No. 64, enero del 2009
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ENSAYO
DONDE NO SE MENCIONAN NI LA BIBLIOTECA NI EL FARO DE ALEJANDRÍA
Francis Sánchez

Trabajar en un faro...“Trabajar en un faro”, me recomendó un amigo. Era la vida ideal --convenimos esa vez-- para un escritor. Abrigué tal esperanza de “inserción” social por algunos meses. Hicimos averiguaciones, hablamos con gente que tenía contactos. Supimos el caso de un anciano farero en los cayos que quería jubilarse. Clasificaban entre grandes y pequeños por su diámetro luminoso, situados en tierra firme o distantes mar adentro, visitables a pie o abastecidos con embarcaciones. Parecía una panacea. No tenías que perder tiempo en forrajear comida o calzado, te llevaban allí lo necesario para subsistir y que pudieras ocuparte de la lucecita. En una torre, aislado, dejabas atrás aquel “mundanal ruido” que Fray Luis de León conjuró como una forma del Maligno, gozabas plena soledad, sobraba tiempo. Tanto espacio imposible de cubrir se revertiría en intensidad, en centrarme en un punto y la necesidad de salir y extenderme a través de la imaginación, para lo que bastaría con cargar mi biblioteca y escribir, escribir. Nadie iba a acusarnos por parasitismo social mientras el ojo de la torre se mantuviera abierto y brillante. Pero esta utopía, claro, fue sólo eso, lugar en ningún lugar. Investigaban a los aspirantes, se necesitaban personas con múltiples habilidades para encarar la autosuficiencia, y nuestra juventud no daba muchos créditos, menos la literatura.
Conjugar la paz interior y el diálogo que potencia a la persona, compensar independencia espiritual y conocimiento ecuménico, es una de las utopías en que se han sintetizado históricamente las búsquedas y discusiones de la figura del escritor, su persecución de un destino o un lugar en el mundo. Consiste en una alternancia más simple, entre dos líneas constructivas o estructuradoras de la vida: aquella que dilata el ancho social y la que apunta altura y profundidad en el individuo. Sin embargo, espoleaduras no acumula el escritor sólo por su propio afán de partirse en dos, expandirse y ahondar, estar y ser. Sobre literatura y libros, con razón, todos se hacen opiniones equiparables a avisos de cetrería, leyes y normas morales, así como de las orejas del escritor, con fuerza, todos tiran. Debe ser porque todo el mundo usa comúnmente torres y puentes y, más que saber, experimenta, palpa lo costoso que habría resultado cualquier error de cálculo de los arquitectos, que nadie se atreve a opinar gratuitamente sobre arquitectura. Debe ser porque, por el contrario, el libro es aquel molde de donde el hombre se ha sacado a sí mismo.
El escritor, si no es una monstruosidad anfibológica, escribe, hace libros. Son nuevos espacios insertándose en el mundo, lugares que --a diferencia de los paisajes naturales que conocemos-- nacen habitados. Que contienen, como creen los cabalistas acerca del templo de Salomón, las proporciones de toda la humanidad volcada en su diseño y reconocimiento. Pero no parece esta la única consecuencia aplicable al oficio del escritor, ante cadenas de causas y efectos que pueden empezar o simular que empiezan con cualquier obra publicada. ¿Y qué hacen los libros? Nos cambian el mundo. Aunque sea para una sola persona --autor, lector--, o por breve momento, algo cambia. Y, a su vez, ¿qué nuevos espacios, atmósferas y lugares construyen los libros? Tan pronto ciertos ejemplares se juntan y forman una ciudad, surge una literatura, mitifican el ambiente que sazona cuando rezuma el jugo de los signos, todas las cosas se transubstancian y ciertos hábitats adquieren extraña y trascendida condición. Es lo que permite a un terreno llano y apenas accidentado como La Mancha, por ejemplo, poblarse de gigantes que ya serán vistos siempre asomando en el lugar de tediosos molinos. Por eso, a unos libros se les llevan en andas por plazas, a otros se les mutilan las partes con que incurran en pecado, y los hay inválidos a los que se les agregan prótesis de exégetas y aduladores. Por eso, a unos se les aborta, a otros se les induce el parto; algunos alimentan polillas o la hoguera, otros aparecen en televisión.
La conquista y colonización de América no se sostenía tanto por la espada como por el misterioso mandato de la escritura: un aborigen podía petrificarse ante la idea de que la propiedad de las tierras y el destino de almas y pueblos fuera voluntad contenida en un libro al que se le sacaban infinitas copias. Arribó el germen de la libertad y la ilustración en los mismos barcos de la soldadesca, entre utopías de falansterios y decretos, en las bodegas, como viajaban las ratas. El paisaje --único “creador de cultura”, según José Lezama Lima: el mismo “viajero inmóvil” que definió a los cambios como la muerte-- en América movía cultamente plomada y cordel, establecía mitos y estimulaba mediante resistencias, dando forma y color a las edificaciones, dictando una escritura racional de la ciudad, expresión sólida del impulso ascensional del espíritu. Toda ciudad se resume en la torre, punto más alto y visible, eje vertical de defensa y comunicación. La torre --básicamente construcción más alta que ancha-- simboliza el cuerpo humano y el acoplamiento aguzado de las letras y las palabras con fin iluminador. No hay una ciudad firme hasta que no se funda el mito, se amalgama y traba un imaginario colectivo. Habiendo acumulado la humanidad un número de libros superior al de mosaicos o ruinas de ciudades y civilizaciones fundadoras, habitamos estratos y orbes culturales que se presentan a nuestra realidad “real” como vestigios de escrituras. En ese sentido, dos espacios he podido habitar cómodamente, en realidad dos metáforas, que me han mantenido fascinado en mi juventud y hasta hoy: “ciudad de libros” y “biblioteca de sueños”. Estas imágenes son dos construcciones, obras de un ciego, Jorge Luis Borges, quien las trajo al mundo mientras tanteaba las paradojas del “poder” al que Dios remitía a un escritor, en “El poema de los dones”: “De una ciudad de libros hizo dueños / a unos ojos sin luz que sólo pueden / leer en las bibliotecas de los sueños...” Me he sabido de memoria estos lugares, todo el tiempo los he repasado y recorrido, son extensiones familiares: “ciudad de libros”, “bibliotecas de los sueños”. ¡Qué fiesta, asistir a la posibilidad de estas figuraciones materializadas! Otras dimensiones de la realidad vividas sin vana alquimia, con la sencillez del común tropo poético que consiste en embutir realidad dentro de realidad, uniendo sustantivos mediante la preposición “de”.
Una carta del Tarot, la torre hendida por el rayo --color carne, acentuando la alusión al cuerpo--, recuerda el pecado de soberbia con que la tradición estigmatiza a quien abandona la manada para ponerse más cerca del cielo que de su propia base deleznable. Semejante aislamiento o “estiramiento” implica otro estigma: clausura, inmanencia. A escritores separados voluntariamente del prontuario público, se les ha acusado de vivir en una “torre de marfil”, pero, por otro lado, a escritores entrometidos con demasiada independencia en los contratos sociales, se les suele confinar, también, a una torre. Lo cierto es que está demostrado que a veces nadie vive tan al tanto del mundo, sus esencias y metamorfosis, ni irradia más significados, como el que economiza sus experiencias con apego a ciertas normas de distancia y selección. Incluso para la salud de los libros, a veces, resulta indiferente el camino que haya traído al escritor hasta allí, si el de la inquisición o el del ascetismo. Quevedo, poeta numeroso, encarnación de una sensibilidad unánime, plural, y de vida tan dilapidada, paradójicamente fue en el retiro de una “torre” donde vino a producir quizás sus mejores perlas, aunque no siempre lo deseara así. Primero se gastó una fortuna reclamando inútilmente la propiedad del señorío de la Torre de Juan Abad, después a La Torre fue desterrado en dos oportunidades, contra su voluntad, y por último, ya anciano, quiso retirarse a esperar la muerte precisamente en La Torre. Su encierro era en esencia el de la concentrada lectura, por lo que su celda se mantuvo siempre llena de un ruido universal, en que se resolvía el imposible babélico de emparejar tierra y cielo, comunicar esta vida y el más allá, así lo describió: “Retirado en la paz de estos desiertos,/ con pocos pero doctos libros juntos,/ vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos”.
El placer abstraído del lector que instaura la capacidad de reinvención, propone un modelo de vida, crecimiento personal y posesión en profundo de la ciudad: derecho al “encierro”, a la conversación, a la individualidad alambicada a través del gozo y la libertad de creer. Tomás de Kempis, monje y escritor en el Renacimiento --época del hombre descentrado, búsquedas, viajes, míticos Dorados, imperios, flotas--, quien legara testimonio del amor ágape, la Pasión salvadora de la humanidad --su devocionario Imitación de Cristo transformó la moral de legiones y movió al mundo--, selló otro tipo de conquista fugaz, íntima: “He buscado el sosiego en todas partes, y sólo lo he encontrado sentado en un rincón apartado, con un libro en las manos." Conquista pobre, imprime sentimientos y emociones, evita al mismo tiempo la “hendidura del rayo”, traición y caída a que mueven por su propio peso las glorias terrenales. “¡Oh, Roma! En tu grandeza, en tu hermosura / huyó lo que era firme, solamente / lo fugitivo permanece y dura.” (Quevedo) Los libros quieren introducir espacios de felicidad, rincones apartados, y para eso construyen hogares, y por ello inventan la ciudad: después, todo lo anegan. Para crear lectores, se juntan y multiplican los libros. Se propagan como el parpadeo pequeño de una luz por mares y desiertos de la vida. Bienvenida siga siendo, entre las fiestas y utopías, aunque sea por un breve momento, una ciudad de lectores, de torres. 


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Redacción: Jorge Enrique Rodríguez / Yanet Bello / Andrés Mir
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