No. 68, marzo del 2010
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DÍALOGOS RUMBO AL MATADERO
HIROSHIMA, MI AMOR
Ahmel Echevarría

1.
Yasunari Kawabata“Si no has estado en Hiroshima no sabes lo que es el dolor” --dijo, sonreía; cuando la llevaron a mi encuentro, la mujer que regentaba el lugar me aseguró que Keiko era la compañía perfecta para mí--. La piel de su rostro estaba maquillada de blanco.
“Si no has estado en Hiroshima no sabes lo que es el amor” --dijo Keiko--. El largo y lacio cabello, de un unánime negro, lo llevaba recogido; un kimono amarillo, ajustado con un obi rojo, ocultaba la verdadera silueta de su cuerpo.
Era jueves. Era exactamente una medianoche de un jueves de noviembre de 2008 cuando el taxi se detuvo en el Barrio Japonés. El cielo estaba cargado y bajo, a ras de las azoteas, y olía a ozono --dicen que la electricidad tiene ese leve aroma y un cierto picor--. Si a medianoche estaba yo en la Habana Vieja, el motivo era un viejo amigo que quería celebrar la publicación de su último libro. Tras un par de correos nos pusimos de acuerdo. Me llevaría al pequeño y rocambolesco barrio, específicamente al Hiroshima. Aclaró que el Hiroshima no era un restaurante aunque allí, también, los platos eran exquisitos. Yo no sabía de la existencia del Hiroshima, aunque había ido a comer un par de veces a uno de los ocho restaurantes de las tres manzanas que le dan vida, caos y sentido a ese barrio. Debía cancelar todos mis planes para esa noche. Todos. Este amigo quería gastar una parte de los 5.000.00 CUC ganados en uno de los premios nacionales más importantes: el Alejo Carpentier.

2.
Cerrar los ojos, repetir esta frase: “Ninguna mujer, por hermosa que sea, puede ocultar su edad cuando duerme…” Debo confesar que no es mía, la tomé del libro La casa de las bellas durmientes (Editorial Arte y Literatura, 2008; Colección Ala de Colibrí), de Yasunari Kawabata (Osaka, 1899 - Zushi, 1972). Debo confesar además que la frase no está escrita de manera textual, mi memoria no es buena para este tipo de malabares y no me ruboriza confesarlo. Creo que repetiría esta frase nunca hasta el cansancio, sino solo hasta el momento en que se cristalice, detrás de mis párpados, el breve y dúctil cuerpo de Keiko. “Ninguna mujer, por hermosa que sea, puede ocultar su edad cuando duerme…”Confieso además que quisiera olvidar esta frase, porque quiero olvidar no solo al Barrio Japonés y al Hiroshima. Pagaría por una trepanación; Keiko --una chica menuda y de finísimas maneras y artes, que ni en sueños es descendiente de japoneses-- es algo así como la piedra de la locura.
Cerrar los ojos, repetir esta frase: “Ninguna mujer, por hermosa que sea, puede ocultar su edad cuando duerme…”

3.
Pienso en el libro La casa de las bellas durmientes y no dejo de envidiar a Kawabata, también quisiera hablar de una mujer a la que vi dormir --estuvimos toda la noche juntos en una habitación de madera, papel e incienso en el rocambolesco Barrio Japonés--. Cómo olvidarlo, fue un encierro de falso sake, varillas de incienso, Keiko y lluvia bajo el amparo de un invierno también falso. Quisiera hablar de la muerte --esta vez no del suicidio, sino del placer de infligir dolor y muerte a ese cuerpo que yace frente a ti-- y de la soledad, pero desde la parquedad o desde el silencio. No olvidaría hablar del deseo, de la necesidad de encontrar placer y sosiego, pero solo con un mínimo de palabras o con los unánimes acordes del silencio. Y pienso entonces en una mujer de cuerpo breve y dúctil de sobrenombre Keiko, el Hiroshima, Kawabata, en La casa de las bellas durmientes, y en el cauce que esculpe el agua al correr sobre la piedra.
Quisiera narrar el sueño de una mujer para hablar de la muerte, la vejez y de la suma de fragmentos que componen la vida de un hombre, para narrar el dolor, o la pasión, para darle forma y sentido a los deseos más recónditos e indómitos de un hombre --y convertirlas en algo cotidiano, perceptible, aparentemente lícito.

4.
Yasunari KawabataAbrí la ventana: la mañana de aquel viernes de noviembre de 2008 parecía dar inicio a nuestro simulacro de invierno. Fresca, quieta, plomiza. En el parte meteorológico habían comentado la cercanía, la llegada y el paso de un frente frío sobre nuestro archipiélago. Tendríamos días de lluvias y bajas temperaturas durante poco más de cinco días. Y como una de mis costumbres es seguir los noticiarios, tras escuchar el estado del tiempo guardé un abrigo en mi bolso.
Keiko estaba sobre la estera. Breve, liviana, dormida. Me puse el abrigo. Besé y mordí su vientre. Ella entreabrió los ojos y sonrió. Con el índice toqué la marca de mis dientes y la saliva.
Cerrar los ojos, repetir esta frase: “Ninguna mujer, por hermosa que sea, puede ocultar su edad cuando duerme…”
Debía dejar atrás el Hiroshima.

5.
Como Kawabata, me gustaría imaginar una suerte de posada, que aparentemente regenta una cuarentona de baja estatura y ojos oscuros, y a la que solo van a dormir hombres confiables. Son hombres confiables porque son un grupo de septuagenarios, una especie de club secreto en los que el goce apenas fluye por el cuerpo --el verdadero teatro de operaciones de ese goce está en el cerebro--; hombres muy viejos que van a esa suerte de posada a dormir, a tener sueños felices o a recordar lo que sentían cuando eran jóvenes, porque “los viejos tienen a la muerte, y los jóvenes el amor, y la muerte viene una sola vez y el amor muchas”. En las habitaciones, los hombres confiables encontrarán a muchachas muy jóvenes, vírgenes todas, narcotizadas, sumidas en un profundo sueño, y dispuestas a regalar su compañía a un cliente que nunca verán ni tocarán, cuyos olores no serán, para ellas, siquiera un recuerdo.
Quisiera narrar lo que cada una de estas vírgenes desnudas de “la Casa de las bellas durmientes” le hace evocar a Eguchi, protagonista de la historia, un hombre que todavía no llega a ser del todo confiable. Para él, reconocer un olor en el cuerpo de una de esas vírgenes, un leve roce, la juventud de las mujeres dormidas, el juego con el cabello o la forma de los labios y senos serán como el acto de llevarse a la boca una magdalena: cada detalle percibido será el punto de partida de una suerte de viaje cuyo destino es el encuentro con algunas de las mujeres que conoció a lo largo de su vida, también su familia. Los sucesivos flash back son encuentros marcados por el erotismo, el placer, la belleza, la duda, la mentira, la pérdida de algo deseado, y se alternan a lo largo de toda la historia otorgándole así un pasado a Eguchi, recurso que nos servirá para ir juntando las piezas de ese rompecabezas que es todo personaje.
Confieso que no me sonrojaría si digo que también quisiera modelar una mujer, no una cualquiera, sino una virgen narcotizada, desnuda y dormida, de no más de veinte años. Utilizaría detalles aparentemente insignificantes como la espoleta de una granada, y que al igual que en La casa de las bellas durmientes desaten una reacción en cadena que ponga al descubierto las tesituras de los sesenta y siete años de vida de Eguchi --una vida marcada por sucesivos encuentros con mujeres, que no está exenta de “noches ingratas, las más difíciles de olvidar”--; el color del lápiz labial, el olor del cuerpo, la forma de los labios o los dientes, el color de la piel, la forma de los senos, o una breve frase que escape en mitad del sueño serían esos detalles aparentemente insignificantes.
Como Kawabata, quisiera narrar la experiencia de dormir, literalmente dormir, junto a una virgen desnuda y narcotizada, o verla y no violar ninguna regla: solo besar, solo oler, permitirse cuando más poner el índice en sus labios y tocarle los dientes, sentir la humedad de la lengua o el sudor en las axilas y la frente --y no pasar por alto la necesidad de tragarse un par de comprimidos sedantes cuando el cuerpo desea no solo extasiarse palpando los senos de la mujer dormida--. Pasar de seducido a ilusionista. Modelar un hombre de cara a la vejez y en un viaje que se iniciará en el cuerpo lozano de una adolescente para desembocar en la paz del sueño o la zozobra de una pesadilla.
Pero no solo ansiaría modelar a un hombre como Eguchi o a una de las vírgenes --tan solo a una--, también quisiera narrar, por ejemplo, una noche que transcurra no ya con la compañía de una adolescente dormida, sino con dos. O narrar la noche en que uno de los septuagenarios sufre un infarto y mientras agoniza junto a la virgen dormida aúlla y lanza zarpazos. Narrar la herida a sedal en el cuerpo de la muchacha, las gotas de sangre entre los senos. Pensar que bien podríamos ser nosotros la virgen dormida o el anciano infartado --digo pensar que bien podríamos ser nosotros porque esta leve y dura máquina narrativa abduce al lector y suavemente lo coloca dentro de una de las habitaciones de la pensión en la que se desarrolla buena parte de la historia; las opciones que deja son pocas: el placer de la zozobra o la zozobra del placer.

6.
Yasunari Kawabata¿Qué es la soledad? ¿Qué es el silencio? ¿Qué es el abismo? ¿Qué será emprender un camino sin retorno?
La necesidad de acudir una y otra vez a la “casa de las bellas durmientes” es la respuesta a cada una de esas preguntas.
La necesidad de acudir una y otra vez al Hiroshima es la respuesta a cada una de esas preguntas.

7.
Es necesario narrar la muerte, incluso preguntarse cómo narrar la muerte y la vejez de cara a una inminente decrepitud. Narrar también el cuerpo virgen y desnudo, la necesidad de aferrarse a la vida. Atreverse a escribir esa historia como si la intención fuera otra, como si quisieras, por ejemplo, caminar por la tranquila Alameda de Paula; respirar el aire de mar y los efluvios del carburante derramado en la bahía mientras conversas con alguien que acabas de conocer en la alameda; sonreír al tiempo que la tomas de la mano e invitas a compartir el paseo para entonces contarle que es cierto que existen los jardines de piedra, y decirle que una vez estuviste en uno --aunque no sea cierto--, y hablarle del Ryoan-Ji, de su extraña belleza. Atreverse a hacerlo sabiendo que solo deseas ejecutar un corte preciso en la garganta de quien te acompaña.

8.
Le escribí a mi amigo. Le comenté que había conseguido dinero y que esta vez invitaba yo. En el correo le pregunté si era posible elegir a la misma muchacha.
Aceptó la invitación, pero en su respuesta me aclaró que en el Hiroshima era imposible repetir los encuentros con una misma mujer.


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Redacción: Jorge Enrique Rodríguez / Yanet Bello / Andrés Mir
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