







000
|
artículo
anterior / sumario / artículo
siguiente
ENSAYO
LOS ALTOS MANICOMIOS ROJOS
Verónica Pérez Vega
Habría que enloquecer, Wilhelm,
al ver que hay hombres sin sentido ni sensibilidad
para lo poco que tiene de valor en la tierra.
Goethe
Una noche yo miraba la televisión, cuando se me acercó mi hijo. Le espeté enseguida: “Sigue jugando en tu cuarto, esta es una película violenta”. Él reaccionó, muy asombrado, preguntando: “Entonces, ¿por qué la ves?”
Parece que no, pero es difícil. Me ha costado tanto explicarle por qué las personas fuman a pesar de la advertencia en la propia cajetilla, y adiestrarlo en los códigos de esta lógica adulta enrevesada, donde las palabras poseen no sólo acepciones sino matices de acepciones. Por ejemplo: matar. El concepto de violencia es tan relativo.
Hay lugares cerrados con paredes altas, preferiblemente en las afueras de la ciudad, donde lo que llamamos agresión es naturaleza. Ni siquiera como acto violento tiene mucho gancho: el vencedor se conoce de antemano, la oposición es casi nula, nadie la tiene en cuenta, los homicidios legales no son excitantes. Parece igual pero no, el cuchillo, los alaridos, la sangre, hasta el acto de desgarrar las fibras tiene en el matarife la exoneración de un cirujano, no importa si en vez de suturar, despedaza.
“No es lo mismo juntar que separar, romper que componer”, me diría mi hijo. ¿Cómo le explico? Las barreras subjetivas no tienen ubicación exacta: se pueden desplazar, se pueden omitir. Quizás por eso hasta las Sociedades protectoras de animales, instituidas con fines humanistas, excluyen de su radio de acción a los llamados animales de consumo, no hay diferencia ni en el caso de los cuadrúpedos, aunque esté demostrado que tienen idéntico sistema nervioso que un gato, un perro, o reaccionen al afecto como esas mascotas convencionales. Sin embargo, con agnóstica curiosidad la ciencia verifica que todos los animales sienten dolor y se cataloga éste un mecanismo vital para la autoprotección, propiciador del impulso de huir de un ambiente nocivo… si es posible huir.
OJOS QUE NO VEN…
Es bien cierto que uno no se identifica con lo que no atestigua o experimenta directamente. Y que se cree sólo lo que se desea creer. La vida es ya bastante ríspida sin imaginar que lo que comemos involucra sufrimiento a alguien (¿o algo?). Tal vez por eso hay teólogos obsesionados en probar la hipótesis de que los animales carecen de alma eterna. Se dice que a la sentencia cristiana de: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, Gandhi añadía: “Todo lo que vive es tu prójimo”. Se argumenta que la vida se alimenta de la muerte y la muerte de la vida, en un círculo implacable. Fenómenos como la esclavitud, el fascismo, el terrorismo, hasta el canibalismo, cualquier trasgresión de los tan trajinados derechos humanos, que establecen límites virtuales, imposibles de objetivar siquiera a través de la coacción de la ley, son sólo extensiones del uso de esa misma libertad.
En “El Evangelio de los Elegidos”, uno de los manuscritos completos, en arameo, que se conserva en la Biblioteca del Vaticano, pero no incluido en la Biblia, encontramos un testimonio de Jesús, anotado, según se afirma, por su discípulo Juan:
…Jesús respondió: “Así sea según quieren ustedes”, y se sentó entre ellos diciendo: “Fue dicho en tiempos antiguos: ´Honra a tu padre celestial y a tu madre terrenal para que tus días sean cuantiosos sobre la tierra´. Y luego se les dio el siguiente mandamiento: ´No matarás´, pues Dios nos da la vida a todos y lo que Dios ha dado no debe arrebatarlo el hombre. En verdad les digo que de una misma madre procede todo cuanto vive en la tierra. Por lo tanto, quien mata, está matando a su hermano, y de él se alejará la madre terrenal, y le retirará sus pechos vivificadores… Aquel que mata se mata a sí mismo, y quien come la carne de los animales muertos, come el mismo cuerpo de la muerte. Y la muerte de esos animales se convertirá en su propia muerte…
Los lenguajes indirectos nos parecen abstracciones, simbolismos. Y la interpretación es siempre plural. En esta era de robots, ciberespacio, niños índigo, incluso se designa a las palabras como “aberraciones” inexactas. Su manipulación, por el poder político o económico, ha desencadenado una promiscuidad de valores. La lapidaria sentencia “open mind” todo lo relativiza: nombre y acto. Esta parábola de la madre terrenal que hoy suena tan débil, ¿es acaso una alegoría de las enfermedades que aún el desarrollo de la ciencia moderna no consigue extirpar? Como un cáncer maligno, por cada cura que se encuentra aparecen nuevas patologías inescrutables. Patologías tan inteligentes, tan sofisticadas como la ciencia y la tecnología mismas.
Hoy no son secretos los beneficios nutricionales del vegetarianismo, como niveles inferiores de grasas saturadas, colesterol, y superiores de carbohidratos, fibra, magnesio, potasio, antioxidantes o los valores inferiores de índice de Masa Corporal (IMC), o menores tasas de mortalidad por accidente cardio-vascular; o niveles inferiores de colesterol en sangre, estadísticas en longevidad o niños con mayor capacidad de concentración, aprendizaje, menos enfermedades hereditarias como el asma… pero sí son barridos prudentemente por la maquinaria del mercado, las poderosas compañías productoras de carne, la tradición y, sobre todo, la indiferencia.
La propuesta vegetariana como una solución al problema del hambre mundial, ¿cuántos la conocen? Sin embargo se ha establecido una comparación entre las condiciones de espacio, tiempo y mantenimiento dedicados a 1 hectárea asignada a la crianza de una res, por ejemplo y al cultivo de soya (que por su nivel nutritivo ha sido denominada “la carne del siglo XXI”), mientras la res logra en dos años el peso requerido para el matadero, unos 400 kg, de ellos 290 se destinan para la alimentación. Es decir, una hectárea dedicada a la vaca produce 290 kg de alimento, mientras que, de ser destinada al cultivo de soya, produciría 6000 kg de alimento. De este modo, el espacio que produce 290 kg de un alimento en carne, produciría de 6000 a 12000 kg de alimento en vegetales.
La vertiginosa desaparición de las selvas obedece, entre sus causas esenciales, al criterio de la urgencia por fundar campos para el ganado. A esta paradoja de la carne, y al viejo mito de la proteína, podríamos sumarle la de que cifras exorbitantes de personas mueran en el mundo por hambre, y entretanto otros recuperen su salud con prácticas alternativas como el ayuno, asesorados por especialistas en nutrición, y testimonien como el novelista Upton Sinclair: “He hallado una salud perfecta, un nuevo estado de existencia, un sentimiento de pureza y felicidad, algo desconocido para los seres humanos…”[1] ¡¿…?!
He visto reportajes de terror denunciando tradiciones sustentadas en supersticiones insostenibles científicamente, como la de comer carne de gato o perro en algunos restaurantes de Corea del Sur, y bajo ese canon degradante, se les mata con procedimientos lentos, pues creen que las propiedades afrodisíacas de su carne solo se manifiestan a través del stress que genera la adrenalina emitida durante el lapso de tortura. Con cualquier ilógica enarbolada a ultranza, a los gallos de pelea se les coloca cuchillas en las espuelas, o persisten las loas al valor de un torero en un espectáculo atroz, o se apuesta por perros entrenados para destrozarse. O se denomina religión[2] a las prácticas que involucran sacrificios de animales, en ritos que no nos diferencian de tribus salvajes, (decantando tanta tecnología y conocimiento) con las mismas angustias ante lo desconocido, llámesele naturaleza o destino.
No obstante todavía oigo decir que la compasión es una cualidad exclusivamente humana. Da Vinci tal vez respondería a esto: “En realidad el hombre es el rey de las bestias, porque su brutalidad excede la de ellas. Vivimos de la muerte de otros, somos como cementerios andantes. Llegará un momento en que el hombre verá el asesinato de los hombres como ahora él mismo ve el de los animales”. Los records criminalísticos que contemplan un auge de delitos de sodomía, pedofilia, de redes clandestinas de prostitución, la naturalización de la pornografía, la sexualidad precoz, los índices de abortos, quizá nos estén indicando que desde hace siglos la humanidad eligió un atajo peligroso.
Tenemos la lógica del vivisector que en el laboratorio inocula enfermedades a animales para experimentar con su agonía soluciones posibles a las consecuencias de habernos auto-escindido de la naturaleza. Tal vez incluso enfermedades que ya se ha probado produce la misma carne: cáncer, tisis, osteoporosis, cálculos biliares, arteriosclerosis, artritis, embolias, triquinosis, cisticercosis, colesterol, diabetes… Se obvian advertencias acerca del consumo de animales atacados de enfermedades carbunculares semejantes al ántrax, que implican riesgos graves como fuertes inflamaciones en el tubo digestivo, o erupciones[3].
…´Mirad, os he dado toda hierba que lleva semilla sobre la faz de toda la tierra, y todo árbol en el que se halle fruto y dé una semilla que dará otro árbol; éste será vuestro alimento. También la leche de todo lo que se mueve y vive sobre la tierra será alimento para ustedes. Pero no coman la carne ni la sangre que la vivifica”.
EL HERMETISMO INTENCIONAL DE LOS INFIERNOS
Los mataderos son una escara en la civilización. Con sus muros altos para no ver, no oír. En la propaganda de suculentos hambergues, o infinitesimales recetas que contienen carne, no se incluyen jamás videos de cómo se procesan estos “productos”. Los animales no se ofrecen como se dice a los niños en la escuela con la frase cliché: “La vaca nos da su leche, nos da su carne…” al seguir la burocracia instituida para su vida, que termina en el matadero, cuando se aproxima ese momento, tratan de huir, tienen mucho miedo.
La avanzada teoría de los campos morfogenéticos, según la cual dentro de cada especie del universo, sea esta una partícula o una galaxia, un protozoo o un ser humano, existe un vínculo que actúa en un nivel subcuántico, permitiendo que una información pueda ser transmitida al instante, sin mediar efectos espaciales, nos dice que el animal que vive en un matadero respira su muerte desde que nace, a través de la muerte de los otros. Y ni siquiera una muerte calculada para evitarles el dolor, como sí se ha diseñado para el hombre con la horca, la guillotina, la silla eléctrica… El famoso ex-Beattle, Paul Mc. Cartney ha dicho: “Si las paredes de los mataderos fuesen de cristal, todos en el mundo seríamos vegetarianos”. La atmósfera de estos recintos del horror me recuerda a las películas que he visto sobre los campos de concentración, su pestilencia puede percibirse a una distancia de dos cuadras, incluso más, en dependencia de los vientos.
La imaginación de los guionistas que discurren monstruos exóticos para provocar en el espectador emociones fuertes, es una aproximación a lo que puede construirse genéticamente. La ingeniería avícola ha desarrollado un animal semejante al pollo, pero sin plumas, para evitar el desplumado, con poco hueso para que predomine la carne en su cuerpo, no se le permite hacer ningún tipo de ejercicio evitando que desarrolle músculos y su carne sea lo más suave posible. Viven hacinados en jaulas, de pie día y noche, sin el espacio mínimo, para echarse en el suelo, y a muchos incluso les crece la piel de las patas con la forma de los alambres incrustados.
En los mataderos de reses los animales son conducidos por pasillos angostos, entre el trato agresivo de los matarifes, hasta el lugar del sacrificio, donde ven cómo matan a los anteriores. Aunque en algunos lugares les disparan a la cabeza con una pistola de aire, que debe insensibilizarlos, la mayoría de ellos no están muertos, y así mismo son atados por una de sus patas a una cadena y alzados por una grúa para sufrir el proceso de desollado. Se les entierra una yaga en la yugular, con el objetivo de amortiguar los gritos y especialmente para recoger la sangre, que brota como desde una fuente, mientras son deslizados por la grúa colgando, de una sola pata. El desollador se coloca un poco más arriba y pasa su hábil cuchillo por donde pueda arrancar lo más posible de piel. Luego de desollados, y muchos aún vivos, viene el destajo, se les corta la cola, las patas… y al final la cabeza, justo cuando se le pone el sello de origen a la carne. Las vísceras, la sangre y mucho de lo que consideraríamos desperdicios se venden a otras compañías para fabricar subproductos como jabón.
En la producción agrícola se acelera la maduración de las frutas por medio de sustancias químicas, y así también se altera la naturaleza de las crías ganaderas con experimentos, generando como resultado una especie de bomba de hormonas y antibióticos, con abundante masa, algo de animal por las patas, los ojos… y el pánico. Los que mueren durante el crecimiento, son molidos y mezclados con el alimento que se les da a los sobrevivientes, lo cual atrofia su metabolismo, diseñado para una alimentación vegetariana.
Una persona que ha sobrevivido a un accidente, puede contar qué se siente ante la inmediación de la muerte. Cuánta excitación, cuántos desórdenes en el organismo, dislocado el sistema nervioso y segregando altos índices de adrenalina. Esas vibraciones no se disuelven instantáneamente cuando el cuerpo cesa de respirar. Un ejemplo de ello lo fue la llamada “enfermedad de las vacas locas”, o encefalopatía espongiforme bovina (EEB), y una prueba de cómo lo que consumimos por la boca pasa no sólo a nuestro sistema digestivo, sino entra a formar parte de nuestro sistema mental. Fue diagnosticada por primera vez en 1986 en el Reino Unido, y alcanzó dimensiones epidémicas debido a la inclusión en el pienso de harinas de carne y huesos producidos a partir de desechos de animales, lo que afecta al cerebro de las reses y, en una silenciosa cadena, a los que consumen esta carne infectada, creado la consabida alarma social. En cárceles de Inglaterra, se han realizado experimentos, con prisioneros de alto riesgo, a los que, introduciéndoseles una dieta vegetariana, han disminuido su nivel de agresividad.
Es un hecho que los animales más fuertes de la Tierra son vegetarianos, y, por extensión, pacíficos. Es un hecho que aquello que tenemos que perseguir, amarrar y silenciar con golpes… no nos pertenece. ¿O no se fundamentan en esa misma lógica muchos incisos de nuestras leyes civiles?
Entretanto, la ciencia se preocupa seriamente en escrutar los niveles de sensibilidad en plantas, insectos, se fabrican instrumentos caros y complejos para detectar las señales de alarma invisibles, inaudibles, que estas formas de vida emiten ante factores de peligro. Estos niveles han sido clasificados por otras culturas en cinco elementos, o tatwas: tierra, agua, fuego, aire y éter, se plantea que el ser humano posee los cinco en plena actividad, mientras que los animales y plantas, en orden ascendente, tienen dos, tres, hasta cuatro en el caso de los cuadrúpedos, que es el más semejante al hombre.
Con la respuesta heredada de que “es la Ley de la vida”, por omnívoros materialistas, agnósticos o hasta cristianos, se omite la existencia de textos como “El evangelio de los Doce”, editado por primera vez en el año 1902 por el reverendo G.J.R. Ouseley, y tampoco incluido en la Biblia, donde aparecen episodios que muestran a un Jesús amoroso y compasivo no sólo hacia las personas, sino hacia los animales, una actitud conciliatoria con anécdotas que aún sobreviven de San Francisco de Asís, con la lógica instintiva de los niños o con la tesis de un Dios sin incoherencias donde la ética sinérgica de la naturaleza es un principio concebido para incluir y no para excluir: Y un día el Niño Jesús fue a un lugar donde estaba colocada una trampa para pájaros, y algunos muchachos se encontraban allí. Y Jesús les dijo: "¿quiénes han puesto aquí esta red a las inocentes criaturas de Dios? He aquí que ellos serán de igual modo atrapados en una red”. Y vio doce gorriones, que estaban como muertos. Y movió Sus manos sobre ellos y les dijo: "Id y volad y, mientras viváis, acordaos de Mí”. Se levantaron y alzaron el vuelo ruidosamente. En este mismo texto encontramos: …Sus padres, José y María, subían todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Celebraban la fiesta según la costumbre de sus hermanos, que se abstenían de derramar sangre, de comer carne y de licores. Una indicación similar se aplica a San Juan Bautista cuando se acota que se alimentaba de los frutos del guisantal y miel silvestre… Se conoce que la religiosidad cristiana, desde el gobierno de los Macabeos, siglo I y II AC estaba dividida en los Saduceos, los Fariseos y los Esenios, éste último un grupo separatista espiritual que hablaba el arameo y formó comunidades monásticas en los desiertos de Judea. Entre sus prácticas estaban la humildad, el amor, el rechazo a la propiedad, el trabajo duro, la inmersión interna (meditación), así como el bautismo cristiano, eran estrictamente vegetarianos y existió también una rama esenia que practicaba el celibato.
Toda intención de amor que nos habita…[4]
Es curioso como con las tendencias generalizadas del ego, la autonomía, el valor que sistemas actuales de pensamiento conceden a la experiencia directa, se insista tanto aún en lo irrefutable de los pasajes bíblicos, de los que está demostrado han sufrido alteraciones e incluso mutilaciones según la apreciación subjetiva de los traductores, o el mandato específico de omisión que recibían los correctores. Y resulta paradójico que en ninguno de los cuatro evangelios aprobados y difundidos haya una sola objeción de Jesús acerca del maltrato a los animales, ausencia que, como cualquier otra, es explicada con el pueril subterfugio de que Dios no permitiría la tergiversación de Su palabra. Bajo el mismo precepto se omiten alternativas mucho menos draconianas como estas palabras que se atribuyen al mismo Jesús en el “Evangelio de la Paz”, otro documento esenio, de los llamados Rollos del Mar Muerto.
...Jesús respondió: No busquen la Ley en las escrituras, pues la Ley es la vida mientras que lo que está escrito está muerto. En verdad les digo que Moisés no recibió las leyes de Dios por escrito: “Sino de viva voz” a través de la Palabra Viviente. En donde quiera que haya vida está escrita la Ley. Se encuentra en las plantas y en los árboles, en los ríos, en las montañas, en las aves del cielo, en las criaturas del bosque y en los peces del mar; pero sobre todo, en ustedes mismos. Porque en verdad les digo que toda cosa viviente está más cerca de Dios, que la escritura que no tiene vida. Dios no escribió su Palabra en las páginas de los libros, sino en el corazón y en el espíritu de ustedes. Pero ustedes cierran los ojos para no ver y tapan sus oídos para no oír. En verdad les digo que la escritura es la obra del hombre, mas la vida y todos sus ejércitos, son la obra de Dios. ¿Por qué no escuchan las palabras del Dios Viviente que está escrita en sus obras? ¿Por qué estudian las escrituras muertas que son la obra de las manos de hombres?
La visión de un animal “comestible” pastando inocente en un fragmento de hierba, me recuerda nuestra propia fragilidad. Que el hombre juegue a ser el Dios inmisericorde manejando la existencia de otros sin conocer él mismo la libertad, la felicidad permanente, tan expuesto al azar, los acontecimientos, el dolor físico y psíquico, como cualquier animal.
Generaciones de occidentales formados en sistemas laicos, fuimos educados sin el sentido de lo multidireccional. Hoy veo en la literatura, en el cine, hasta en dibujos animados, argumentos que plantean la opción de perspectivas individuales y las limitaciones de la subjetividad. Es importante no subestimar el hábito, como no lo subestima el monopolio del tabaco que permite ese enunciado casi abstracto, contradictorio, en la cajetilla. O las campañas pro-vegetarianismo, insignificantes, ante el concupiscente spot de una Mc Donald. Sin embargo, creo que la disyuntiva de conocer, de elegir, más allá de la inercia, la tradición, o la herencia, ha existido siempre.
En el aire del hoy se respira aprensión… y amenaza. El progreso material pone parche tras parche a una naturaleza violada, que reacciona abriendo abismos bajo nuestros pies y ante los que, con toda nuestra tecnología y previsiones nos defendemos como niños espantados.
Un solo vistazo a la condición actual del mundo es motivo más que de incertidumbre: la merma de ozono y el impacto de la radiación solar, las emisiones de gases de efecto invernadero, la dependencia energética… La aceleración en los cambios climáticos desemboca en inundaciones, sequías, plagas. Mientras se emiten pavorosos informes del Pentágono y se advierte de que el calentamiento global de la Tierra puede costar al mundo más que una Guerra Mundial, otros se debaten buscando razones para la esperanza. Bien o malintencionadamente se buscan conexiones entre estos fenómenos y los pronósticos de la Biblia: ...Y miré cuando él abrió el sexto sello y he aquí que fue hecho un gran terremoto; y el sol se puso negro como un saco de cilicio y la luna se puso toda como sangre. Y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra… y el cielo se apartó como un libro que es envuelto y todo monte y las islas fueron movidas de sus lugares. De estos supuestos cambios que se vaticinan tras el final de un día galáctico de 26 000 años, hay alusiones en los citados documentos esenios: y oscurecida será la luz del cielo. …los conductores extraviarán a sus pueblos y destruidos serán los conducidos. Y las brillantes ciudades serán destruidas, y yacerán ahí las bestias salvajes del desierto; se marchitará el heno, faltará la hierba y nada verde existirá sobre la tierra. Y habrá sobre las altas montañas y sobre las altas colinas ríos y torrentes de agua... También en testimonios de discípulos franciscanos, en el Mahabarata, en las Profecías mayas, la sexta, que anuncia la aparición en los próximos años de un cometa cuya trayectoria pondrá en peligro la existencia misma del hombre. Los mayas veían a los cometas como agentes de cambio que ponen en movimiento el equilibrio existente, para que ciertas estructuras se transformen, permitiendo la evolución de la conciencia colectiva. Y en las multi-interpretadas Profecías de Nostradamus, que también parecen anunciar para el mundo un parto más feroz que los de anteriores milenios. Quién puede asegurar o no que los fórceps han sido nuestra indiferencia.
NOTAS:
[1] Ayuno, la dieta máxima, Dr. Allan Cott
[2] La etimología de religión es el verbo latino ligare, que significa ligar, unificar.
[3]Vegetarianism and Occultism, C.W. Leadbeater
[4] Poema de Jaime Sabines.
|