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edición ilustrada con obras de Luis Abreux
ENSAYO
INXILIOS
Julio Pino Miyar
Comienzo estas líneas
invitando al lector para que me acompañe a meditar sobre la palabra que le da
título al artículo. Texto en el que intento acercarme a la etimología imposible
de un vocablo completamente inventado, en esa sonora soledad donde todo creador
es como una suerte de Penélope, condenado a hilvanar y deshilvanar
infinitamente su propio lenguaje. Del mismo modo que la reina de Itaca, según
nos cuenta La Odisea, lo hacía cada noche con su tela mientras escrutaba
con incertidumbre el oscuro horizonte mediterráneo.
No son casuales los referentes mitológicos a los que acudo, para
con ellos no sólo expresar la virtud que hay en la fidelidad que todo creador
le debe a las palabras, sino a las virtudes mucho menos reconocidas de la
paciencia y la perseverancia. Penélope no sólo fue virtuosa gracias a la
lealtad demostrada a su esposo, el astuto Odiseo, mientras fuera de sus
aposentos rondaban promiscuos los príncipes pretendientes; lo fue también
gracias a la paciencia más esmerada. Y del mismo modo que la reina en las
noches de su soledad desenhebraba agujas, cada autor tiene que enhebrar cada
día a la palabra: la hembra más fiel y avasalladora de su expresión.
Así estamos ante la palabra “Inxilios”. Escrita en plural porque
son varios. Cada uno de nosotros puede tener, si lo busca o así lo prefiere, su
propio “inxilio personal”, del mismo modo que abundan las glorias y los
infiernos particulares.
Cada comunidad latina ha tenido, aquí en Norteamérica, su propio
modo de asumir su presencia nacional. Su propia idea de la asimilación y la
adaptación. Su particularísima resistencia. Pero, no es a ese vasto exilio
histórico y social al que quiero referirme. Hablo de otra soledad y de otros
exilios. El exilio que algunos pensadores contemporáneos han llamado el “exilio
interior”. El exilio donde se refugia nuestra asediada subjetividad individual.
Por ende, el más humano y limitado de todos los exilios: el íntimo y adolorido
exilio de nuestra conciencia. En fin, el “Inxilio”.
Singular exilio, mas no por ello carente de vínculos con el exilio
populoso, cotidiano y difícil en el cual vivimos la mayoría de los hispanos, en
ciudades como Nueva York, Los Ángeles, Houston, Chicago, Miami...
El irlandés Jame Joyce acostumbraba a decir que existía un exilio
económico y otro espiritual. En mi más reciente artículo yo agregaba: ambos
exilios son correlativos. Por lo demás, el debate entre si los hispanos en los
Estados Unidos somos exiliados o inmigrantes no pasa de ser en el fondo un debate
semántico. Porque lo importante sería llegar alguna vez a definir qué es lo que
realmente somos, más allá del debate sobre el significado de cualquier vocablo
en uso.
Conversando un día con una escritora dominicana, volvimos al símil
de Penélope de Itaca, y mi amiga inteligentemente me comentaba: “En América
Latina hay, y hubo, infinidad de Penélopes. El largo período de la Conquista
dejó a muchas de nosotras paradas en el balcón por donde vimos un día partir a
los esposos rumbo a tierra firme. En los tempranos siglos XVI y XVII nacía así,
entre nosotros, la soledad histórica de la mujer antillana, latinoamericana. Y
con ella quedaba culturalmente abierto en América, el espacio interior donde
puede solazarse nuestra íntima subjetividad. Es que para mí resulta
insoslayable la raíz femenina de toda subjetividad. En ella es que radica el
Yin original y perpetuo de cualquier inxiliada soledad”.
Uno de los más grandes problemas que le tocará resolver con
justicia al siglo que recién acaba de comenzar, es el de las grandes masas
migratorias que se desplazan desorganizadamente desde el sur; buscando como
meta países de mucho mayor desarrollo económico situados generalmente al norte.
Un problema que, aunque universal y milenario, reviste en la actualidad connotaciones
muy especiales. Los exilios del mundo portan en todas partes una ineludible
raíz socio económica. Cada comunidad inmigrante es una población extrañada de
sí misma, la cual debe aprender a sobrevivir en el complejo border line. En los
que pueden coincidir la asimilación aculturalizada de los valores que les
impone la nación extranjera, en la que han alcanzado nuevo domicilio; y la
búsqueda allí, no necesariamente fallida, de una progresiva estabilidad
económica.
No obstante, lo que hay en nosotros de “inxiliados”, aunque puede
ser la concreta expresión de una problemática histórica que nos asalta en
nuestra frágil individualidad, es, a la vez, del todo correlativa a la
particular condición existencial de cada cual. Cuando en 1942 el escritor
franco argelino Albert Camus publicó El extranjero, estaba creando los
antecedentes literarios que narran la inadaptación cultural. Camus creó con su
obra un postulado existencial, el cual no es para nada transitorio. Ser
extranjero es una postulación radical, imposible de negociar en ninguna de las
cancillerías del planeta. Ser extranjero, aunque es, como hemos dicho, una
circunstancia cultural que puede muy bien aludir a un exilio real, define mucho
más una condición psicológica, una característica intrínseca de nuestro
espíritu, que el simple hecho de no haber nacido y no haber sido educado en el
país donde se vive. Ser extranjero no es un atributo accidental del ser humano:
es, por el contrario, una realidad axial de la existencia que describe el hecho
de no poder pertenecer a ninguna parte. Se es extranjero como se es judío.
Mas regresando de nuevo a la palabra misma: “Inxilio” pudiera ser
traducido del mismo modo que se entiende en inglés el vocablo inside con
su sufijo in. Hacia dentro, en el interior. Pues obviamente la palabra
“inxilio” es un término aculturado. Opera como si fuese un anglicismo creado
por el ocio de algún intelectual inmigrante. Debo admitir que el término no es
de creación mía. Lo pude ver alguna vez citado en El Nuevo Herald por
una crítica de arte de paso. En La Habana me aseguran que fue creado allí.
Inxilio a domicilio. Inxilio dentro del exilio. Escritor exiliado de su propio
exilio. Exiliado en sí mismo. Acuclillado en el rincón de su inxiliada
autoconciencia. Exiliado en el inside
de myself.
Algo ha fracasado en todos los exilios. Algo, incluso, fracasa
siempre en el soterrado interior de nuestra conciencia. Cuando el filósofo
español Ortega y Gassete quiso explicarnos, en uno de sus mejores libros, el
concepto de Modernidad, la tradujo al lenguaje de la historia como pérdida
progresiva de legitimidad. Han existido varios momentos de la historia en que
el hombre ha sido contemporáneo de su propia Modernidad, de su propia
deslegítimidad. La encontramos en la época de la diáspora helenística, y la
encontramos en el período final del Imperio Romano de Occidente. Esos dos
momentos anteriores --pudieron existir otros--- han sido correlativos a una
gran crisis civilizatoria, que en el orden espiritual sacudía a las
instituciones culturales y religiosas, y, en el orden humano, provocaba una
enorme dispersión social, la cual ponía en entredicho el sentido de la vida y
el papel del individuo en la comunidad. En ambos momentos se asistió a oleadas
migratorias y a la constante interacción, muchas veces traumática, de
disimilares culturas.
En la época actual, el llamado “inxilio” nuestro de cada día
conforma una entidad social, nada especulativa, porque parte de la vívida
experiencia de un exilio real. Máxime un exilio tan singular como el de los
Estados Unidos. Un país donde ni siquiera se puede ser considerado un
extranjero. Lo que sería un término separativo, y a la vez compensativo, ya que
sería como delimitar y al mismo tiempo reconocer una singularidad real en cada
inmigrante. Por el contrario, el término “inmigrante” estandariza. Niega
paradójicamente toda singularidad real: el de ser alguien que esencialmente no
es de aquí. El término “inmigrante” busca implicarnos en una concepción
globalizada de lo que muchas veces no somos, o no queremos ni necesitamos ser.
Y desde esa macro concepción se imponen gustos, apetencias y
razones para explicar por qué estamos aquí. Y es que esa macro concepción sabe
operar como una imperativa ideología silente. Cada inmigrante se convierte en
la práctica, de este modo, en activo expositor de supuestas verdades
pasteurizadas. Cualquier argumentación de peso frente a esto no puede ser
tomada en cuenta. Entre otras cosas, porque no hay tiempo.
Para decirlo con palabras de Albert Camus, pero haciéndolas
extensivas a nuestra contemporánea y dolorosa Modernidad: "Si un hombre
fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo".
Para casi finalizar este artículo: El “inxilio”, como toda
condición de la conciencia, presupone una medida propia del tiempo. En nuestros
países de origen, el tiempo y las mareas no esperan a nadie; sin embargo, aquí
en los Estados Unidos, el tiempo posee para el inmigrante otra unidad de
medida. No es que sea más corto o más rápido que el tiempo habitual, lo que en
realidad ocurre es que tiene otra forma de manifestarse en nuestras vidas. El
Inxilio, como el mundo, es ancho y ajeno. Y a quienes les ha sido dado habitar
su tiempo, oscilan dramáticamente en él como quienes van, sin solución de
continuidad, de la esperanza al cinismo.
El tiempo humano, el tiempo psicológico de todos los días, devino
en materia de reflexión filosófica desde la época de los primeros cristianos.
Fue para ellos entendido como una intuición y una actitud de paciente espera.
De esperanzadora soledad, que había que ir llenando de alguna forma. El oficio
del escritor que quiere habitar su lenguaje como se habitan las patrias
originales del hombre, es uno de los tantos modos en que puede llenarse y
colmar de esperanza al vacío existencial, que muchas veces irrumpe con fuerza
en nosotros. Por eso la interminable tarea de desenhebrar y volver a enhebrar
cada palabra, cada fijeza, cada humana perseverancia, siempre en pos de un
sentido. En pos de la belleza que nos aporta el sentido. Intentando aquél punto
numinoso en que toda lengua, en que toda patria, se vuelven humanamente
habitables, universales, únicas y del todo concomitantes con otras patrias, con
otras lenguas...
Exilio, inxilio, desenxilio, todos los exilios; cada inxilio, cada
palabra, cada cuestión, cada fijeza, this
is the cuestion.
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