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TEATRO
LOS
SIETE CONTRA TEBAS RELOADED
Andrés
Mir
Hay
obras en cuyo destino está marcada la resistencia a su concreción. Quizás entre
las más célebres se pueden citar el Fausto de Goethe o el Fígaro de Beaumarchais: las ambiciosas concepciones de los dramaturgos resultaron un
obstáculo para la puesta en escena. Históricamente, han sido diversas las
causas de las dilaciones, algunas porque la imaginación de los autores
sobrepasaba las capacidades técnicas o artísticas de producción, otras --las
más--, porque sobrepasaba la capacidad de asimilación de instituciones o
individuos en el marco de sociedades concretas. Los siete contra Tebas --LSCT--,
Esquilo revisitado por Antón Arrufat, podría considerarse por muchos una obra
difícil en ambos sentidos.
Y
cuando afirmo lo anterior, lo hago con la convicción de la necesidad de ir más
allá de la fatal coyuntura que lanzó al autor de la cima de un premio al oscuro
local de una olvidada biblioteca de municipio; el propio Antón se ocupó de disipar
esos fantasmas al recibir la condición de Premio Nacional de Literatura: “Si menciono este
hecho en público, después de tantos años y de tantos sucesos, lo hago con el
propósito de exorcizarlo. En una obra ilustre, Electra Garrigó, a esto
se llama una limpieza de sangre. El caso de LSCT es de conocimiento de
casi todos ustedes y subyace en este acto como un falso secreto. Permítaseme,
al menos por una vez, que este secreto singular deje de ser, y que pueda
asumirse ante y entre todos. No conozco otro modo más efectivo de ponerle punto
final. Después de compartirlo, seremos más libres y el aire será más puro.
Purgación o catarsis.” (1) Valdría la pena recordar las confesiones del propio
Arrufat a Jesús J. Barquet (2) para observar que si bien todo el proceso de
censura sobre Los siete contra Tebas tomó un cariz político acorde a las
concepciones de la época, su semilla no era más que un ajuste de cuentas
provocado por vulgares celos profesionales desde posiciones de poder: es la
única forma de comprender cómo se podía entresacar una supuesta disidencia y
magnificarla hasta el punto de merecer la censura del texto que apelaba a
valores universales. Treinta años después del suceso, la principal gestora del
escarnio, Raquel Revuelta --en una entrevista publicada en El Caimán Barbudo (3)-- amparaba su actitud en un aliento colectivo, planteando sin ánimos de
excusa que en la actualidad su proceder sería otro. El país entero se
abocaba a finales de los sesenta a un combate ideológico cuyas causas,
condiciones, impacto y trascendencia se debaten más o menos públicamente, con
mayor o menor intensidad, desde hace casi dos décadas. En medio de ese combate
se careció (premura, ignorancia, coyuntura o temor) de reflexión cuando debió
haber sucedido exactamente lo contrario. De haber existido esa meditación --no
pido que valiente, simplemente profunda y honesta-- la obra no hubiera demorado
treinta y nueve años para ser considerada como representable en nuestro país: la
habría estrenado Teatro Estudio bajo la dirección de Armando Suárez del Villar
en el lejano 1968, tal como debió ser.
Es
por eso que no me atemoriza plantear que la “dificultad política” de LSCT no era tal y por tanto (si bien merecen análisis --no con retrógrados ánimos de
revancha sino con visión clarificadora de porvenir-- todos los procesos que
hicieron posible la sucesión de tales dislates que lamentablemente han truncado
espíritus y talentos) no siento interés en ahondar el análisis en esta
dirección.
Pienso,
empero, que ésta es una obra difícil de representar. Al menos en las
actuales condiciones del teatro cubano, donde buena parte de los grupos carecen
de locales estables o bien acondicionados. En vez de caracterizarse cada sede
por el proyecto fijo que la habita, mediando propuestas de largas temporadas
donde se simultanean varias obras y se ofrecen funciones todos los días de la
semana, existe una red de locales pertenecientes al Consejo Nacional de las
Artes Escénicas o la pléyade de Consejos Provinciales, que cambia de inquilinos
periódicamente. Por supuesto que existen honrosas excepciones, con años de
temporadas estables, ofreciendo propuestas de altísima calidad, pero es de
lamentar que a veces una sala pequeña, malamente adecuada, donde no alcanzan
las luces o el equipamiento de audio funciona mal y se oye el ruido de los camiones
pasando por la calzada, sea vista por sus moradores como un tesoro invaluable y
sea motivo de orgullo. En tales condiciones de precariedad por supuesto que LSCT --obra que incluye gran cantidad de actores, coros, movimiento escénico-- se
torna difícil.
Y
claro, hay que vestir y calzar a todos, ponerles armas en las manos, darles una
escenografía desde la cual expresarse. Coser y cantar.
Parecería
--leyendo lo que escribo-- que basta con eso para llevar la obra a escena. Pero
es el inicio apenas: a consecuencia de la promiscuidad consecuente con la
citada trashumancia de locales, surgen reales problemas de elenco. La
preparación de los actores no es pareja, suelen confrontar serios problemas de
dicción, dominio escénico, o peor: se tornan témpanos desplazándose con
precisión de acróbatas por el espacio indicado por el director. Largos meses de
ensayos, de cotejar voluntades, revisar conceptos… y a veces, ¡ay!, para dos o
tres fines de semana en cartelera(4). Es realmente de admirar que aún con todo,
el teatro cubano siempre nos regale buenas sorpresas, lo que asumo como muestra
de la profunda reserva humana que antepone vocación y talento al rudo
cotidiano.
Después
de otorgada la condición de Premio Nacional de Literatura a Antón Arrufat,
ninguna excusa de carácter “político” impedía seriamente la puesta en escena:
sin embargo, pasaron varios años. Creo que de hecho la situación invertía el
signo; muchos --entre los cuales me cuento-- nos preguntábamos cuándo se darían
pasos concretos para darle vida a los personajes de Tebas.
Una
primera golondrina se asomó de repente, por el lado más inesperado: un
estudiante del Instituto Superior de Arte propuso como tesis todo el vestuario
y escenografía para la obra. Invadido por la utopía, Reinaldo Ortega no solo
pensó con rigor e intensidad el texto, sino que facturó una extensa galería de
objetos, puestos en función de apoyar creadoramente la atmósfera de los
acontecimientos. Partiendo de un estudio profundo de la indumentaria y el
armamento de la época y consciente de la importancia de una recontextualización
inteligente y rica en lecturas contemporáneas, Reinaldo buscó su materia prima
entre los desechos de la vida actual, subrayando así la recurrencia a lo
inmediato, lo aledaño, en casos de crisis: los habitantes de Tebas se arman
entonces con lo que tienen a mano dentro del cerco de su precariedad: las
armaduras son confeccionadas con fragmentos de latas, las cotas de malla con
chapillas de cervezas; las armas se fabrican con restos de maquinaria agrícola
desahuciada. En un intento de transmitir el estado de sitio, el opresivo miedo
que padecen los habitantes de la ciudad, el artista creó espantosas armaduras y
máscaras que aparecerían sobre los siete atacantes, presentados como demonios
invencibles por la voz de los espías. Sobre una especie de corredor o pasarela que
se alzaría sobre el público --sugiriéndose una posición de poder respecto a los
observadores--, Etéocles y Polinice enfrentarían el acero de sus espadas, que
al chocar, lanzarían chispas entre el estruendo de metales. Reinaldo parecía,
en su febril disposición, un fabricante que nos ofrece pararrayos para una
gigantesca catedral cuyos constructores todavía no piensan levantar. Conversar
con él, admirar las piezas, era como tocar con las manos un sueño.
Cuando,
al cabo de tres años, se anunció el próximo estreno de LSCT, altas
fueron las expectativas de quienes marcaban como una deuda de honor la
ascensión de la obra al escenario. No solamente porque se trataba del esencial
acto de justicia citado por Antón en el estreno, sino porque la sabíamos --como
ya lo dije-- una obra difícil. Más allá de la curiosidad, esperábamos una
puesta en escena acorde a ese texto donde se juntaba sabiduría secular con
resonancias contemporáneas, y Mefisto Teatro, bajo la dirección del
experimentado Alberto Sarraín, se propuso este desafío.
Personalmente,
me congratulo en extremo que este paso haya sido dado. Era como una cerradura,
en gran medida mental, que la sociedad cubana necesitaba abrir, y de ser
preciso, a la macedonia manera de Alejandro, forzar. Acudí –más interesado que
escéptico—al estreno, sabiendo que no es esa la ocasión ideal para juzgar una
puesta en escena, y, sin embargo, la realidad me llevó por caminos que
francamente no esperaba.
La
primera sorpresa me acudió cuando, tras las palabras de Antón que concluían con
el anuncio de los tres toques que inician la representación, irrumpió un reggaetón como fondo de movimiento para los actores, vestidos a la usanza actual. Si bien
me parece un elemento esencial de la obra el acercamiento al hoy, la fundación
de una estructura de puentes entre el clásico, la versión y las dos realidades
que marcan el libreto --año 1968 y año 2007--, el uso de un ritmo que en estos
momentos está en el centro de un intenso e importante debate cultural sobre
identidad, banalidad, mercado, ética, no solo simplifica las lecturas posibles
de esa escena, sino que francamente las desvirtúa, a la vez que nos ofrece una
imagen demasiado concreta pero nada halagüeña de la condición de los futuros
sitiados. Y peor. Se escinde inmediatamente del resto de la puesta, no
solamente por el cambio de la banda sonora y el vestuario, sino porque se
descontinúa, el recurso no tiene trascendencia. No empasta con ninguno de los
múltiples y ricos referentes culturales que Sarraín --como representante máximo
del montaje-- va lanzando durante el resto de la representación. Fantaseando un
poco, si esto es válido en un texto crítico, hubiese sido preferible un ritmo
afrocubano: hubiese enfocado más la percepción en nuestro espacio insular,
otorgado trascendencia temporal y hubiera engarzado magistralmente con la
representación de los espías, ataviados como ibeyes.
La
espléndida escenografía de Jesús Ruiz francamente incendió mi imaginación. De
excelente factura, permitía el libre desplazamiento de los actores por sus
estructuras. Sin embargo, esa condición fue subutilizada: el grueso de las
acciones se suceden en el centro de la escena, apenas se utilizan las
escaleras, nadie escala los muros y las torres. El protagonismo semántico que
pudo haber tenido ese espacio se pierde, la puesta en escena convierte la
escenografía en simple decorado. Nada sucede sobre ese espacio o detrás
de él que indique la violencia del estado de sitio, su influencia sobre los
ánimos de los personajes, tanto principales como secundarios. Algo más
interesante sucede con algunos elementos del vestuario y la utilería: especial
mención requieren los espías y la descripción que se ofrece de los sitiadores
de la ciudad, enmarcados en una especie de carromato que a mí en lo particular
me sugirió la imagen de teatro ambulante, especie de caja china, representación
dentro de la representación. Los actores se trepan en él, le dan vuelta, le
abren puertas y lo rearticulan. Lástima que el carromato fuera tan pequeño y el
escenario tan grande.
Sin
embargo, la carencia mayor que tuvo la presente puesta la vinculo a una
incomprensión esencial de la atmósfera de la obra, muy vinculada a su sentido: no
logré percibir la columna vertebral del estado de sitio: no se transmite el
miedo pulsante en el texto, miedo que se acrecienta no solo por la cercanía de
la batalla a las siete puertas de la ciudad. Ese miedo no nos contagia. Antón
no describe a los sitiadores por gusto; la magnitud de la amenaza intensifica
la natural, humana y trascendente reacción de los sitiados. Ni las dotes
histriónicas de la excelente actriz Daysi Sánchez, en el papel de Antígona, la
salvan de que sus voces de terror pierdan cuerpo en medio de todo un
desarrollo escénico que no la ha llevado hasta la intensidad requerida. Yo
hubiera querido sentirme como sentado sobre agujas en mi luneta, haber deseado tomar
una espada para lanzarme a defender la ciudad, pero no fue así. En la sala
primó el aburrimiento cuando debió arder la emoción o cuando menos, reinar una
atención reflexiva: una carencia de intensidad en toda la puesta no le permitió
alcanzar la vibración del texto, que reitero, es difícil. Si bien se muestra la
confrontación verbal de Etéocles y Polinice, resuelta en un ambiente de referentes
insulares, con abanicos y fotos de familia incluidas, faltó intensificar la
confrontación a nivel físico, aunque me temo que con las espadas de madera que
blandían los actores, esa representación hubiera sido lamentable. No logro
evitar que la imaginación me lleve al choque de las espadas fabricadas por
Reinaldo Ortega, que hoy viven el sueño del óxido.
Aunque
prevaleció un nivel alto en las actuaciones, no todas fueron felices,
bocadillos perdidos incluso; padece además el teatro nacional de un exceso de
gestualidad frívola, proyectada con especial perseverancia sobre los brazos y
las manos, que por momentos vulgariza la acción más que recontextualizarla
--como supongo pretendía el director--, y esta gestualidad también contaminó
para mal el montaje de Mefisto Teatro.
No
quisiera que quien lee estas líneas se quede con un sabor amargo: a veces uno
blasfema de lo que pretende salvar. La obra no concluye en su primera
representación, prefiero ver este suceso como una segunda golondrina de una
primavera que aún está por llegar. Aunque no creo que LSCT tenga todavía
la puesta que merece, un paso importantísimo ha sido dado, paso que involucra
un pensamiento colectivo y su relación funcional con el sistema de
instituciones teatrales en Cuba. Estoy seguro que a la tercera será la vencida,
y si corresponde al propio Alberto Sarraín y Mefisto Teatro alcanzar esa altura
en un futuro intento, bienvenidos sean.
Hace
varios días coincidí con Antón y él me preguntó si había asistido a la obra: le
respondí que estaba escribiendo un texto y le adelanté su signo. Él sonrió:
--Escribe. Lo importante es que se hable--. Entonces, concuerdo, se impone la
acción. La mía al teclear este artículo y compartirlo, la de los implicados,
presentes y futuros, al llevar la obra a escena. Los ejércitos de Polinice
avanzan sobre la ciudad, el cotidiano sobre nosotros.
NOTAS
(1)
Las palabras leías por Antón Arrufat durante el acto de premiación fueron
publicadas en la edición No. 17 de Esquife.
(2) Antón Arrufat habla claro sobre Los siete contra Tebas, entrevista
realizada por Jesús J. Barquet.
(3) En la entrevisa, Raquel Revuelta responde textualmente a la pregunta sobre su relación con la censura de LSCT: "Quizás ahora no piense lo mismo de esta obra. Pero había que ver el momento en que vivíamos. Hay que juzgar al hombre en el momento en que vive. Voté en contra de Los siete contra Tebas honestamente. Antón Arrufat es alguien a quien admiro, trabajaba entonces con nosotros en Teatro Estudio. Nunca más leí la pieza. Pensándolo ahora, voy a releerla." Revista El Caimán Barbudo, No. 303, marzo-abril 2001.
(4)
Si, ya sé: lo que importa es el proceso.
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