad de las propuestas
--ropa de uso común, pintura corporal, obras bidimensionales, performances .-- hacía difícil concebir un
"desfile" al modo tradicional. Minutos antes de la apertura llegaban
desde la Casa de la Obrapía la mayoría de los integrantes
del taller portando la ropa que recién habían terminado
--algunas sobre sus propios cuerpos, otras en las manos-- para probarlas
al público asistente.
Los diseñadores que optaron por propuestas más glamorosas
--Liudmila Rosario, Yosvany Martínez y José Luis González--
vestían en un improvisado camerino a esbeltas modelos, que
portarían abanicos gigantes pintados por María del Pilar
Reyes, harían alusión a la vegetación de patios
y parques citadinos o a las cenefas murales de la arquitectura colonial-
mientras; modelos masculinos se colocaban t-shirts con enigmáticos
estampados de controladores digitales concebidos por el fotógrafo
Néstor Martí, quien se disponía a documentar
fotográficamente lo que estaba por ocurrir. En algunos stands
, se ubicaban los diseñadores de Arteylla --con su variada
propuesta de t-shirts inspirados por los ornamentos de nuestras
más bellas construcciones deco--; Estella Estévez --con
sus diseños de ropa atípica para perros, y blusas recicladas,
dedicadas a los humanos, en las que bordó simpáticas
figuras de canes-- y Lucía Fernández, con un grupo de
mimos que, vestidos con ropas creadas por ella, interactuarían
con los asistentes a la muestra.
Dolores, de Argentina, escogía a última hora, a una
mujer asistente a la exposición para que vistiera un especial
traje de novia "alegre y colorido como Cuba". Al entrar el numeroso
público a la que constituye nuestra más amplia y abierta
sala expositiva, y sonar una cadenciosa música que renovaba
ritmos tradicionales --desde el danzón a la conga-- se iniciaba
la fiesta, que eso fue la presentación: espontánea,
cálida, interactiva y extendida hasta altas horas de la noche,
cuando a las interesantes propuestas artísticas de la dominicana
Raquel Paiewonski (fotos y performance que inducían
a variadas reflexiones en relación con el sexo), se sumaba
la especial conjunción de danza, objetos en marabú y
pintura corporal a cargo del grupo camagüeyano Endedans --guiado
por Tania Vergara y Guillermo López--, quienes realizaron una
creativa indagación sobre la identidad nacional. El último
momento de la noche, cuando la atmósfera, quieta y penumbrosa,
resultaba idónea, perteneció a los artistas brasileños
Flaminio Gallageas y Patricia Gerber. Flamíneo expresó
a la ciudad como una carga, representada por una acumulación
de sillas viejas que ató y cargó sobre su espalda mientras
se balanceaba pacientemente en un sillón; Patricia reflejó
insatisfacción de necesidades a través de ropa primorosamente
confeccionada por ella en sus pocos días de estancia en Cuba,
piezas que resultaban atractivas e imposibles a la vez (pantalones
en los que no lograba introducir las piernas, blusa de mangas demasiado
largas, un vestido que contenía agua que ella intentaba inútilmente
beber). La originalidad del modo expresivo, su poesía y dramatismo
impactaron a aquellos que habían permanecido en el recinto
expositivo durante cuatro horas atentos a las variadas propuestas
del Taller.
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