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ARTES VISUALES
TEMAS Y VARIACIONES EN LA PLÁSTICA HOLGUINERA CONTEMPORÁNEA
(1959-2000)
Yurisel Moreno
I
Hablar de la producción de las artes visuales holguineras en las primeras décadas de la Revolución parecerá en buena parte, falto de sazón, más todavía si se trata de encontrar el camino por la que esta se inserta en los cauces de esa lograda contemporaneidad por la que han venido transitando dichas expresiones en la Isla. Y es que, tras poco más de dos siglos de pretendernos “ciudad” casi estériles y de espaldas, primero a la academia, luego a las discutidas vanguardias(1), viene a ser con el Triunfo de la Revolución que comienzan a darse pasos para impulsar un verdadero movimiento plástico en la región. Con una escasa y muy convencional antesala, en el propio año 1959 se crea la “Asociación de Pintores y Escultores de Holguín” un tanto para llenar el vacío de información y por la necesidad que tenían los creadores de organizarse y confrontar ideas. De vida efímera, contó entre sus fundadores con Jorge y Armando Hidalgo, Leonor Aguilera, Rafael Melanio, Argelio Cobiellas Cables, Argelio Cobiellas Cadenas, Raúl Robert, algunos de los cuales devendrían nombres de relevancia en el desarrollo plástico posterior.
El primer fruto de la enseñanza artística institucionalizada sería la Escuela Municipal de Bellas Artes “Pepa Castañeda” (1961), un año más tarde Escuela Taller “Juan José Fornet Piña” con un claustro y plan de estudios ampliado. A partir de entonces “la Academia” o “El Alba”, como mejor se le conoce hasta hoy(2), jugaría un papel decisivo en el desarrollo y promoción de las artes visuales del territorio. Responsable, en buena medida, tanto de su apego a la tradición como del intercambio necesario con creadores y especialistas de otras partes de la Isla en franco espíritu de renovación y actualización. Pero esto quedaría para etapas posteriores. Y es que las dos primeras décadas posteriores a 1959 demostrarían la escasa preparación creativa y de infraestructura que presentaban las artes visuales del territorio en el camino de reflejar las nuevas exigencias sociales que se sucedían en el país, lo cual fue superándose, sobre todo, en el orden morfo-conceptual.
La llegada a Holguín, en 1960, de la pintora y escultora mexicana Electa Arenal Huerta, es un momento en el que se abren nuevos horizontes, al tener un contacto más cercano con otra realidad. Llegan con ella los talleres de artesanía popular y, sobre todo, de escultura y cerámica.
A lo largo de esta década, en el Taller de Escultura se realizaron obras para emplazar en lugares públicos, sin sobresaltos formales ni conceptuales en cuanto a lo ya realizado, hasta donde se conoce(3). Los temas históricos vinculados al proceso revolucionario son trabajados con gran cuidado de la figura humana. Con la llegada de la primera graduación de la ENA en la especialidad y su vinculación inmediata a la Academia en 1972, es que se experimenta con nuevos materiales y técnicas. Lauro Echevarría, Carlos Parra, José Montero y Fausto Cristo serían los encargados de adicionar códigos neoexpresionistas a estilizaciones con filiación abstracta. Su empeño por renovar la estética hasta el momento asumida dio frutos en la fundación de un movimiento escultórico sin tradición que posibilitó luego su inserción en circuitos artísticos fuera de la provincia.
En el orden expositivo, si bien se carecía de espacios oficiales, devienen significativas las exposiciones “Tres dibujantes y un escultor”, en 1968, donde participan Jorge Hidalgo, Julio Méndez, Nelson García y Roger Salas; “Treinta originales matéricos”, de Armando Gómez, 1969; y “Hacer ver”, en 1970. Cada una en su momento, dio luces de renovación que pudieron haber producido un giro en las vertientes transitadas hasta entonces, pero no fue así. “Tres dibujantes y un escultor”, entre dibujos y xilografías de franca voluntad antiacadémica, expuso las primeras instalaciones efímeras vistas en Holguín, de la autoría de Roger Salas, propuesta que “provocó la más radical ruptura morfológica”(4), hasta entonces ocurrida. Por su parte, Armando Gómez se iniciaba en la abstracción con el uso de materiales poco convencionales (sacos de yute, nylon, arena, etc.) mezclados sobre soportes de madera, al tiempo de que abrían con ello un camino poco transitado por los artistas locales aún en épocas posteriores.
La postura transgresora de quienes integraron “Hacer ver”, se muestra en el propio acto de agruparse luego de quedar al margen de un mecanismo expositivo instaurado nacionalmente: el Salón 70, esfuerzo por recoger el trabajo realizado en los primeros diez años de la Revolución. Como toda selección, quedaron fuera creadores que hicieron allí su declaración de principios respecto a lo nuevo, a “hacer el lenguaje de nuestro tiempo en la plástica”(5). Entre ellos, Jorge Hidalgo, Julio Méndez, Nelson García, Elsa Serrano, Alexis Cisneros, Jorge González Velásquez, representantes de una nueva generación que intentaba establecerse. Dentro de los valores fundamentales de cada una de estas acciones estuvo el abrir los primeros espacios para la experimentación plástica junto a un criterio multidisciplinario de la creación. Experimentación que, según apuntan estudiosos como Ana Castro, quedó silenciada ante la imposición de una arraigada línea de expresión figurativo-realista. Esta situación no pudo ser cambiada siquiera por el arribo de egresados de la ENA (Escuela Nacional de Arte) o San Alejandro, que luego de ser formados por grandes maestros como Antonia Eiriz o Antonio Vidal, una vez en tierra natal quedaron atrapados por los presupuestos más convencionales. A esta actitud escaparon nombres como los de Cosme Proenza (temática histórica, reproducción de obras universales con fines didácticos), Eduardo Leyva (expresionismo lírico a lo Servando Cabrera) o Fernando Bacallao (pop, retrato y paisajes fotorrealistas). De modo que dos vertientes fueron claramente deslindables: una apegada a los orígenes, la tradición, resultando la más fuerte y oficial, preñada de elementos comerciales y propagandísticos aún al insertarse la temática revolucionaria(6) (Miguel Mayan, Argelio Cobiellas, José Macías, profesores de la Academia en su mayoría); y la de los jóvenes ya referidos con apertura suficiente como para asumir lo más actual de los lenguajes internacionales.
Así cierra una primera etapa que había incorporado en su andar al Taller de Grabado (1969), institución más que especializada, devenida núcleo de creadores e intelectuales del momento. De ese grupo nacieron los únicos cuatro números de Jigüe, revista cultural que integraba diversas manifestaciones con el fin de dar nuevas luces a la cultura local. En sus páginas publicaron desde Cintio Vitier, Eliseo Diego, hasta el nicaragüense Ernesto Cardenal.
La década de los ochentas, que en la nación rompe estigmas con Volumen I, al insertar lenguajes internacionales de mayor actualización en las simientes, ya viciadas, de nuestra nacionalidad, se inaugura con la creación de la Escuela Profesional de Artes Plásticas (curso 1979-1980). Ramiro Ricardo, su director hasta 1990, inicia una de las etapas más renovadoras y efervescentes. A pesar de que era obligatorio seguir lineamientos nacionales en el abordaje de las diferentes temáticas en consonancia con un riguroso dominio del oficio, con el nuevo plan de estudios se profundizaba en aspectos conceptuales y se estimulaba la investigación. Se comenzaron a realizar eventos teóricos, salones de graduados, también de profesionales, lo cual permitía el vínculo alumno-profesor. El intercambio se extendía a importantes especialistas y creadores del país que acudían a sus certámenes tanto como a otros que debutaban en la ciudad. Van despuntando nombres de estudiantes como Magalys Reyes Ricardo quien presentara el primer proyecto de grado dentro de la abstracción (1985-1986); o el de Rubén Echevarría Salvia con un lenguaje basado fundamentalmente en el uso de grafittis; mientras que a partir del curso 1987-1988 proliferan instalaciones, presentándose la primera acción plástica en 1989 por el estudiante Rafael Fuentes Rojas. En resumen y a decir de Ana Castro(7), “la actividad docente, metodológica, investigativa y extensionista llevada a cabo por la escuela en este período consiguió promover el desarrollo de un movimiento pictórico sin precedentes en el territorio. Estas acciones se vieron favorecidas con el retorno de muchos alumnos talentosos que ahora egresaban del ISA (Instituto Superior de Arte)”.
Como se ve, al hablar de efervescencia suele restringirse únicamente al ámbito pictórico, sin embargo hay que decir, que a la labor de la escultura monumentaria impulsada por CODEMA, también fundada en esta época, se adiciona el estímulo que dio la enseñanza artística al desarrollo escultórico, fundamentalmente de salón. El incentivo para la realización de obras tridimensionales y la experimentación con nuevas técnicas dio como resultado, en la segunda mitad de la década, la imbricación de diferentes manifestaciones (fotografía, pintura, diseño) con lo que la escultura de salón rompe conceptos y normativas tradicionales (tridimensión, perdurabilidad, buena factura). Cabe decir, en cambio, que fueron pintores los primeros en apropiarse se de estas técnicas, cítese a Fernando Bacallao, Lázaro Reynaldo, o al ya mencionado Rubén Echevarría. Resulta que, fueron pocos los muy buenos graduados de esta especialidad, mucho menos los que retornaron a la ciudad luego de realizar estudios superiores en el ISA, e incluso, en el extranjero. Unos, de los radicados en la provincia, se mantuvieron alejados de la práctica escultórica y otros se inclinaron hacia la realización de proyectos de ambientación y la escultura monumentaria.
Existe entonces una retroalimentación que se enriquece y refleja en acciones emprendidas por la luego AHS (Asociación “Hermanos Saíz”) que, en 1991, convoca a la primera exposición de Pequeño Formato convertida luego Salón de Pequeño Formato. Se inauguran centros especializados: 1983, Casa de la Cultura Manuel Dositeo Aguilera; 1987, la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba); 1988, FCBC (Fondo Cubano de Bienes Culturales) y el Centro Provincial de Arte, habilitado solo como sala de exposiciones. Sin embargo, las nuevas posibilidades para la promoción y comercialización de la obra de arte se ven limitadas por la falta de un criterio unificador y de colaboración para el eficaz desarrollo de las artes visuales en la provincia.
Dos actos fundacionales se alzaron como pilares del movimiento plástico de entonces: el Primer Salón Provincial de Artes Plásticas (1984) y el Primer Salón de la Ciudad (1987). Se hizo común que figuras como Raúl Martínez, José Veigas, Adelaida de Juan, José Luis Posada, Alberto Lescay o Antonio Eligio Tonel fungieran como invitados y jurados en cada uno de estos certámenes, elevando su rigor evaluativo. Tal influjo y entusiasmo acaso tendría que esperar a la década siguiente para ver sus mejores frutos, donde varían la representatividad de manifestaciones y riqueza en las propuestas, al menos en sus primeros años. Siguiendo las líneas del Nuevo Arte Cubano en los ochentas, si bien sus manifestaciones locales nunca resultaron miméticas, tampoco trascendieron ese límite geográfico. Véanse proyectos socioculturales como Arte en la Fábrica, que intentaba la comunicación arte-obrero; o el grupo Permutación que pretendía proyectar sus discursos fuera del marco galérico oficial, capaz de organizar y convocar un público a sus exposiciones con amplio consumo en toda la provincia.(8)
Se matiza este acontecer con el retorno de Cosme Proenza (en imagen: Apocalipsis I, 1986), ahora Master en Fine Arts, incursionando con incomparable maestría en el expresionismo; Jorge Hidalgo con sus humanizados monstruos neoexpresionistas; José Emilio Leyva, comprometido con la iconografía medieval; Julio Breff que inaugura la pintura naive en el contexto provincial(9). Súmese a ello el resurgir del grabado en cuyo taller se introducen nuevos instrumentos que permiten explotar técnicas como la calcografía y la colografía, sin dejar de mencionar, en 1984, el Evento-taller que agrupara a creadores de toda la Isla. Artistas diversos participan en certámenes nacionales (Bienal de La Habana y otras exposiciones en la capital) reforzando la retroalimentación necesaria para mantener oxigenada la creación local.
Como se ve, los primeros veinte años transitaron sin mayores sobresaltos. Cuando en la capital se desarrollaba la gráfica vertiginosamente, muy ligada al cartel cinematográfico y al movimiento de la Nueva Trova; cuando ocurrían sucesivos homenajes a los grandes de nuestra pintura; cuando Antonia Eiriz sorprendía con su expresionismo ácido, Raúl Martínez contextualizaba el pop venido, fundamentalmente, de Norteamérica; Servando alzaba machetes en manos de campesinos y transparencias homoeróticas, o Chago Armada ponía en boca de Julito 26 experiencias y situaciones cotidianas; mientras todo esto ocurría, nuestros creadores, hijos al fin de su aldea, no lograron atrapar lo suficiente el impulso de renovación como para romper totalmente con ese arraigado gusto, más que por lo bidimensional, por lo ópticamente agradable. Tiempos, al fin, de fundar, se trataba entonces de crear las bases para el desarrollo posterior de un movimiento hoy reconocido en todo el país, incluso, internacionalmente.
Así, la década de los ochentas, etapa de oro, renacimiento de la plástica nacional, comienza a recoger frutos más sólidos del sistema institucionalizado de la enseñanza artística en el territorio, así como de otros proyectos que coadyuvaron a darle nuevos bríos. El segundo quinquenio de esta década fue decisivo con la apertura del nivel medio de plástica, el fortalecimiento del sistema de instituciones de la cultura que llegaba poco a poco a cada municipio, y con espacios que mucho han prestigiado y avalado nuestra producción artística más actual. Comienza a materializarse allí la máxima que tanto alienta y enorgullece a los pobladores de esta parte del oriente cubano, la de convertir a Holguín, en provincia del universo.
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