







000
|
artículo anterior / sumario / artículo siguiente
Edición ilustrada con imágenes de Enrique Wong
NARRATIVA
LA SALIDA
Francis Sánchez
“¿Lo buscarás?”, dijo ella como si no lo diera por sabido, en un tono que disimulaba una imposición, una orden precisa que, repetida un día tras otro, había perdido corteza hasta quedarse en pura lástima. Y por ella, porque de otra manera iba a permanecer despierta toda la noche como si a su cuerpo se le hubiera extraviado el alma, ensillé el caballo y salí tras el rastro de mi padre.
Por los bordes del cielo declinaba la tarde en que ambos nos sentíamos definitivamente agotados. Él, sin fuerzas, harto de que lo esperase en casa el mismo escándalo, gritos que lo obligaban a correr de un lado a otro y meter la cabeza en cualquier hendija, una almohada o un chorro de agua fría, para no escuchar, no que yo había heredado sus telarañas, que andaba siempre con la cabeza en las nubes por su culpa. Y yo, cansado de hacer lo que hacía, buscarlo sin pensar cada tarde entre la valla de gallos, el bar y las casas de juegos, y borrarle la espuma de la boca y traerlo montado delante, agarrándolo por abajo de los hombros como un saco o una caja grande que podía romperse.
Cuando parecía más ausente entre mis brazos, de pronto me quitó las riendas de las manos, detuvo el caballo y me mandó a bajar.
Dijo que entre él y yo no había secretos y, “mira, para que veas”, haría una demostración. Entonces, sin preámbulo, se puso a hablar sobre mis deseos más íntimos, incluso juramentos, decisiones tomadas ya, se los sacaba de la boca como quien prueba a tirar un juego de barajas. Mencionó el plan de fuga. Dijo estar al tanto sobre el bote que un grupo de amigos armábamos dentro de la cueva en la desembocadura del río. Y me encaró: “¿Qué nos dejarás? ¿Un garabato en una carta? ¿El ruido de un teléfono?”. Se sentía perdido, en medio de un mar picado, olas demasiado oscuras y enormes. Ni siquiera la muerte era el peor castigo inminente, abuso mayor veía en quedarse luego flotando en la nada, sin saber, sin noticias. Aquella voracidad del océano a veces no dejaba como consuelo ni un pedazo de madera, una marca o una simple sombra en la arena a donde llevar flores.
“Uno es así, necesita ver y tocar esa parte del cuerpo que le duele”, dijo, y me pareció una oración demasiado larga para la cantidad de alcohol que a esa hora debía correr por sus venas. Nublaban su ánimo ciertas historias que se contaban sobre gentes que se habían quedado convertidas en fantasmas y vivían siempre caminando por las playas y llamando a gritos a sus hijos, con los ojos comidos por el sol.
Dentro de aquella reprimenda había un matiz, un temblor de una sinceridad distinta al hombre que yo creía conocer, cierto afán moralizante, quizás como palabras prestadas. ¿Trataba de convertirse otra vez en aquel héroe que yo no había tenido tiempo de ver en acción, joven, pudoroso y soldado a tiempo completo?
Ella intentaba que en la casa no se notase su ausencia masculina. Si percibía que yo pasaba el límite del fastidio y la iba a acusar por desperdiciar su vida, entonces dejaba claro, adelantándose siempre a las sugerencias de hacer borrón y cuenta nueva, que cuando se enamoró de él era otro hombre, y si ahora estaba así sería precisamente porque había echado las entrañas en la guerra. No obstante, por respeto, en la casa nunca hablábamos sobre aquellas batallas que dejaran cicatrices en su piel como oscuros cometas. Aunque él mismo introdujera el tema de las glorias pasadas, ella evitaba entrar en detalles, ¿para no hacerlo sentirse más culpable o más consciente del cambio hacia su estado actual? Quizás allí, debajo de la superficie imperceptible del pasado, lo acecharía algún instante de duda o miedo. ¿Quizás el secreto abandono de un combate? ¿Alguna vieja herida que podía volverse a abrir?
Con el nivel de concentración de quien desarma un juguete, dijo que existía una forma de miseria inclasificable, peor que la muerte que es sólo un corte a ras. “No estar marcado”. Quedarse, vivo o muerto, sin algo que te manche y borre la cara, algo en qué ser envuelto, creo que eso dijo, como el trapo de una bandera o la confusa memoria de alguien que te vio pasar un día.
Asco me daban las huellas en la ropa cuando lo recogía: vómito ligado con tierra de los lugares donde se divertía y rodaba a veces dormido. Sentía asco y al mismo tiempo vergüenza de sentir asco por mi padre, al punto de que había optado por no pensar en él, ni verlo, aunque lo abrazase y me lo echase a cuestas.
Si discutían, ella gritaba que prefería saberlo muerto de una vez por todas, se culpaban, y él no disimulaba incluso su impotencia, un total rechazo a la nada y a la suciedad. Por lo general, aparte de dormir, la mayor parte del tiempo que permanecía dentro de la casa era preparándose para volver a la calle: en el baño, echándose agua con un jarrito, o frente al espejo, gastando el agua de colonia.
Me contó que ella también veía venir mi fuga, y por eso lo soportaba cada vez menos, porque lo acusaba a él, porque creía que mi perdición consistiría sólo en el resultado inevitable del mal ejemplo de una vida dilapidada entre gallos, putas y alcohol. Y halló tiempo aún para hablar en defensa propia: sería la suya una vida común y corriente, tratándose de un hombre sano, fuerte y mucho más joven que ella.
Miró alrededor, en silencio, apoyándose en los estribos. La respiración del caballo me infundía calma. El animal parecía congelado entre sus dos piernas.
Pequeñas salpicaduras de alcohol amarilleaban su rostro. Y daba la impresión de que se había llevado todo el aire a los pulmones, de pronto, cuando habló. “La vida es sólo un golpe, hijo. Huye.” Quedé inmóvil por abajo de la cabeza del animal, tieso como un hilo parado sobre una punta. Escupió al otro lado y, bajando la cabeza, me pidió perdón.
La política de tierra arrasada expandía sobre el país un silencio sepulcral. Campesinos desalojados, expulsados de sus fincas y encerrados en las ciudades, morían como moscas. En esas condiciones muy pocos eran quienes querían mantener la llama de la insurrección, cada vez menos, sólo una banda de famélicos que a duras penas lograban hacerle frente a la brisa. No se encontraba alimento que llevar a la boca, ni hombres para sustituir a los caídos. De este modo, con hambre, los colonizadores iban a ponerle fin a una discordia que no sabían ganar a cuchillo. Entonces, en una punta de las montañas, formaron un círculo los negros, esclavos prófugos de los ingenios, para quienes la rendición y el regreso significaría algo más insoportable que una simple melladura al amor propio. Hicieron las paces entre sus deidades, que hablaban lenguas diferentes, y llegaron a un acuerdo al ritmo de los tambores. Tendrían una última oportunidad en aquella guerra. Desde ese momento, podrían volver quienes murieran en combate. Si el cadáver de un insurgente era rescatado y recibía sepultura, tres días más tarde se le permitiría desandar el camino entre la vida y la muerte, salir, pararse otra vez encima de la tierra para alcanzar a los suyos y reincorporarse a la lucha desigual. Pero —y este fue el único juramento que aquellos espíritus salvajes quisieron arrancarle a sus devotos—, al acabarse la contienda cada muerto debía retornar sobre sus pasos, en busca del agujero que había dejado en la tierra.
Para el final de la historia ya el sol se había ocultado y él permanecía recto, sosteniendo la rienda en un puño y mirando hacia el horizonte, donde apenas se distinguía el reflejo intermitente del agua.
Con una pregunta, intentó devolverme al lugar en que permanecíamos uno frente al otro. “¿Tendrás idea de lo que pesa la tierra?”. Hundió las manos en los bolsillos. Primero me entregó un frasco de perfume, lo puso entre mis dedos con mucho miramiento, como si tuviese la tapa floja, después una cadenita de oro, un espejo, un peine y billetes y monedas. Hizo un montoncito en la palma de mi mano con las últimas monedas que le quedaban de las apuestas.
Intentaba tragarse las lágrimas casi antes de que salieran por sus ojos, pero lloraba, como lloran todos los borrachos, sin consuelo, como un niño. Y antes de que yo fuera a hacerle otra pregunta, azoró el caballo y desapareció entre los árboles.

|